lunes, 22 de abril de 2019

El Testamento de Toby Marston

Toby Marston era un hombre adinerado con dos hijos: Charlie Marston, un muchacho de un metro ochenta, guapo, que todas las mujeres se derretían por él; y a Scroope Marston quien era jorobado, con una cara que producía terror. Toby daba por hecho que desheredaría a Scroope, ya que no lo consideraba hijo suyo.

Una vez muerto el padre, y con la herencia a manos de Charlie; éste comienza a experimentar sucesos extraños, y el más llamativo es el encontrarse con un perro... 

 A partir de aquí tiene extraños sueños donde el perro se hace presente. Una tarde, encuentra un viejo testamento que involucra a su hermano, pero decide quedárselo y no mencionarlos; así pasa el tiempo y Scroope muere; la locura sigue creciendo en él, el perro comienza a tomar actitudes peligrosas y decide que deben matarlo. Así, con cargas encima y la locura que crece, comienza a soñar y a ver a su hermano, una y otra vez, que lo amenaza con colgarlo al igual que su padre y no descansarán estos espíritus hasta conseguirlo... 

"El Testamento de Toby Marston" (Squire Toby's Will) es un relato de fantasmas del escritor irlandés Joseph Sheridan Le Fanu (1814-1873), publicado de forma anónima en la edición de enero de 1868 de la revista Temple Bar, y luego reeditado por M.R. James en la antología de 1923: El fantasma de Madam Crowl y otros relatos de misterio (Madam Crowl's Ghost and Other Tales of Mystery).

El testamento de Toby Marston, uno de los grandes relatos de fantasmas de Sheridan Le Fanu, narra la perturbadora historia de Toby Marston, quien hereda la casa embrujada de su padre y se rehúsa a cumplir las órdenes dictadas por el espíritu.

Este gran cuento de Sheridan Le Fanu es excepcional entre los relatos paranormales del autor, precisamente porque su protagonista actúa de forma contraria a los que podría haber hecho el célebre doctor Martin Hesseluis, detective paranormal creado por Sheridan Le Fanu para resolver esta clase de enigmas. Tal vez por eso el autor lo publicó de manera anónima y no lo incluyó en su colección más conocida: En un cristal oscuro (In a Glass Darkly).




Muchas personas, habituadas a recorrer en dirección a la capital el viejo camino de York a Londres en la época de las diligencias, recordarán haber pasado, digamos en la tarde de un día otoñal, frente a una casona blanca y negra, ubicada a unas tres millas al sur de la localidad de Applebury y a milla y media antes de llegar a la antigua Taberna del Ángel. Es una construcción espaciosa, de ese vetusto tipo llamado «abierto», en estado ruinoso y maltrecho por las inclemencias del tiempo, destacada sobre un denso fondo de añosos olmos y con amplias ventanas de celosía cuya superficie íntegra relucía bajo el sol poniente que iluminaba sus pequeños cristales romboidales. Un ancho sendero conduce hacia la puerta de entrada, ahora cubierto de pasto y malezas como el camposanto de una iglesia, y se halla flanqueado por una doble hilera de la misma especie de sombríos árboles, centenarios y gigantescos, con uno que otro hueco en sus filas solemnes y a veces un tronco caído que yace atravesado en el camino.
Al contemplar el sendero melancólico y desierto desde lo alto de la diligencia londinense, tal como lo hice a menudo, se percibían tantos indicios de abandono y decadencia que se llegaba a la conclusión inmediata de que el lugar se encontraba deshabitado y en proceso de deterioro, con la hierba empenachada que surgía de las grietas en la escalinata y en el antepecho de las ventanas, con las chimeneas sin humo sobre las que revolotean las cornejas, con la ausencia de toda vida humana o de sus manifestaciones. Esta vieja mansión se denomina Gylingden Hall. Elevados setos y venerables arboledas rápidamente amortajan el vetusto sitio ocultándolo de nuestra vista y cerca de un cuarto de milla más adelante se pasa frente a una capilla románica, pequeña y ruinosa, sombreada por nostálgicos árboles, la cual fue desde tiempos inmemoriales el lugar de reposo en el que la familia Marston depositó a sus difuntos y que en la actualidad comparte la negligencia y desolación perceptibles en la secular morada.

El aspecto de abandono de Gylingden Hall se acrecienta con la solemne tristeza del aislado valle de Gylingden, despoblado como una foresta encantada, en el que los cuervos de regreso a sus albergues y los ciervos extraviados cuyos ojos asoman por debajo de la cornamenta, parecen ejercer un dominio agreste e imperturbado.
En años recientes las reparaciones fueron descuidadas, de modo que el tejado se muestra aquí y allá desgarrado y el «remiendo oportuno» ha quedado sin realizar. En el lado de la casa expuesto a los vendavales, que soplan a través del valle como un torrente que se vuelca por su cauce, no ha quedado una sola ventana entera y los postigos sólo contienen deficientemente el ingreso de la lluvia. Los techos y muros están enmohecidos y verdes con manchas de humedad. En uno u otro sitio donde hay filtraciones en el cielorraso, los pisos se han podrido. En las noches tormentosas, según refería el guardia lugareño, desde el puente de Gryston, a una buena distancia, se pueden oír las puertas que golpean violentamente y el gemido y ulular del viento a través de los pasillos vacíos.
Hace unos setenta años que murió Toby Marston, el anciano propietario, conocido en aquel lugar del mundo por sus sabuesos, su hospitalidad y sus vicios. Se había mostrado benévolo y había intervenido en riñas; había regalado dinero y había castigado a la gente con su látigo como si fueran caballos. Cuando su vida se extinguió, se llevaba consigo algunos agradecimientos y buen número de maldiciones, y dejaba tras de sí una cantidad de deudas y compromisos que pesaban sobre sus propiedades, cuya magnitud aterró a sus dos hijos, quienes no tenían inclinación por los negocios e inventarios y jamás sospecharon hasta la desaparición del viejo caballero —perverso, manirroto y malhablado— que este había arrastrado los bienes a un estado de insolvencia.
Los dos muchachos se reunieron en Gylingden Hall. El testamento estaba delante de ellos y contaban con el auxilio de abogados para interpretarlo y de información ilimitada acerca de los compromisos con que el difunto los había agobiado. Por lo demás, el testamento había sido concebido en tales términos que entre los hermanos estalló sin demora una disputa a muerte.
Los hijos de Toby Marston diferían en algunos aspectos, pero tenían un rasgo que compartían entre sí y con su finado padre: nunca se introducían a medias en una disputa, y cuando ya estaban adentro no se demoraban en pequeñeces.
Scroope Marston, el mayor y más peligroso de ellos, jamás fue el preferido del viejo propietario. No le gustaban los deportes rurales y los placeres de la vida de campo; no era un atleta y, por cierto, no era atractivo.
Todo esto desagradaba a su padre. El muchacho, que no le tenía ningún respeto y que al llegar a la edad adulta se sobrepuso al temor engendrado por la violencia, devolvía a su progenitor los agravios. Por consiguiente, la aversión que sentía el anciano de mal genio llegó a convertirse en verdadero odio. Solía expresar su deseo de que ese pillo deforme y malhumorado como era el maldito Scroope dejase de molestar a quien era mejor que él, con lo que aludía a Charles, su hijo menor; y cuando estaba en copas hablaba de una manera tal que hasta los individuos que seguían a sus sabuesos y compartían su oporto, sin distinción de edad, se sentían incómodos, pese a que se hallaban habituados a soportar una razonable medida de brutalidad.

Scroope Marston exhibía una ligera joroba y su cara era enjuta y amarillenta, sus ojos oscuros y penetrantes, su pelo negro y lacio, todo lo cual a menudo es propio de los contrahechos.
—No soy padre de esa criatura encorvada. Yo no produje semejante engendro del demonio. Sería lo mismo que decir que esos ganchos son vástagos míos —solía vociferar el anciano, aludiendo a las piernas largas y flacas de su hijo—. Charles tiene aspecto humano, pero este no es más que un animal disimulado; no muestra nada presentable o varonil y no tiene ni pizca de los Marston.
Cuando se hallaba bastante borracho, el viejo propietario juraba que «ese engendro nunca llegará a sentarse en la cabecera de la mesa ni espantará a la gente de Gylingden Hall con su condenada cara de feto, necio de porra».
Heredero de sus bienes sería el Guapo Charlie. Sabía qué es un caballo, podría disfrutar de sus posesiones y las muchachas se derretían por él. Era un Marston «de la cabeza a los pies de su metro ochenta».
Sin embargo, el Guapo Charlie y su padre también tuvieron su par de encontronazos. El viejo propietario era tan liberal en el uso del látigo como en el manejo de la lengua, y en alguna ocasión en que ninguna de las dos armas estuvo a su alcance se sabía que le había dado a un individuo «una caricia con los nudillos». De todas maneras, el Guapo Charlie consideraba que llegado un determinado momento el castigo corporal debía cesar. Una noche en que el oporto fluía hubo alguna alusión a Marion Hayward, la hija del molinero, lo cual por uno u otro motivo molestó al anciano caballero. Con «una buena curda» e ideas más claras sobre pugilato que sobre discreción, acometió a Guapo Charlie, para sorpresa de todos los presentes. El muchacho hábilmente esquivó un golpe a la cabeza y cuanto sucedió fue que la garrafa de vino se hizo añicos en el suelo. Pero la sangre del viejo Toby hervía y saltó de su asiento. El Guapo Charlie se puso de pie, resuelto a no soportar tonterías. El hacendado Lilbourne, que estaba bebido, trató de mediar y cayó al suelo cuan largo era y se lastimó una oreja entre los vidrios rotos. El Guapo Charlie paró con su mano abierta el golpe que el viejo propietario le lanzó y tomándolo por el pañuelo que tenía anudado en el cuello lo balanceó con la espalda contra la pared. Dicen que el viejo jamás se había mostrado tan lívido ni sus ojos tan saltones, y el Guapo Charlie lo retuvo con ambos brazos estrechamente pegado contra el muro.
—Bueno, digo que… vamos, no repitas más tonterías de esa especie y no te voy a pegar —graznó el propietario—. Esa la paraste bien, no hay duda. ¿No les parece? Vamos Charlie, muchacho, digo que nos demos la mano y volvamos a sentarnos.

Así terminó la batalla, y creo que fue la última vez que el propietario levantó la mano al Guapo Charlie.
Pero aquellos días habían quedado atrás. El viejo Toby Marston ahora yacía bastante frío y tieso en su tumba resguardada por un inmenso fresno, en la capilla románica derruida en la que tantos de la vieja estirpe de los Marston habían sido devueltos a la tierra y quedaron olvidados. Sólo en la memoria perduraba la imagen del anciano propietario, con polainas y calzones de cuero percudidos por las inclemencias del tiempo, con el tricornio al que todavía se aferraban los viejos caballeros de entonces, con aquel chaleco rojo tan conocido que le llegaba hasta las caderas y con su fiera cara de dogo. Mientras tanto, los hermanos entre los que se había desencadenado una contienda irreconciliable estaban en sus flamantes ropas de luto, todavía impolutas, discutiendo a través de la mesa en la gran sala revestida de roble, en la que tantas veces habían resonado las canciones chocarreras y soeces, los juramentos y las carcajadas de los vecinos afectos al viejo propietario de Gylingden Hall, quien gustaba congregarlos allí.
Los jóvenes caballeros, que habían crecido en Gylingden Hall, no estaban habituados a contener sus lenguas y, en caso necesario, no vacilaban en emplear los puños. Ninguno de los dos había asistido a las exequias de su padre. El fin se había producido de manera imprevista. Acompañado a su lecho en ese estado eufórico y agresivo en que lo precipitaba el oporto y el ponche, se lo halló muerto a la mañana siguiente, con la cabeza colgando por el costado de la cama y la cara muy oscura e hinchada.
Ahora, el testamento del propietario despojaba a su hijo mayor de Gylingden, que había sido transmitida al primogénito desde épocas remotísimas. Scroope Marston estaba furioso. Su voz profunda y dura se escuchaba mientras insultaba a su finado padre y a su hermano viviente, al tiempo que los destemplados golpes sobre la mesa con que reforzaba sus tempestuosas recriminaciones resonaban en el vasto aposento. Después irrumpió la voz de Charles, más tosca; luego se produjo un rápido intercambio de frases breves, y más tarde ambas voces juntas crecieron en intensidad y enojo, hasta que por último el tumulto se generalizó con las reconvenciones de los pacíficos y atribulados juristas. Al fin, la reunión se interrumpió de manera abrupta. Scroope abandonó violentamente la habitación con su rostro pálido y furioso que se mostraba aún más blanco por oposición a su pelo negro, con sus oscuros y terribles ojos encendidos, con sus puños apretados y con su aspecto más torpe y deforme que nunca a causa de las convulsiones que le producía la irritación.

Palabras muy despiadadas habían intercambiado entre sí, pues Charlie, aunque salía beneficiado, se hallaba casi tan colérico como Scroope. El hermano mayor estaba decidido a retener la casa y a iniciar juicio a su rival para expulsarlo. Pero sus asesores legales evidentemente se oponían a ello. Por lo tanto, con un corazón que hervía de amargura, viajó a Londres y comprobó que la firma encargada de los asuntos de su padre se mostraba bastante bien dispuesta y comunicativa. Verificaron la documentación existente y comprobaron que Gylingden no se encontraba sujeta al régimen de mayorazgo. Por muy extraño que resultase, era así; se hallaba positivamente exceptuada de todo compromiso. Por consiguiente, era incuestionable que el viejo propietario había tenido pleno derecho a disponer de la finca en su testamento.
A pesar de todo, deseoso de venganza, inflamado de agresividad y dispuesto a arruinarse con tal de destruir a su hermano, Scroope asedió al Guapo Charlie y acometió contra el testamento del viejo Marston en la Corte de Privilegios y también en los tribunales comunes. De tal modo, la disputa entre los hermanos se fue haciendo más confusa y de mes en mes crecía la exasperación de ambos.
Scroope fue derrotado. Sin embargo, la derrota no lo apaciguó. Charles podía mostrarse dispuesto a perdonarle las palabras duras; pero él por su parte había resultado perjudicado, durante la prolongada campaña, en alguna de esas escaramuzas, enfrentamientos y demás contingencias que forman los episodios de una gesta legal como esa, en la que participaban los hermanos Marston en calidad de combatientes rivales. Además, el perjuicio de las costas legales también lo alcanzó, con el previsible efecto que ello tiene en el temperamento de un hombre cuyas finanzas están embrolladas. Los años volaron, pero sus alas no lograron curar las heridas. Por lo contrario, la honda corrosión del odio se hizo todavía más profunda con el transcurso del tiempo. Ninguno de los hermanos se casó. No obstante, a Charles Marston le sobrevino un contratiempo de otra índole que limitó sus satisfacciones de manera muy significativa.
Lo sucedido consistió en una caída de su caballo de caza. A causa de ello, sufrió graves fracturas y hubo conmoción cerebral. Por algún tiempo se pensó que no lograría recuperarse. Defraudó, empero, estos augurios pesimistas; llegó a curarse, si bien soportó cambios en dos aspectos fundamentales: se vio aquejado de una lesión en la cadera que le impidió definitivamente cabalgar y el ánimo juguetón que hasta ese momento nunca le había fallado se desvaneció para siempre.

Tom Cooper, que había sido mayordomo en la gloriosa época de Gylingden Hall en que vivía Toby Marston, aún conservaba su puesto con anticuada fidelidad, en aquel período de marchito esplendor y frugalidad doméstica. Habían transcurrido veinte años desde la muerte del viejo amo. El servidor se había vuelto flaco y encorvado; su rostro tenía el tinte sombrío que confiere el paso del tiempo y su carácter había adquirido hosquedad, salvo en el trato con el dueño de casa.
Este había visitado Bath y Buxton y había regresado en iguales condiciones que al partir; rengo y vacilante, requería el auxilio de un bastón para su penoso deambular. Cuando se dispuso la venta del caballo de caza, desapareció la última tradición de la existencia que anteriormente se llevaba en Gylingden Hall. El joven propietario, como todavía se lo denominaba, impedido por el infortunio en el ejercicio de su actividad cinegética, se entregó a una forma de vida solitaria y renqueaba lentamente sin compañía por la vetusta finca. Su aspecto revelaba una ilimitada pesadumbre y rara vez levantaba los ojos.
El viejo Cooper ocasionalmente se atrevía a hablar con franqueza a su amo. Un día le dijo, al entregarle el sombrero y el bastón en el vestíbulo:
—¡Señorito Charles, debiera animarse un poco!
—Ya no es tiempo para que me sienta animado, mi querido Cooper.
—Pienso que el problema consiste en que algo se le ha metido en la cabeza y no quiere confiárselo a nadie. De nada sirve que lo guarde en sus entrañas. Si lo contara se sentiría más aliviado. Veamos, señorito Charles; dígame ahora de qué se trata.
Con sus ojos redondos y grises, el propietario miró directamente a los ojos de Cooper. Tuvo la sensación de que se había quebrado un encantamiento. Era como la vieja disposición que impide al espectro hablar hasta que le dirijan la palabra. Contempló con seriedad el rostro del viejo Cooper por algunos instantes y suspiró profundamente.
—No es la primera vez en tu vida que haces una conjetura acertada, mi viejo Cooper, y me alegro de que hayas hablado. Por cierto que algo ha estado metido en mi cabeza desde que sufrí aquella caída. Sígueme y cierra la puerta.

El propietario abrió la puerta de la sala revestida de roble y echó una mirada distraída a los cuadros que colgaban en torno. Hacía tiempo que no entraba allí y, luego de sentarse ante la mesa, durante un rato volvió a contemplar la cara de Cooper antes de reanudar la conversación.
—No es mucho, Cooper, pero me preocupa; y no estoy dispuesto a contárselo ni al párroco ni al médico, pues, aunque no tiene ninguna importancia, ¡vaya a saber qué dirían! Pero tú siempre fuiste leal a la familia y no me preocupa que te enteres.
—Le aseguro, señorito Charles, que en los oídos de Cooper se hallará tan seguro como en un cofre sepultado en una cisterna.
—No es más que esto —dijo Charles Marston, a la vez que bajaba su mirada hacia el extremo del bastón, con el que trazaba rayas y círculos—: todo este tiempo que; según pensaban, estuve como muerto, después de la caída, permanecí con el viejo amo. —Mientras hablaba volvió a levantar sus ojos hacia los de Cooper y con un atroz juramento repitió—: ¡Estuve con él, Cooper!
—A su modo, señor, era un buen hombre —reflexionó el viejo Cooper, devolviendo la mirada con temor—. Fue un buen amo para mí y un buen padre para usted, y confío en que descanse en paz. ¡Que Dios lo haya recibido en su seno!
—Bueno —agregó Charles—, eso es todo; durante aquel período íntegro estuve con él… o él conmigo, no lo sé. El hecho consiste en que estuvimos juntos y me parecía que nunca iba a librarme de su presencia. Todo el tiempo me importunaba sobre una misma cuestión; pero ¡por todos los demonios!, aunque fuera necesario para salvar mi vida, Tom Cooper, desde el momento en que recuperé la conciencia no he podido recordar qué era. ¡Creo que daría una mano por saberlo! Si se te ocurre algo de que pudiera tratarse, por amor de Dios, no temas decírmelo, Tom Cooper, pues me hizo graves amenazas y no tengo la menor duda de que era él.
Siguió un silencio.
—Y usted, señorito Charles, ¿qué piensa que haya sido? —interrogó Cooper.
—No se me ocurre ni la menor idea. No he podido dar con el asunto… nunca. Pensé que acaso él supiera algo sobre Scroope, ese maldito jorobado del infierno que aseguró en presencia del abogado Gingham que me había alzado con un documento que reconocía el mayorazgo… que lo hicimos desaparecer mi padre y yo. Y te aseguro por mi salvación, Tom Cooper, ¡que nunca se dijo mayor embuste! Lo hubiera llevado a tribunales por haber pronunciado esas palabras y hubiera dilapidado en él más de lo que vale. Pero sucede que el abogado Gingham, desde que el dinero se volvió escaso en Gylingden, nunca lleva adelante nada de cuanto le pido; y me resulta imposible cambiar de abogado porque le debo una cantidad de dinero. Sin embargo, fue así; juró que estaba dispuesto a ahorcarme por eso. Lo dijo con esas mismas palabras: no descansaría hasta colgarme. Pienso si no era algo por el estilo, algo referido al asunto, lo que preocupaba al viejo; pero con esto basta para que uno se vuelva loco. No llego ni siquiera a imaginarme qué era… no recuerdo ni una palabra de lo que me dijo. Sólo tengo presente que hizo amenazas espantosas y, ¡Dios tenga piedad de nosotros!, parecía atrozmente desagradable.
—No hay motivos para ello. ¡Que el Señor tenga piedad de él! —respondió el viejo mayordomo.
—No, por supuesto. Y no debes contarle a nadie, a ninguna alma viviente, Cooper, recuérdalo, que parecía desagradable, ni tampoco cosa alguna relativa al episodio.
—¡Dios me libre de ello! —contestó el viejo Cooper sacudiendo la cabeza—. Pero se me acaba de ocurrir, señor, si no se trata del desaire que se le hizo por tanto tiempo, al no ponerle una lápida y que ni un trazo de cincel diga quién es.
—¡Claro! A decir verdad, no había pensado en ello. Ponte el sombrero, mi viejo Cooper, y ven conmigo. No sé cómo, pero trataré de arreglarlo.
Hay una vereda que conduce a través de un molinete hasta el parque y, de allí, hasta el antiguo y pintoresco lugar en que se hallan las tumbas, en un rincón apartado junto al camino, sombreado por añosos árboles. Era una hermosa puesta de sol otoñal, cuando luces melancólicas y largas sombras desparraman sus peculiares efectos sobre el paisaje. El Guapo Charlie y el viejo mayordomo recorrían lentamente su camino hacia el sitio en que, al fin, también habría de reposar el actual propietario.
—¿Cuál de los perros aulló durante toda la noche? —preguntó Charles Marston al llegar al senderito.
—Un perro vagabundo, señorito Charlie; se había instalado frente a la casa. Los nuestros estaban en las perreras. Por lo que pude comprobar, era un animal de pelaje blanco con cabeza negra. Estaba husmeando la escalinata que el viejo amo, ¡que Dios tenga en la gloria!, hizo construir aquella vez que tuvo problemas en la rodilla. Cuando llegó arriba y se puso a aullar junto a las ventanas, tuve ganas de tirarle con algo.
—¡Hola! ¿No es ese? —dijo el propietario, deteniéndose abruptamente y señalando con su bastón un perro de color blanco sucio con una gran cabeza negra, que corría en torno de ellos en un amplio círculo, a medias agazapado con ese aspecto de indecisión y recelo que tales animales saben adoptar tan bien.
Llamó al perro con un silbido. Era un dogo de gran tamaño, medio muerto de hambre.
—La bestia hizo un largo viaje; está flaco como un palo, completamente sucio y las uñas parecen muy gastadas —observó el propietario reflexivamente—. No tiene mala traza, Cooper. Mi pobre padre sentía predilección por los buenos dogos y sabía diferenciar un mero cuzco de un animal valioso.
El perro había levantado los ojos para mirar al propietario en la cara con el peculiar semblante torvo de su especie, y el propietario irreverentemente pensaba hasta qué punto se asemejaba a los rasgos caninos que tenía el rostro fiero de su padre cuando esgrimía el látigo y maldecía a un peón.
—Para obrar con prudencia, es necesario pegarle un tiro.
—Perturbaría el ganado y mataría a nuestros perros —advirtió el propietario—. Óyeme, Cooper. Hay que decirle al guardián que disponga de él. Es tan corpulento que puede derribar un carnero, y no quiero que se alimente con mi rebaño.
Pero no iba a resultar fácil librarse del perro. Contempló con mirada triste al propietario, y una vez que los dos hombres se alejaron un poco los siguió tímidamente.

Era inútil tratar de espantarlo. El animal corría en torno de ellos en amplios círculos a semejanza del perro infernal en Fausto, con la única diferencia de que no dejaba un tenue vestigio de llamas a su paso. Ejecutaba tales movimientos con un aire suplicante que halagaba y conmovía al destinatario de esta extraña preferencia. Por consiguiente, lo volvió a llamar, lo acarició y, sin más demoras, procedió en cierto modo a adoptarlo.
Ahora el perro seguía, obediente, los pasos de los dos caminantes, como si hubiera pertenecido al Guapo Charlie toda su vida. Cooper quitó el cerrojo de la puertecita de hierro. El animal se mantuvo a estrecha distancia de sus talones y los acompañó en la visita a la capilla destechada.
La familia Marston yacía en filas bajo el piso del pequeño edificio. No había una bóveda. Cada cual tenía su tumba propia enmarcada por un zócalo de argamasa. Encima de cada una había una suerte de cofre de piedra, la parte superior de cuya tapa incluía el respectivo epitafio, salvo en el caso del pobre viejo Toby. Sobre él no había más que hierbas y el zócalo de argamasa, que indicaba el lugar donde correspondería ubicar el cofre de piedra cuando su familia le otorgase uno similar a los que recubrían a los demás.
—La verdad, parece descuidado. Es obligación del primogénito, pero si él no arregla la cuestión lo haré yo y me encargaré de que quede bien indicado que el hijo menor puso la lápida porque el mayor se negó a prestar su colaboración.
Dieron un paseo por el pequeño cementerio. El sol ya estaba bajo el horizonte y el resplandor rojo metálico de las nubes, todavía iluminadas por la luz del día, se mezclaba con aspecto tormentoso al crepúsculo. Cuando Charlie volvió a asomar su mirada en la capillita, vio al endiablado perro que se estiraba sobre la tumba de Toby Marston, con la apariencia de que su largo era el doble del natural, al tiempo que hacía cabriolas que llamaron la atención al joven propietario. Quien haya visto un gato estirado sobre el piso con un manojo de valeriana, retorciéndose, serpenteando y refregando sus quijadas en prolongadas caricias, enfrascado en un éxtasis sensual, habrá presenciado un espectáculo análogo al que observó el Guapo Charlie cuando echó una mirada al interior.
La cabeza del animal se mostraba tan grande, su cuerpo resultaba tan largo y flaco y sus articulaciones dejaban una impresión tan torpe y dislocada que el propietario, con el viejo Cooper a su lado, permaneció con la vista fija poseído por una sensación de asombro y disgusto que, al cabo de uno o dos instantes, lo llevó a propinarle con violencia un par de bastonazos. Recuperado de su éxtasis, saltó hacia la cabecera de la tumba y allí, tenso y arqueado como antes, imprevistamente enfrentó a su atacante que se encontraba a los pies del sepulcro, al tiempo que mostraba los dientes con actitud amenazadora y su mirada se mostraba feroz con ese verde peculiar de la ira canina.

Al momento siguiente, el perro se agazapaba abyectamente ante el Guapo Charlie.
—¡Parece que no admite bromas! —dijo el viejo Cooper mirándolo con dureza.
—Me gusta —observó el propietario.
—A mí, no —replicó Cooper.
—No debe entrar aquí nuevamente —decidió el propietario.
—No me extrañaría que fuese una bruja —acotó el viejo Cooper, que tenía noticia de más historias de hechicería que las habituales hoy día en la región.
—Es un buen perro —comentó el propietario vagamente—. Recuerdo la época en que hubiera pagado un buen precio por él. Pero ya no volveré a recuperar la destreza perdida. Ven conmigo.
Se inclinó y le dio algunas palmaditas. Entonces el perro se levantó y lo miró a la cara, como si esperase alguna indicación, por mínima que fuese, para obedecerla.
A Cooper no le gustaba ni pizca lo que contenía esa piel canina. No comprendía qué suscitaba el interés del propietario por ese animal. Por la noche el Guapo Charlie lo encerraba en la sala de armas, de día lo llevaba consigo en sus cojeantes vagabundeos por la finca. Cuanto más el amo llegó a quererlo, menos Cooper y el resto de los servidores lo toleraron.
—No tiene la menor traza de lo que hace que un perro sea bueno —refunfuñaba Cooper—. Creo que el señorito Charlie está ciego. Además, el viejo Capitán —un rojo papagayo de bastante edad que permanecía encadenado a una percha en la sala revestida de roble, hablando consigo mismo, picoteando sus garras y tironeando de la percha sin cesar—, el viejo Capitán, único ser viviente que recuerda al anterior amo con excepción de uno o dos de nosotros, en cuanto vio al perro dio un chillido como si le pegaran, agitó sus plumas y se dejó caer, pobre animalito de Dios, colgando de una pata como atacado de un paroxismo.
Sin embargo, no había margen para fantasías, pues el propietario era una de esas personas obstinadas que se aferran con más tozudez a sus caprichos cuanto mayor es la oposición que se les presenta. Pero la salud de Charles Marston se hallaba resentida por su cojera. La transición de sus habituales y enérgicas actividades a una existencia como la que ahora le imponía su impedimento nunca se cumple sin riesgos y una infinidad de molestias dispépticas, que anteriormente ni siquiera sospechaba, lo asediaban con amarga persistencia. Entre ellas se encontraba la frecuente perturbación de su reposo, acosado por sueños y pesadillas. En estos, su perro favorito desempeñaba invariablemente un papel, por lo general protagónico, en ocasiones sin que lo acompañaran otros personajes. En tales visiones, el animal parecía agrandarse junto al lecho del propietario y, una vez que alcanzaba inmensas proporciones, se sentaba a sus pies con una repulsiva semejanza de las achatadas facciones que tenía el finado Toby, con sus típicos gestos al menear la cabeza y levantar el mentón; luego de lo cual, comenzaba a hablarle acerca de Scroope y a decirle que «todo estaba torcido», que «debía reconciliarse con Scroope», que él —el viejo propietario— le había «jugado una mala pasada», que «faltaba poco tiempo», que «lo justo era justo» y que «allí donde estaba se sentía inquieto por Scroope».

Después de todas estas explicaciones, en sus sueños el animal semihumano, arrastrándose servilmente, acercaba su cara a la del durmiente y agazapaba su cuerpo, pesado como plomo, hasta que el hocico de la bestia se ubicaba encima del rostro de Charlie, con el despliegue de las mismas zalamerías, revolcones y retorcimientos abominables que había exhibido sobre la tumba del viejo Toby. Al cabo, el propietario se despertaba con jadeos y gemidos, se erguía en la cama bañado en fría transpiración y tenía la impresión de haber visto algo blanco que se deslizaba a los pies del lecho. A veces suponía que podía ser el borde blanco del cortinado o el cobertor desplazado por sus inquietos movimientos; pero en tales ocasiones, siempre quedaba la sensación de que había visto algo blanco que se escurría presuroso de la cama; y todas las veces que lo poseían semejantes sueños, a la mañana siguiente el perro se mostraba más cariñoso y servil que de costumbre, como si con una bienvenida más afectuosa que la habitual quisiese borrar el sentimiento de disgusto que el horror de la noche había dejado a su paso.
El médico tranquilizó a medias al propietario diciéndole que nada había en aquellos sueños cuya aparición, de una u otra forma, solía acompañar invariablemente los diversos problemas digestivos que padecía.
Por un tiempo, como para corroborar esta teoría, el perro cesó por completo de aparecer en ellos. Pero al fin se produjo una visión en la cual, de manera mucho más desagradable que antes, recuperó su antiguo lugar.
En la pesadilla de Charlie, el cuarto se mostraba casi en penumbras; oyó lo que pudo reconocer como las pisadas del perro que venía lentamente de la puerta, ubicada haciendo un rodeo desde la cama, y se dirigía hasta el sitio por el que siempre subía a esta. Parte de la habitación no se hallaba alfombrada y, según declaró, podía escuchar de manera inconfundible los movimientos del animal, el leve repiqueteo de cuyas uñas percibía. Eran pasos suaves y furtivos, pero cada vez que apoyaba la pata en el suelo todo el cuarto se estremecía pesadamente; advirtió que algo se instalaba a sus pies y vio un par de ojos verdes que lo miraban fijamente en la oscuridad, de los que no pudo apartar su vista. Entonces tuvo la sensación de que escuchaba la voz del viejo Toby diciéndole:
—La undécima hora ha transcurrido, Charlie, y no has hecho nada. ¡Tú y yo hemos obrado en perjuicio de Scroope! —Siguieron muchas otras cosas, y luego—: El tiempo está por llegar, se va a cumplir el plazo.

Con un largo y sordo gruñido, eso empezó a arrastrarse desde sus pies. El gruñido prosiguió y Charlie observó los verdes ojos levantados que se reflejaban en la ropa de cama, a medida que el animal comenzaba a estirarse con lentitud para ir subiendo por el cuerpo de su amo hacia la cabeza. El durmiente se despertó profiriendo un grito estridente. La luz que, en los últimos tiempos, el propietario solía dejar encendida en el dormitorio se había apagado accidentalmente. Temía levantarse e inclusive durante un rato no se atrevió a mirar en torno del cuarto, tan seguro se hallaba de tropezar en la oscuridad con aquellos ojos verdes, fijos en él desde algún rincón. Apenas recobrado del primer sobresalto que la pesadilla deja a su paso y mientras trataba de ordenar sus ideas, advirtió que el reloj daba las doce. Ello le recordó las palabras: «La undécima hora ha transcurrido… El tiempo está por llegar, se va a cumplir el plazo». Casi tenía miedo de oír que la voz retomaba el asunto.
A la mañana siguiente, cuando el propietario salió de su cuarto, daba la impresión de hallarse enfermo. Dijo:
—¿Tienes idea, Cooper, de un dormitorio que acostumbraban llamar la Cámara del Rey Herodes?
—Efectivamente, señor; cuando era apenas un muchacho vi la historia del rey Herodes en sus muros.
—Junto a esa habitación hay un gabinete, ¿verdad?
—No estoy seguro; pero no vale la pena que vaya a verla; las colgaduras se han podrido y cayeron de las paredes antes de que usted naciera. En su interior no hay más que algunos cachivaches rotos y trastos viejos. Yo mismo estuve presente cuando el pobre Twinks los metió allí. ¿Se acuerda de Twinks? Murió aquí cuando la gran nevada: ¡buen trabajo costó enterrar al pobre infeliz!
—Consígueme la llave, Cooper; echaré una mirada —agregó el propietario.
—¿Qué demonios espera encontrar en ese lugar? —respondió Cooper, con el desenfado propio de un mayordomo rural.
—¿Y qué demonios te interesa? Pero no me incomoda decírtelo. No quiero que el perro permanezca en la sala de armas y trataré de ubicarlo en algún otro sitio. Se me ocurre que podría ser allí.
—¡Ese animal instalado en un dormitorio! ¡Por favor, señor! ¡La gente creerá que se ha vuelto loco!
—Bueno, que lo crean. Consígueme la llave y hagamos una visita al cuarto.
—Para obrar con prudencia, señorito Charlie, debió pegarle un tiro. No tiene idea del alboroto que hizo anoche en la sala de armas: caminaba de un lado para otro y gruñía como un tigre de circo. Diga usted lo que quiera, el perro no vale ni la comida que recibe; no tiene ni pizca de habilidad, no sirve para nada.
—Conozco los perros mejor que tú, ¡y te aseguro que es bueno! —arguyó el propietario con desagrado.
—Si supiera valorar un perro, a este ya lo hubiera colgado —insistió Cooper.
—No pienso hacerlo, de modo que terminemos con la cuestión. Ve a buscar la llave, y mientras bajas a recogerla no quiero oírte refunfuñar. Acaso cambie de opinión.
Por lo demás, el capricho de visitar la Cámara del Rey Herodes tenía, en verdad, un propósito totalmente distinto del que había declarado el propietario. La voz escuchada en la pesadilla había incluido una referencia específica que se había adueñado de Charles Marston y que no lo dejaría en paz hasta verificarla. Lejos de gustarle, el perro empezaba a resultarle sospechosamente perturbador; si el viejo Cooper no hubiera estimulado su carácter obstinado, es lícito suponer que antes de la noche habría tomado medidas concretas para librarse del pensionista.

En compañía de Cooper subió hasta el tercer piso, desocupado desde hacía largo tiempo. Al final de una polvorienta galería se hallaba la habitación. El viejo tapiz, del que había recibido su nombre la espaciosa cámara, hacía mucho que había sido reemplazado por un empapelado moderno, y este se hallaba mohoso y en algunos sitios colgaba de las paredes. Una espesa capa de tierra se había acumulado sobre el piso. Sillas y mesas rotas, recubiertas de polvo, yacían dispersas junto con otros trastos, apiladas en un rincón del cuarto.
Entraron en el gabinete, que estaba completamente vacío. El propietario miró a su alrededor y hubiera resultado muy difícil determinar si se sintió aliviado o desilusionado.
—No hay muebles aquí —dijo, asomándose por la polvorienta ventana—. ¿Me dijiste algo últimamente, no me refiero a esta mañana, acerca del cuarto o del gabinete, o de no sé qué…? Me he olvidado…
—¡Que Dios lo ampare! Le aseguro que no. Tenía olvidado este cuarto desde hace cuarenta años.
—Hay algún mueble antiguo al que llamaban alacena, ¿no recuerdas? —inquirió el propietario.
—¿Una alacena? Bueno, sí, con toda seguridad había una alacena, no tengo la menor duda. Estaba en el gabinete, ahora que me lo ha recordado —contestó Cooper—. Pero quedó empapelada.
—¿Se puede saber qué es?
—Un armarito dentro de la pared —fue la respuesta.
—¡Ajá! Ya veo. Y aquí hay una cosa de tal especie bajo el empapelado, ¿no es así? Señálame más o menos dónde.
—Bien. Creo que es por aquí —contestó golpeando los nudillos a lo largo de la pared opuesta a la ventana—. En efecto, aquí está —agregó cuando el sonido a hueco de una puerta de madera respondió a sus golpes.
El propietario arrancó el empapelado suelto y puso al descubierto las puertas de un armarito de unos dos pies cuadrados ubicado en la pared.
—El lugar apropiado para mis pistolas y arreos y para el resto de mis chucherías —declaró el Guapo Charlie—. Vámonos. Dejaremos al perro donde está. ¿Tienes la llave del armarito?
No, no la tenía. El viejo amo lo había vaciado y cerrado, y era su deseo que lo empapelaran por encima. En eso consistía todo.
El propietario descendió y extrajo un poderoso destornillador de su caja de herramientas. Luego volvió a subir calmosamente a la Cámara del Rey Herodes. 

Con poco esfuerzo logró abrir la puerta del armarito que se hallaba en el gabinete. En su interior había cartas y contratos de arriendos cancelados, así como un documento de pergamino que llevó a la ventana y leyó con gran agitación. Era un acta suplementaria redactada unos quince días después que los otros documentos relativos a la finca y anterior al casamiento de su padre. Allí se estipulaba estrictamente que Gylingden pasaría al primogénito, según el régimen del mayorazgo. El Guapo Charlie, en el curso de los litigios con su hermano, había adquirido rudimentariamente algunos conocimientos de técnica legal y sabía fuera de toda duda que ese testimonio no sólo habría de transferir la casa y las tierras a Scroope, sino que además lo dejaría a merced de su iracundo hermano, quien estaba autorizado a reclamarle hasta la última moneda que hubiese percibido en concepto de renta a partir de la muerte de su padre.
Era un día lúgubre y nublado, con algo de amenazador en su aspecto, y donde se hallaba Charles Marston la oscuridad resultaba intensificada por la copa de uno de los sombríos y añosos árboles que se cernía sobre la ventana.
En un estado de atroz desconcierto trató de reflexionar acerca de su situación. Guardó el documento en su bolsillo y estuvo casi decidido a destruirlo. Poco tiempo atrás, en tales circunstancias, no hubiera vacilado un instante; pero ahora su salud y sus nervios estaban perturbados y se sentía poseído por un temor sobrenatural que el extraño descubrimiento del pergamino no hacía más que confirmar en forma decisiva.
En estas condiciones de profunda agitación, oyó olfatear ante la puerta del gabinete y luego percibió un arañazo impaciente y un gruñido sordo y prolongado. Se armó de coraje y, sin saber qué podía aguardarle, abrió la puerta de golpe y vio al perro, no en el tamaño que adquiría en sus sueños, sino en actitud alegre y retozona, con gestos serviles que trataban de halagarlo por medio de vehementes muestras de sumisión. A continuación, mientras rondaba por el gabinete, el animal gruñó amenazadoramente en los rincones y pareció hallarse en un estado de irrefrenable perturbación. Después de lo cual, volvió a retozar y se agachó dócilmente a sus pies.
Transcurridos los primeros instantes, la impresión de horror y miedo comenzó a disminuir, de modo que el propietario casi se reprochó por haber respondido al afecto de esa pobre bestia desposeída de cariño con una antipatía de la que en realidad no era merecedora.
Los pasos del animal repiquetearon a sus espaldas, mientras lo seguía al descender las escaleras. De manera bastante extraña, la presencia del perro, luego de la inicial repulsión, lo tranquilizó, pues ante sus ojos se mostró tan fiel y tan bien dispuesto, a la vez que resultaba en forma tan notoria solamente un irracional.

A la hora del crepúsculo el propietario ya había optado por un camino intermedio; no habría de informar a su hermano del descubrimiento, pero tampoco iba a destruir el documento. No se proponía casarse, porque ya estaba excedido en edad. Dejaría una carta que explicase el hallazgo del pergamino, dirigida al único albacea sobreviviente —quien con absoluta seguridad ya había olvidado todo el asunto— y, tras haber disfrutado de la finca hasta el fin de sus días, dispondría que todo quedara en regla después de su muerte. ¿No era acaso lo correcto? Sin duda alguna este arreglo satisfacía con plenitud lo que denominaba su conciencia y pensó que era un compromiso endemoniadamente favorable para su hermano. Hacia la puesta del sol, salió a realizar su caminata habitual.
Cuando regresaba, a la hora en que ya oscurece, con el perro que lo acompañaba como de costumbre, este comenzó en un principio a ponerse juguetón y alborotado, corriendo a su alrededor en grandes círculos tal como lo había hecho antes, casi al máximo de su rapidez, con la cabeza gacha entre las patas delanteras mientras se lanzaba a toda prisa. Cuanto más excitados se tornaban sus movimientos y más estrechos los círculos, más estridentes y fieros eran los gruñidos ininterrumpidos, al punto de que el propietario se detuvo y tomó su bastón con fuerza, pues los ojos cárdenos y las muecas de la bestia anunciaban un ataque. Girando sobre sí mismo a medida que el inquieto animal estrechaba su círculo y lanzándole varios golpes con su bastón. Al fin se sintió tan cansado que ya dudaba de mantenerlo por más tiempo a distancia, cuando imprevistamente el dogo se detuvo y se arrastró hasta sus pies con escurridizos movimientos y agachado servilismo.
Nada podía ser testimonio más abyecto de un pedido de disculpas; y cuando el propietario le descargó dos pesados bastonazos, el perro apenas gimoteó con un retorcimiento y lamió sus pies. El Guapo Charlie se sentó en un árbol caído y su torpe compañero, recuperando de inmediato su maltrecho ánimo, empezó a olfatear y hocicar entre las raíces. El hombre verificó si el documento seguía en su bolsillo, sobre su pecho; allí estaba, en efecto. De nuevo reflexionó, en el más solitario de los lugares, acerca de la duda que tenía sobre conservarlo para que después de su muerte fuese devuelto a su hermano o destruirlo. Comenzaba a inclinarse por esto último, cuando no muy lejos un prolongado y sordo gruñido del animal lo sobresaltó.
Estaba sentado en un melancólico bosquecillo de añosos árboles que se inclinaban suavemente hacia el oeste. Exactamente se observaba el mismo efecto extraño de luces que ya se describió antes: un débil resplandor reflejado desde las alturas del cielo, luego de que el sol se hubo puesto, comunicaba a las tinieblas crecientes una rojiza vaguedad. La foresta, ubicada en una grata depresión, suscitaba una sensación de soledad en virtud de que su horizonte estaba cerrado en todas direcciones con excepción de una.

Se levantó y miró por encima de la barrera que accidentalmente formaban los troncos de los árboles caídos, apilados unos sobre otros. Desde allí contempló al perro cuyas dimensiones se agrandaban del otro lado hasta presentar un aspecto alargado, con su fea cabeza que, a causa de ello, parecía haber adquirido el doble del tamaño natural. La pesadilla volvía a dominarlo. En ese momento, entre los troncos la desgarbada cara del animal se extendía y el largo pescuezo se prolongaba aún más: a continuación, el cuerpo se asemejó a un enorme lagarto blanco; y mientras forcejeaba y se retorcía entre las ramas, gruñía y lo miraba con ojos deslumbrantes, como si fuera a devorarlo.
Con toda la rapidez que le permitía su cojera, el propietario, escapó de ese lugar aislado en dirección a la casa. En verdad, no hubiera podido decir exactamente qué pensamientos pasaban por su cabeza mientras huía. Pero cuando el perro se unió a él parecía tranquilizado y hasta mostraba buen humor, en tanto que su figura ya no tenía nada en común con la bestia que rondaba sus sueños.
Aquella noche a eso de las diez, el propietario, bastante agitado, llamó al guardabosques y le explicó que, a su juicio, el perro se hallaba rabioso y era necesario eliminarlo. Podía pegarle un balazo en la sala de armas, donde se encontraba: uno o dos disparos en el revestimiento de madera no importaban, lo que sí debía tener en cuenta era que el animal no tuviese posibilidad de salir vivo.
El Guapo Charlie entregó al guardabosques su revólver de caño doble, cargado con pesada munición. Sólo lo acompañó hasta el vestíbulo y puso una mano en el brazo del servidor, quien observó que el pulso del propietario era inseguro y que parecía «blanco como cuajada».
—Escuche un momento —dijo Charles Marston en un susurro.
Oyeron que el perro se hallaba en la habitación muy excitado; gruñía ominosamente, subía al antepecho de la ventana y bajaba de él, corría alrededor del cuarto.
—Debe mostrarse eficaz, téngalo presente: no le dé la menor oportunidad. Póngase de costado, ¿me entiende?, y ¡descargue toda la munición!
—No es la primera vez que disparo contra un perro rabioso, señor —respondió el individuo con una mirada muy seria, mientras amartillaba el arma.
Cuando el guardabosques abrió la puerta, el perro saltó hacia la vacía rejilla del hogar. El hombre dijo que «nunca había visto semejante demonio, tieso y con la mirada fija». La bestia giró sobre sí, al parecer como si se propusiera buscar refugio en la chimenea, «pero eso no debía suceder a ningún precio». Profirió un alarido que nada tenía de canino, sino que se asemejaba al grito de un hombre atrapado por una piedra de molino, y antes de que pudiera saltar sobre el guardabosques este disparó una carga. El perro se le arrojó encima y rodó, recibiendo la segunda carga en la cabeza, mientras resoplaba a los pies de su adversario.
—¡Nunca vi cosa semejante ni escuché chillido igual! —dijo el guardabosques retrocediendo—. Hace que uno se sienta desconcertado.
—¿Está muerto? —preguntó el propietario.
—Sin lugar a dudas, señor —respondió el servidor, arrastrándolo del pescuezo por el piso.
—Arrójelo fuera de la casa —agregó el Guapo Charlie— y encárguese de sacarlo de la propiedad esta misma noche. El viejo Cooper dice que es una bruja —y aquí el propietario sonrió pálidamente—, de modo que no debe permanecer en Gylingden.
Jamás nadie se sintió más tranquilizado que Charles Marston, y por espacio de una semana a partir de este suceso su reposo fue el más apacible desde hacía mucho tiempo.

Nos incumbe a todos obrar con prontitud de acuerdo con nuestras buenas resoluciones. Hay una tendencia incontenible hacia el mal que, si se le permite actuar, desviará los propósitos iniciales. Si en un momento de temor supersticioso el propietario había pensado aceptar un gran sacrificio y había decidido, en relación al documento tan misteriosamente recuperado, que se mostraría honesto con su hermano, tal proyecto fue muy pronto suplantado por una solución de compromiso con el fraude, la cual posponía de manera conveniente la restitución hasta una fecha en que ya no le resultaría posible seguir disfrutando de la finca. Luego llegaron nuevos anuncios del lenguaje violento y amenazador que utilizaba Scroope, quien siempre reiteraba los mismos estribillos: no dejaría una piedra sin remover para demostrar que existía un documento que Charles había ocultado o destruido; no descansaría hasta colgarlo.
Estas eran, por cierto, palabras insensatas. Al principio, Charles Marston sólo había llegado a enardecerse, pero luego de su reciente y culpable comprobación y ocultamiento se sentía amedrentado. Lo amenazaba la existencia del pergamino y, poco a poco, llegó a la conclusión de que era menester destruirlo. Tuvo muchas vacilaciones y temores antes de que pudiera decidirse a cometer el delito. Sin embargo, al fin lo hizo y se libró de los cuidados provocados por ese testimonio, que en cualquier momento podía convertirse en motivo de infortunio y ruina. Ello lo alivió, pero también engendró nuevos y terribles desasosiegos, a causa de la falta cometida.
Se había despojado bastante bien de sus escrúpulos sobrenaturales. Lo que ahora lo angustiaba era un problema de índole diferente.
Sin embargo, esa noche creyó que lo despertaba una violenta agitación en su lecho. Pese a la luz muy insuficiente, pudo ver dos figuras al pie de la cama, cada una de las cuales sostenía uno de los pilares. En una de ellas le pareció reconocer a su hermano Scroope, en tanto que la otra era el viejo propietario —de ello estaba seguro—, y tuvo la sensación de que ambas lo habían sacado del sueño. Tan pronto como Charlie hubo despertado, Toby Marston le habló para decirle:
—¡Fuera de nuestra casa! Esto no durará mucho. Vendremos juntos, por mutuo acuerdo, y nos quedaremos. Aunque te advertí de ello, lo hiciste con plena conciencia. ¡Ahora Scroope te colgará! ¡Los dos juntos te colgaremos! Tenlo presente, engendro del demonio.

El viejo propietario temblorosamente estiró su rostro, desfigurado por los balazos y la sangre, y adquirió gradualmente un parecido cada vez mayor con el perro. Comenzó a estirarse y a trepar por la cama desde los pies. Al mismo tiempo, Charlie advirtió que la presencia que se hallaba del otro lado, apenas algo más que una oscura sombra, comenzaba también a subirse al lecho. De inmediato se desencadenó en el dormitorio una terrible confusión, con gran alboroto y una suerte de parloteo acompañado de carcajadas. Al propietario le fue imposible entender las palabras, pero despertó gritando y comprobó que se hallaba de pie en el piso. Los fantasmas y el griterío se desvanecieron, si bien se escuchó un estrépito, acompañado por el tintineo de los fragmentos de un objeto destrozado. El gran recipiente de porcelana, que por generaciones había sido empleado para bautizar a los Marston de Gylingden, había caído de la repisa y se había estrellado sobre la piedra del hogar.
—Toda la noche estuve soñando con Scroope. No me extrañaría, mi viejo Cooper, que hubiese muerto —dijo a la mañana siguiente Charles Marston.
—¡Dios nos libre y guarde! ¡También yo lo vi en sueños, señor! Me pareció que profería maldiciones y juramentos porque lo habían robado, mientras, ¡Dios lo tenga en la gloria!, el viejo amo —puedo jurar que era él— me decía muy claro: «Levántate, Cooper; dame una mano para colgarlo, condenado ladrón miserable, porque no es más que un cuzco de porquería, no un cachorro mío». Me pareció que era el perro que mataron las otras noches que corría hacia mí. Tuve la sensación de que el viejo amo me daba un puñetazo y yo me ponía en actividad, diciéndole: «A sus órdenes, señor». Por un rato no me pude sacar de la cabeza que el amo todavía estaba en la habitación.
Cartas procedentes de la ciudad pronto convencieron al propietario de que su hermano Scroope, lejos de haber muerto, se hallaba singularmente activo; el apoderado de Charlie le escribió muy alarmado, informándolo que accidentalmente se había enterado de que Scroope se proponía iniciar una causa para demostrar la existencia de un acta suplementaria relativa a la finca, de la que tenía pruebas subsidiarias que le permitirían entrar en posesión de Gylingden. Ante esta amenaza, el Guapo Charlie se encogió de hombros y envió una enérgica carta a su representante, si bien permaneció a la espera de lo que pudiera suceder con un secreto presentimiento.
Scroope ahora formulaba estrepitosas conminaciones, juraba en su estilo más agresivo y reiteraba la antigua promesa de que iba a colgar a ese estafador. En medio de tales intimaciones y aprestos se produjo, empero, un imprevisto apaciguamiento: Scroope se murió sin tiempo para tomar las medidas que le permitieran un asalto póstumo a su hermano. Era uno de esos casos de enfermedad cardíaca en que la muerte es tan rápida como un pistoletazo.

A Charlie no le fue posible ocultar la alegría, lo cual podía suscitar desagrado aunque, por supuesto, no era una actitud del todo maligna, pues consistía en la distensión producida por haber superado un temor secreto. Resultaba asimismo jocosamente afortunada la circunstancia de que apenas el día anterior Scroope hubiese destruido su testamento precedente, en el cual dejaba todos sus bienes a un extraño, con el objeto de redactar uno nuevo al cabo de un par de jornadas en el cual enunciaba la condición expresa de proseguir las acciones judiciales contra Charlie.
Como consecuencia de ello, cuanto poseía pasó incondicionalmente a manos de su hermano, en calidad de legítimo heredero. Todo esto ofrecía motivos para un júbilo incontenible. Por cierto, no estaba ausente el odio, arraigado profundamente a lo largo de una vida en que habían intercambiado agresiones y ultrajes con recíproca persistencia; al respecto, debe tomarse en cuenta que el Guapo Charlie era capaz de cultivar el resentimiento y de disfrutar de la venganza con todo su corazón. Se habría sentido feliz si hubiera podido impedir que su hermano fuese enterrado en la capilla de Gylingden, donde este quería reposar; pero sus abogados no estaban seguros de que fuese lícito impedirlo, aparte de que no resultaría fácil ponerse a salvo del escándalo que era inevitable si se oponía a la ceremonia, a la que asistirían —como no podía ignorarlo— algunos de los antiguos propietarios locales y otras personas con aspiraciones hereditarias a los bienes de los Marston.
Pero ordenó a la servidumbre que nadie asistiera al funeral, con la promesa —mechada de juramentos y maldiciones que no debían desestimarse— de que cualquiera que ignorase su decisión encontraría a su regreso la puerta cerrada en las narices.
Cabe suponer que, con excepción del viejo Cooper, a ningún servidor preocupó la prohibición, salvo por el hecho de que iba en perjuicio de una curiosidad que siempre se muestra vigorosa en la existencia rural. Cooper se sintió muy molesto por la circunstancia de que el hijo mayor del viejo amo fuera enterrado en la antigua capilla familiar sin que Gylingden Hall hiciera ninguna demostración del respeto debido. Consultó al dueño de casa acerca de si, por lo menos, se prepararían vino y refrescos, en la sala revestida de roble, para el caso de que alguno de los caballeros de la comarca que demostrase su afecto por la vieja familia deseara acercarse hasta allí. El propietario, empero, sólo le respondió algunas palabrotas y le aconsejó que se metiera en sus propios asuntos; además, por si ello sucedía, le ordenó que dijera que el amo estaba ausente y que no se habían dispuesto preparativos; en suma, que se despechara a cualquier visitante tal como había llegado. Cooper formuló obstinadas reconvenciones y el propietario se sintió cada vez más enojado hasta que, después de una tormentosa escena, recogió su sombrero y su bastón y salió, justo en el momento en que comenzaba a verse el cortejo fúnebre que descendía por el valle desde la antigua Taberna del Ángel.

Cooper anduvo rondando desconsolado y, en la medida en que pudo hacerlo, contó desde la puerta el número de carruajes. Cuando el entierro concluyó y comenzaron a irse los asistentes, regresó a la casa cuya puerta permanecía abierta y, como de costumbre, desierta. Antes de llegar a ella, un coche del cortejo se acercó y dos caballeros con capas negras y crespones en los sombreros descendieron; sin mirar a uno u otro lado, comenzaron a subir la escalinata que conducía a la mansión. Cooper los siguió lentamente. Supuso que el coche habría dado la vuelta para estacionarse en el patio, pues cuando llegó a la entrada ya no se veía.
Por consiguiente, el mayordomo ingresó en la casa detrás de los enlutados. En el vestíbulo halló a otro servidor, quien le comunicó haber visto a los dos caballeros con capas negras cuando se dirigían a la escalera, sin haberse quitado los sombreros ni haber solicitado permiso a nadie. Era muy extraño y una excesiva libertad, pensó el viejo Cooper, de modo que subió a buscarlos.
Pero de ninguna manera pudo hallarlos, y a partir de ese instante la casa se vio perturbada.
En poco tiempo no había sirviente que no tuviese algo que contar. Pasos y voces los seguían a veces por los pasillos y susurros ahogados, siempre amenazadores, los alarmaban en los rincones de las galerías o desde penumbrosos escondrijos, de modo que retornaban asustados para ser regañados por la flaca señora Beckett, quien juzgaba que tales historias no eran mucho más que infundios. Pero ella misma, poco después, llegó a formarse una opinión diferente sobre el asunto.
La señora Beckett comenzó a oír voces, con un formidable agravante; siempre las escuchaba cuando decía sus oraciones, lo que había hecho puntualmente durante toda su vida. De tal modo, los rezos quedaban interrumpidos por completo. En esas ocasiones la mujer era espantada por palabras sueltas que formaban parte de las frases, las que iban creciendo mientras ella proseguía, hasta convertirse en amenazas y blasfemias.
No siempre las voces se hallaban en la habitación. Le pareció que atravesaban los sólidos muros de la vieja casa desde aposentos próximos, ya de un sector, ya de otro; a veces dejaban la impresión de dar vítores en pasillos lejanos y llegaban apagadas pero inquietantes, a lo largo de los estrechos corredores artesonados. A medida que se aproximaban se volvían más furiosas, como si varias personas hablasen al unísono. Según dijimos, cada vez que esta piadosa mujer se entregaba a sus rezos, las horribles expresiones se precipitaban hacia la puerta y, dominada por el terror, la señora Beckett no se atrevía a permanecer de rodillas, con lo cual todo volvía a aquietarse, salvo el golpeteo del corazón contra su corsé y la espantosa agitación de sus nervios.

Qué decían esas voces, al momento de que se hubiesen callado, la destinataria ya no lo recordaba cabalmente. Una frase tras otra iban desapareciendo: pullas, amenazas, expresiones impías, cada cual articulada de manera atroz, desaparecían tan pronto como eran escuchadas. Lo cual contribuía a que estas burlas e insultos aterradores causaran impresión, pues la mujer, por más esfuerzos que hiciese, no conseguía retenerlos con exactitud, pese a que conservaba vívido en la mente el carácter desagradable que habían tenido.
Por largo tiempo, el propietario pareció ser la única persona de la casa que no había advertido en absoluto los inconvenientes. Dos veces en el curso de la semana, la señora Beckett decidió renunciar a sus funciones. Sin embargo, una mujer prudente que se ha sentido cómoda por más de veinte años en un mismo lugar, antes de partir, no se limita a considerar el asunto únicamente un par de veces. El viejo Cooper y ella eran los únicos servidores de Gylingden Hall que recordaban las buenas épocas de Toby Marston. El resto del personal doméstico era muy reducido y difícilmente se podía considerar que sus integrantes prestaran un servicio permanente. Meg Dobbs, que se desempeñaba como criada, resolvió no dormir más en la casa y todas las noches, escoltada por su hermano menor, se iba caminando, temerosa, hasta la portería donde vivía su padre. La vieja señora Beckett, cuya posición era destacada en comparación con los servidores transitorios de la decaída residencia, abandonó de inmediato sus prerrogativas y dispuso que la señora Kymes y la ayudante de cocina trasladaran las camas a su amplia y marchita habitación, en la que compartió con gran franqueza sus terrores nocturnos junto a ellas.

El viejo Cooper se mostraba irritado y suspicaz con respecto a estas historias. Ya bastante incómodo se sentía a causa del ingreso en la mansión de las dos figuras embozadas, acerca de lo cual no tenía dudas. Pero se negaba a creer en las anécdotas de las mujeres y simulaba pensar que la pareja de enlutados había dejado la casa y se había ido al comprobar que no había nadie para recibirlos.
Una noche, el viejo Cooper fue llamado al salón revestido de roble, donde el propietario se encontraba fumando.
—Me pregunto, Cooper —dijo el Guapo Charlie con aspecto pálido y encolerizado—, con qué propósitos has estado asustando a estas locas mujeres con tus infortunados relatos. ¡Por todos los demonios!, si has estado viendo fantasmas, este no es un lugar adecuado para ti y conviene que vayas preparando las valijas. No me quedaré sin servidores. ¡La señora Beckett vino a verme en compañía de la cocinera y de la ayudante de cocina, pálidas como tiza, y una detrás de otra me aconsejaron que trajera un sacerdote para que permanezca en la casa y que exorcice al demonio! ¡Por mi salvación, que eres un viejo listo, llenándoles la cabeza de estupideces! Y Meg se va a la portería todas las noches, temerosa de quedarse aquí. ¡Todo eso es culpa tuya, con tantos cuentos de viejas comadres, cerebro reblandecido!
—No es culpa mía, señorito Charles. Nada tiene que ver con cuentos míos, pues no he cesado de repetirles que sólo se trata de fantasías y desvaríos. Si no me cree, pregúntele a la señora Beckett; tuvimos muchas disputas por ese motivo, sean cuales fueren mis opiniones —agregó Cooper de manera significativa y, con la fijeza del temor, lanzó una mirada de recelo a la cara del propietario.
Este apartó los ojos, murmuró colérico para sí mismo y se volvió con el propósito de sacudir la ceniza de su pipa en el hogar; luego tornó a enfrentar imprevistamente a Cooper y habló; tenía pálido el rostro, pero se hallaba menos enojado que antes.
—Sé que, cuando quieres, no eres tonto, mi viejo Cooper. En la suposición de que hubiera en la casa algo así como un fantasma, ¿no te parece que no hay que decirles una palabra a estas mujeres con cabeza de chorlito? ¿Qué te importa, hombre, no pensar más en el asunto y compartir mis opiniones? En alguna época tenías una buena mollera, Cooper; no le pongas encima un bonete de asno, como solía decir mi padre. ¡Maldita sea, muchacho!, no debes estimularles las tonterías para que se enardezcan las unas a las otras con su cháchara y la gente empiece a murmurar lo que no debe acerca de Gylingden y la familia. Sé que tal cosa no te gusta, Cooper, y se me ocurre que no contribuirás a sabiendas en ello. Las mujeres ya dejaron la cocina; ve a encender un poco de fuego y prepárate una pipa; cuando termine esta iré a hacerte compañía y fumaremos un rato juntos, mientras tomamos un vaso de aguardiente con agua.

El viejo mayordomo salió a cumplir la tarea encomendada, bastante habituado a esas condescendencias en una mansión tan desordenada y solitaria, y quienes se hallen en condiciones de seleccionar sus compañías no deben mostrarse severos con el propietario, que no podía permitirse una actitud semejante.
Cuando Cooper hubo puesto las cosas en orden, según el modo de expresarse que empleaba, se sentó en la vieja e inmensa cocina, con los pies sobre el guardafuegos, con la candela encendida en una inmensa palmatoria de bronce, ubicada sobre la mesa al alcance de su mano, con una botella de aguardiente acompañada de vasos y con la pipa también preparada. Completados estos aprestos, el anciano mayordomo, que recordaba generaciones anteriores y épocas mejores, comenzó a meditar y así, inadvertidamente, se fue deslizando hacia un sueño profundo.
El viejo Cooper se despertó al escuchar que alguien reía contenidamente cerca de su cabeza. Estaba soñando con tiempos remotos de la mansión y se imaginaba que uno de los «jóvenes caballeros» se disponía a hacerle una chanza, de modo que masculló algo en su modorra, cuando de pronto se sintió totalmente despejado al oír una voz firme y aguda que decía:
—No estuviste en el funeral. Podría quitarte la vida, pero me conformo con uno de tus oídos.
En el mismo instante percibió una recia acometida contra el costado de su cabeza y se puso de pie. El fuego se había consumido y se sintió helado. La candela estaba por extinguirse en su receptáculo y arrojaba sobre la blanca pared largas sombras que ascendían y descendían en una danza que abarcaba del cielorraso al piso; le pareció que los oscuros trazos dibujaban los dos hombres embozados, que recordaba con profundo terror.
Con toda prisa recogió la candela y se dirigió al pasillo, en cuyos muros continuó la danza de oscuras sombras, muy ansioso por llegar a su cuarto antes de que la luz se apagara. Se estremeció hasta casi perder el dominio de sí mismo cuando de pronto escuchó que la campanilla de su amo, justo encima de su cabeza, repiqueteaba furiosamente.
—¡Ja, ja! Sigue agitándose. Resulta bastante claro —dijo Cooper, al tiempo que se daba ánimos con el sonido de su propia voz y se iba muy apurado al oír cada vez con mayor intensidad la frenética campanilla—. Se debe haber dormido, como yo; es eso, y la luz se ha consumido; apuesto cincuenta…
Cuando giró la manija de la puerta en la sala revestida de roble, escuchó la voz del propietario que preguntaba impetuosamente, con el tono de quien aguarda la presencia de un ladrón:
—¿Quién está allí?
—Soy yo; Cooper. No pasa nada, señor Charlie. Al final no vino a la cocina.
—Me siento muy mal, Cooper; no sé qué me pasó. ¿Has visto algo, Cooper? —preguntó el propietario.
—Nada, señor —contestó Cooper.
Se miraron fijamente el uno al otro.
—Entra y quédate aquí. ¡No me dejes! Echa una mirada a la habitación y dime si todo está en orden; y extiéndeme una de tus manos, mi viejo Cooper, para que pueda tenerla entre las mías.

El propietario tenía frío y se mostraba descorazonado. Era agitado por intensos temblores. No faltaba mucho para el amanecer. Al cabo de un rato, volvió a hablar:
—Hice muchas cosas que no debía. Si con la ayuda de Dios pudiera volver a caminar, trataría de resolverlas. ¿Por qué no habría de proponérmelo? Estoy tan rengo que puedo considerarme un inválido. Ya no serviré para nada; tendré que dejar la bebida y proceder a casarme, como debí hacerlo hace ya mucho. No con una dama refinada, sino con una buena muchacha casera. Alguien así como la hija menor del granjero Crump, una chica virtuosa y sensata. ¿Por qué no me habría de casar con ella? No vendría ni con ilusiones vanas ni con delirios de modistilla. Hablaré con el párroco y trataré de arreglar mis asuntos con todo el mundo. Y tenlo presente: digo que lamento muchas de las cosas que hice.
Ya comenzaba un amanecer sumamente frío. El propietario, según dijo Cooper, tenía el aspecto de hallarse «terriblemente mal», mientras tomaba su sombrero y su bastón con el propósito de salir a caminar, en vez de meterse en la cama, como le rogó el mayordomo al verlo tan alborotado y fuera de sus cabales; era evidente que su intención sólo consistía en huir de la casa. Al mediodía, el Guapo Charlie entró en la cocina, donde estaba seguro de hallar algún sirviente; daba la impresión de que había envejecido diez años desde el día anterior. Sin decir una palabra, llevó un taburete junto al fuego y se sentó. Cooper había mandado a llamar al médico de Applebury, el que acababa de llegar. Pero el paciente se negaba a verlo.
—Si quiere revisarme, que venga aquí —murmuró cada vez que Cooper lo apremiaba. Por lo tanto, el médico vino con bastante cautela y halló al propietario mucho peor de lo que esperaba.
El enfermo resistió la orden de irse a la cama. Pero el médico insistió amenazándolo con fatales consecuencias, ante lo cual el Guapo Charlie cedió:
—Bueno, haré lo que me digan. Pero sólo pido esto: que el viejo Cooper y Dick Keeper permanezcan conmigo. Que no me dejen solo y se mantengan despiertos durante la noche. A usted le ruego que no se vaya todavía, ¿es posible? Cuando me sienta mejor, iré a vivir a la ciudad. Seguir aquí es absurdo, ahora que ya no puedo hacer nada de lo que antes me gustaba. Allí voy a estar mejor, ¿no les parece? Oyeron lo que dije, y no me importa que se rían. Además, quiero hablar con el párroco. Por mí que se rían, no me preocupa; es un indicio de que al fin estoy haciendo lo que debo.
Desde el hospital local el médico envió un par de mujeres para que se encargaran del enfermo, pues se mostraba poco dispuesto a confiarlo en manos de quienes este había escogido. Por la tarde, se trasladó a Gylingden para hablar con ellas. Al viejo Cooper se le indicó que ocupara el cuarto de vestir y que permaneciera en vela toda la noche, lo cual tranquilizaba al propietario, quien se hallaba en un estado de extraña excitación y exhibía síntomas de abatimiento y temor que, a juicio del facultativo, eran consecuencia de la fiebre.

El clérigo llegó. Era un hombre entrado en años, bondadoso y «muy leído». Permaneció hasta bien avanzada la tarde, hablando y rezando con el enfermo. Después que se fue, el propietario llamó a las mujeres que lo cuidaban y les dijo:
—Hay un individuo que a veces aparece; no le lleven el apunte. Llega hasta la puerta del dormitorio y hace un saludo. Es flaco, corcovado y viste de luto, con los guantes negros puestos. Lo van a reconocer por su cara enjuta, tan oscura como el revestimiento de la pared. Cuando sonría, no lo tomen en cuenta. No vayan a recibirlo ni lo inviten a entrar; no les dirá nada; y si se pone violento o las mira con gesto desagradable, no tengan miedo porque no les puede hacer nada; se cansará de esperar y se irá. Pero, por favor, ¡no vayan a recibirlo ni lo inviten a entrar!
Las mujeres juntaron sus cabezas cuando el Guapo Charlie terminó de hablar y luego, en voz baja, mantuvieron una conversación con Cooper.
—¡Que la prudencia las ayude! No, en la casa no hay ningún loco —afirmó el mayordomo—; no hay más gente que la que ya han visto. Sólo es una ilusión provocada por la fiebre, que perturba su cabeza. No es más que eso.
El propietario empeoró a medida que avanzaba la noche. Estaba grave y deliraba. Hablaba de toda clase de cosas: del vino, de los perros, de abogados. En apariencia, comenzó a dialogar con su hermano Scroope. Cuando esta conversación empezó, la señora Oliver, una de las encargadas de cuidarlo, que permanecía sola y despierta a su lado, creyó escuchar que una mano se posaba suavemente en la manija de la puerta por el lado de afuera y furtivamente trataba de hacerla girar.
—¡Dios bendito! ¿Quién está allí? —gritó, y el corazón se le subió a la boca mientras recordaba al corcovado vestido de luto que iba a asomar su cara sonriente, saludando—. ¡Señor Cooper, por favor! ¿Está usted allí? ¡Venga, señor Cooper! ¡Por favor, venga pronto!
Cooper, que dormitaba junto al fuego, se despertó y llegó dando traspiés desde el cuarto de vestir. En cuanto penetró en la habitación, la señora Oliver se aferró a él firmemente.
—El hombre de la joroba estuvo tratando de abrir la puerta, señor Cooper; se lo aseguro.
Entretanto, el propietario se quejaba y mascullaba dominado por la fiebre, sin que se diera cuenta de nada mientras la mujer hablaba.
—¡No, de ningún modo, señora Oliver! Es imposible porque no hay tal persona en esta casa. ¿Qué está diciendo el señorito Charlie?
—Dice Scroope a cada instante, aunque no me doy cuenta qué quiere decir. Además… pero ¡chitón!… oiga: la manija otra vez —y con un estridente grito agregó—: ¡Vea, su cabeza y su cuello en la puerta! —y en su agitación se apretó contra el viejo Cooper en un abrazo angustioso.

La candela estaba vacilando y en la puerta se agitó una sombra que parecía la cabeza de un hombre que se asomaba y retiraba, con un prolongado cuello y una larga nariz afilada.
—¡Por favor, señora! No se comporte como una endiablada estúpida —gritó Cooper, muy blanco y agitando la cabeza con todas sus fuerzas—. No es más que la candela, créame; por mi vida que no es otra cosa. ¿No lo ve? —agregó levantando la luz—. Estoy seguro de que no había nadie en la puerta y, si me lo permite, iré a comprobarlo.
La otra mujer encargada de cuidar al enfermo dormía en un sofá, por lo que la señora Oliver, llena de terror, la despertó para tener compañía, mientras el viejo Cooper abría la puerta. Nadie se hallaba cerca de esta, pero en un rincón de la galería se observaba una sombra similar a la que habían visto en el cuarto. Elevó la candela un poco y le pareció que lo saludaban con una larga mano, a medida que la cabeza desaparecía.
—Sombras de la candela —exclamó Cooper en voz alta, decidido a no dejarse arrastrar por los temores de la señora Oliver; y con la luz en la mano, se dirigió hacia el rincón. No había nada. No pudo resistir la tentación de asomarse desde allí a la extensa galería, y al mover la luz vio exactamente la misma especie de sombra, un poco más alejada, y cuando avanzó tuvo la impresión de que se retiraba y repetía el gesto.
—¡Pamplinas! —dijo—, no es más que la candela. —Y siguió adelante, a medias asustado y a medias enojado por la persistencia con que se mostraba esta sombra desagradable, pues tenía la certeza de que estrictamente no era más que una sombra. Mientras se aproximaba al lugar en que ahora había aparecido, dejaba la impresión de replegarse a sí misma y poco menos que disolverse en el panel central de la puerta que cerraba un viejo armario tallado al que se iba acercando.
En el centro mismo de este panel hay una suerte de relieve trabajado en forma de cabeza de lobo. La luz se proyectó de manera desacostumbrada en ese lugar y la sombra fugitiva pareció disgregarse y recomponerse con idéntica extrañeza. El globo del ojo relució al reflejar la luz proyectada, que también resplandeció en la mueca de la boca, y Cooper creyó ver la nariz larga y afilada de Scroope Marston y uno de sus ojos fieros que lo miraba con firme resolución.
El viejo mayordomo permaneció contemplando esta visión incapaz de moverse, hasta que advirtió que el rostro y la figura correspondientes empezaban a surgir poco a poco de la madera. Simultáneamente, oyó voces que se aproximaban con rapidez desde un costado de la galería y se volvió para regresar a la carrera, al tiempo que decía en voz alta:
—¡Dios tenga piedad de nosotros!

Mientras huía, lo persiguió un ruido que parecía sacudir la vetusta casa como si fuera una poderosa racha de viento.
El viejo Cooper irrumpió en la habitación de su amo, casi enloquecido de terror y, con el aspecto de haber sido acosado por asesinos, cerró con violencia la puerta, a la que echó llave sin demora.
—¿Oyeron eso? —susurró Cooper, de pie junto a la puerta del cuarto de vestir. Prestaron atención, pero ni el menor rumor procedente desde fuera perturbaba ahora la completa quietud de la noche. Entonces exclamó—: ¡Dios bendito! ¡Temo que sea mi vieja cabeza la que está perturbada!
No quiso contarles nada, salvo que se había comportado «como un viejo idiota» al que habían atemorizado con su conversación, a causa de la cual «el crujido de una ventana o la caída de un alfiler» bastaban para asustarlo; y con ayuda del aguardiente se arregló para pasar la noche, mientras permanecía sentado conversando junto al fuego que ardía en el cuarto de su amo.
El propietario se recuperó lentamente de la fiebre cerebral, pero no llegó a curarse por completo. La menor cosa, a juicio del médico, podría causar una recaída. Todavía no se hallaba suficientemente vigoroso para que se lo pudiese trasladar, con el objeto de que cambiara de ámbito y de clima, lo cual era necesario para su restablecimiento pleno.
Cooper dormía en el cuarto de vestir y se había convertido en su único acompañante nocturno. El comportamiento del enfermo era raro. Reclinado a medias en la cama, le gustaba disfrutar de su cachimba nocturna, y exigía que Cooper, junto al fuego, lo acompañara fumando. Cuando el propietario y su humilde amigo se entregaban a ello, puesto que la acción de fumar es un placer taciturno, hasta que el señor de Gylingden completaba su tercera pipa no iniciaba la conversación y, al comenzarla, el tema no resultaba del agrado de Cooper.
—Te ordeno, mi amigo, que me mires en la cara y que no temas expresar lo que piensas —dijo el propietario contemplándolo con una sonrisa persistente y astuta—. Tú sabes tan bien como yo, quiénes han permanecido todo este tiempo en la casa. No me lo niegues, ¿eh? ¿Eran Scroope y mi padre?
—No diga esas cosas, Charlie —le respondió el viejo Cooper, luego de un prolongado silencio, un tanto torvo y asustado, sin quitarle los ojos del rostro, que no experimentó cambios.
—¿Para qué sirve andar con tapujos, Cooper? Scroope te dejó sordo del oído derecho, bien lo sabes. Se ha mostrado colérico. Casi me deja seco con esta fiebre. Pero todavía no terminó conmigo, y parece atrozmente perverso. Tú lo viste; estás perfectamente enterado de ello.

Cooper se sintió muy amedrentado y una extraña sonrisa que asomó en los labios del propietario lo atemorizó más aún. Dejó su pipa y permaneció mirando a su amo, como si estuviera soñando.
—Si pensara de ese modo, no sonreiría como lo está haciendo —observó Cooper torvamente.
—Estoy cansado, Cooper, y da lo mismo sonreír que hacer cualquier otra cosa; seguiré sonriendo mientras pueda. Tienes noticias de lo que piensan hacer conmigo. Eso era cuanto quería decirte. Ahora, muchacho, sigue con tu pipa que yo me voy a dormir.
El propietario se dio vuelta en la cama y se recostó serenamente, con la cabeza apoyada en la almohada. El viejo Cooper lo contempló, echó una mirada a la puerta, llenó a medias su vaso de aguardiente, lo bebió, se sintió mejor y se fue a su cama del cuarto de vestir.
En lo más profundo de la noche fue despertado imprevistamente por el propietario, que se hallaba de pie junto a su lecho, en bata y pantuflas.
—Te traigo algo así como un regalo. Ayer recibí el alquiler de Hazelden y quiero que te quedes con esto: son cincuenta libras. El resto mañana se lo das a Nelly Carwell. Dormiré mejor. He visto a Scroope, ¡y después de todo no es tan mala persona, mi viejo! Se puso un crespón sobre la cara porque le dije que no la soportaba; ahora, haré muchas cosas por él. Nunca me resultó posible permanecer vacilando. Buenas noches, mi viejo Cooper.
El propietario puso afectuosamente su temblorosa mano en el hombro del anciano y regresó a su cuarto.
«No me gusta en absoluto como está. El médico no viene con la frecuencia necesaria. Esa extraña sonrisa suya me tiene a maltraer, y su mano estaba fría como la muerte. ¡Dios quiera que su cerebro no esté perturbado!».
Luego de estas reflexiones se volvió hacia el asunto más grato del regalo, y al cabo quedó dormido.
A la mañana siguiente, cuando entró en el dormitorio, el propietario ya había abandonado el lecho.
«No importa; ya volverá, como si fuese la última moneda», pensó el viejo Cooper, ordenando la habitación como de costumbre.
Pero no regresó. Entonces comenzó la inquietud, seguida de terror cuando empezó a resultar evidente que el propietario no estaba en la casa. ¿Qué le había sucedido? Las únicas ropas que faltaban eran su bata y sus pantuflas. ¿Era posible que hubiese abandonado la casa tan enfermo y con esa sola vestimenta? Y si lo había hecho, ¿podía estar en sus cabales? Además, era improbable que sobreviviese a una noche fría y húmeda, pasada al raso.

Tom Edwards se llegó hasta la casa y contó que en la madrugada, a eso de las cuatro, a cosa de una milla más o menos, aunque no había luna, junto con el granjero Nokes que conducía su carro al mercado, había visto a tres hombres que caminaban en la oscuridad delante del caballo y que hicieron todo el recorrido desde las cercanías de Gylingden Hall hasta el camposanto, cuya puerta les fue abierta desde adentro. Allí entraron y la puerta volvió a cerrarse. Tom Edwards había pensado que se habían trasladado hasta ese lugar para disponer los preparativos del entierro de algún miembro de la familia Marston. Pero a Cooper, enterado de que no sucedía nada por el estilo, el episodio le pareció atrozmente ominoso.
En consecuencia, inició una cuidadosa búsqueda y, al fin, se acordó del vacío piso superior y de la Cámara del Rey Herodes. No advirtió en aquel sitio ningún cambio, pero la puerta del gabinete estaba cerrada y, pese a la oscuridad de la madrugada, algo semejante a un gran nudo blanco que sobresalía por encima de la puerta le llamó la atención.
Durante algunos instantes la puerta resistió sus esfuerzos, pero al cabo cedió un poco. Se sintió casi atontado al percibir que algo caía pesadamente y estremecía el piso entero, en tanto que los ecos que huían a través de todos los corredores resonaban como una risa que se iba alejando.
Cuando empujó la puerta y logró abrirla, comprobó que su amo yacía muerto sobre el piso. Un pañuelo le rodeaba el cuello como si fuera la soga de un ahorcado y había cumplido satisfactoriamente su misión. El cadáver estaba frío y hacía rato que se había producido la muerte.
A su debido tiempo se hizo la investigación judicial y el jurado resolvió «que el difunto Charles Marston ha muerto por propia mano, a causa de un acceso pasajero de insania».
Pero el viejo Cooper tenía su opinión propia con respecto a la muerte del propietario, si bien no abrió los labios y nunca dijo una palabra sobre ello. Se marchó a vivir por el resto de sus días a York, donde todavía hay gente que lo recuerda como un anciano taciturno y hosco que asistía regularmente a los oficios religiosos, bebía un poco y se sabía que había ahorrado algún dinero.

No hay comentarios:

Publicar un comentario