lunes, 4 de junio de 2018

Aguas Inquietas

Recuerdo como si fuera ayer aquella terrible noche en el Silver Slipper, a finales del otoño de 1845. Fuera el viento rugía en un gélido vendaval que traía granizo en su regazo, hasta repiquetear éste contra las ventanas como los nudillos de un esqueleto. Sentados alrededor del fuego en la taberna, podíamos oír por encima del ruido del viento y el granizo el tronar de relámpagos blancos que azotaban frenéticamente la agreste costa de Nueva Inglaterra. Los barcos amarrados en el puerto tenían echada doble ancla, y los capitanes buscaban el calor y la compañía que les ofrecían las tabernas de los muelles.

Aquella noche había en el Silver Slipper cuatro hombres, y yo, el friegaplatos. Estaba Ezra Harper, el tabernero; John Gower, capitán del Sea-Woman; Jonas Hopkins, abogado procedente de Salem; y el capitán Starkey del Vulture. Estos cuatro hombres estaban sentados frente a una mesa de roble delante de un gran fuego que crepitaba en la chimenea, mientras yo correteaba por la taberna atendiendo a los clientes, llenando jarras y calentando licores especiados.
El capitán Starkey estaba sentado de espaldas al fuego y miraba a la ventana contra la que golpeaba y repiqueteaba el granizo. Ezra Harper estaba sentado a su derecha, al final de la mesa. El capitán Gower estaba en el otro extremo, y el abogado, Jonas Hopkins, estaba sentado justo enfrente de Starkey, dando la espalda a la ventana y mirando el fuego.
—¡Más brandy! —bramó Starkey, golpeando la mesa con su enorme y nudoso puño. Era un tosco gigante de mediana edad, con una barba espesa y negra y ojos que brillaban por debajo de gruesas cejas negras.
—Una noche fría para los que navegan por el mar —comentó Ezra Harper.
—Y aún más fría para los que duermen bajo él —replicó John Gower con tono sarcástico. Era un hombre alto y delgado, moreno y de semblante melancólico, un extraño y siniestro personaje del cual se contaban oscuras historias.
Starkey se rió salvajemente.
—Si estás pensando en Tom Siler, será mejor que te ahorres tus condolencias. La tierra ha ganado con su marcha, y el mar no ha quedado bien parado con su cadáver. ¡Era un vil asesino, cabecilla de amotinados! —bramó esto último con abrupta fiereza y golpeó la mesa ruidosamente, mirando a su alrededor como si retase a cualquiera de los presentes a contradecirle.
Una sonrisa burlona se dibujó en el siniestro semblante de John Gower, y Jonas Hopkins se inclinó hacia delante, clavando sus ávidos ojos en los de Starkey.
Como todos nosotros, conocía la historia de Tom Siler según la versión del capitán Starkey: cómo Siler, primer oficial a bordo del Vulture, instigó a la tripulación a amotinarse y dedicarse a la piratería, y cómo Starkey logró tenderle una trampa y terminó ahorcándolo en alta mar. Eran tiempos duros y la palabra del capitán era ley en el mar.







—Qué extraño —dijo Jonas Hopkins, inclinando su delgado y blanquecino rostro hacia el capitán Starkey—. Es extraño que Tom Siler acabara siendo un traidor, cuando había sido un tipo tan respetuoso con las leyes antes de que ocurriera todo esto.
Starkey se limitó a gruñir desdeñosamente y vació su copa. Ya estaba borracho.
—¿Cuándo se casa tu sobrina Betty con Joseph Harmer, capitán? —preguntó Ezra Harper, intentando llevar el tema de conversación a un terreno más cordial.
Jonas Hopkins volvió a hundirse en su asiento centrando su atención en la copa de ron que sostenía.
—Mañana —farfulló Starkey.
Gower soltó una corta risotada.
—¿Es una esposa o una hija lo que quiere Joe Harmer al casarse con una chica mucho más joven que él?
—John Gower, ¡ten la amabilidad de meter las narices en tus propios asuntos! —bramó Starkey—. La muy picara debería estar entusiasmada por casarse con un hombre como Harmer, uno de los navieros más ricos de Nueva Inglaterra.
—Pero Betty no piensa igual, ¿verdad? —insistió John Gower, como si estuviera empeñado en provocar jaleo—. Aún está de duelo por Dick Hansen, ¿no es así?
Las velludas manos del capitán Starkey se cerraron en sendos puños y lanzó una mirada amenazante a Gower indicándole que se estaba excediendo con este interrogatorio sobre sus asuntos privados. A continuación se bebió el ron de un trago y estampó la jarra sobre la mesa.
—No hay explicación posible para los caprichos de una chica —dijo malhumorado—. Si quiere malgastar su vida lamentándose por un vago aprovechado que escapó y terminó ahogado, es su problema. Pero mi obligación es asegurarme de que se casa apropiadamente.
—¿Y cuánto te va a pagar Joe Harmer, Starkey? —preguntó John Gower sin miramientos.
Este comentario había excedido el límite del civismo y la discreción. El enorme cuerpo de Starkey se alzó de su asiento y se inclinó hacia el otro extremo de la mesa con los ojos rojos encendidos por la bebida y la furia y con el poderoso puño en alto. Gower no se movió, permaneció sentado sonriéndole con los ojos entornados y una amenazadora expresión en el rostro.
—¡Siéntate, Starkey! —intervino Ezra Harper-John, se te ha metido el diablo en el cuerpo esta noche. ¿Por qué no podemos beber juntos y amigablemente…?
Este discurso filosófico fue interrumpido abruptamente. La pesada puerta se abrió de par en par y una ráfaga de viento hizo que la llama de la vela danzara y se agitara violentamente. Rodeada por el torbellino de granizo que se coló en el interior, vimos a una mujer joven de pie, y de un salto me apresuré a cerrar la puerta tras ella.
—¡Betty!
La joven era delgada, casi frágil. Sus enormes ojos negros miraban desorbitados, y su hermoso rostro pálido estaba surcado por lágrimas. El cabello suelto le caía sobre los finos hombros y sus ropas estaban empapadas y maltrechas por el granizo, a través del cual se había tenido que abrir camino.
—¡Betty! —bramó el capitán Starkey—. ¡Pensé que estarías en casa durmiendo! ¿Qué haces aquí… y en una noche como ésta?
—¡Oh, tío! —lloró ella, extendiendo los brazos hacia él ciegamente y ajena al resto de nosotros—. ¡Vine para volver a suplicarte! ¡No puedo casarme con Joseph Harmer mañana! ¡No puedo! ¡Es Dick Hansen! ¡Me llama a través del viento y la noche y las negras aguas! Vivo o muerto, seré suya hasta la hora de mi muerte, y no puedo… No puedo…
—¡Sal de aquí! —rugió Starkey, pateando el suelo y agitando los brazos como un maniaco—. ¡Vete y regresa inmediatamente a tu cuarto! ¡Te atenderé más tarde! ¡Cállate! ¡Mañana te casarás con Joe Harmer, o te mataré a golpes!

Sollozando, la chica se postró de rodillas delante de él, y, con un grito feroz, el capitán levantó un enorme puño como si fuera a golpearla. Pero con un único y ágil movimiento felino, John Gower se levantó de su asiento e inmovilizó al enfurecido capitán contra la mesa.
—¡Quítame las manos de encima, maldito pirata! —gritó Starkey con rabia.
—Eso aún está por probar —dijo Gower sonriendo lúgubremente—. Pero osa poner un solo dedo sobre esta chiquilla y veremos cuánto tarda un «maldito pirata» en desollar el corazón de un honesto marino mercante que vende a su propia sangre y raza a un miserable.
—Déjalo estar, John —intercedió Ezra Harper—. Starkey, ¿no ves que la chica está a punto de desmayarse? Tranquila, pequeña —se inclinó sobre ella y la levantó con cuidado—, ven con el viejo Ezra. Hay una chimenea encendida en la habitación de arriba, y mi mujer te dará ropa seca. Es una noche muy fría para que una chiquilla ande a la intemperie. Te quedarás con nosotros hasta mañana por la mañana.
Subió las escaleras sujetando a la joven; y Starkey, tras seguirlos con la mirada durante unos instantes, regresó a la mesa. Durante unos instantes se hizo el silencio, y a continuación Jonas Hopkins, que no se había movido de su asiento, dijo:
—Circulan extraños rumores, capitán Starkey.
—¿Y qué rumores son ésos? —preguntó Starkey desafiante.
Jonas Hopkins rellenó su pipa de boquilla larga con tabaco de Virginia antes de responder.
—Hablé con algunos de tu tripulación hoy.
—¡Diantre! —maldijo Starkey escupiendo un juramento—. Mi barco atraca en puerto esta mañana y antes de que anochezca ya corren los chismorreos.
Hopkins me hizo un gesto para que le acercara una brasa para su pipa. Obedecí, y le dio varias bocanadas largas.
—Quizás en esta ocasión los rumores pudieran tener fundamento, capitán Starkey.
—¡Cuéntalo ya, hombre! —dijo Starkey con tono malhumorado—. ¿Qué estás insinuando?
—A bordo del Vulture dicen que Tom Siler no fue culpable de amotinamiento. Dicen que te inventaste los cargos y que lo ahorcaste completamente fuera de tus casillas, y sin tener en cuenta las protestas de la tripulación.

Starkey se rió ruidosamente, pero su risa sonaba hueca.
—¿Y qué pruebas aportan para apoyar esta absurda historia?
—Dicen que cuando estaba a punto de cruzar el umbral hacia la Eternidad, Tom Siler juró que lo estabas condenando a muerte porque él sabía qué había ocurrido realmente con Dick Hansen. Pero antes de que pudiera decir nada más, la soga silenció sus palabras y su vida.
—¡Dick Hansen! —el rostro de Starkey estaba lívido, pero su tono de voz era aún desafiante—. Dick Hansen fue visto por última vez de noche en los muelles de Salem, hace un año. ¿Qué tengo yo que ver con él?
—Tú querías que Betty se casase con Joe Harmer, que estaba dispuesto a comprártela como si fuera una esclava —contestó Jonas Hopkins con calma—. Al menos esto es sabido por todos.
John Gower asintió mostrando su acuerdo.
—Pero ella iba a casarse con Dick Hansen, de modo que tú ordenaste que lo llevasen a la fuerza a bordo del ballenero británico que zarpó en una travesía de cuatro años de duración. Luego propagaste el rumor de que se había ahogado e intentaste meter prisa a Betty para que se casase antes de su regreso. Cuando supiste que Siler lo sabía y que iba a contárselo a Betty, te sentiste acorralado. Sé que estás al borde de la bancarrota. Tu única salvación es el dinero que Harmer te había prometido. Asesinaste a Tom Siler para cerrarle la boca.
De nuevo se hizo el silencio. Afuera, en la negra noche, el viento aullaba con fuerza. Starkey se retorcía las enormes manos y permanecía en silencio y pensativo.
—¿Y puedes probar todo esto que afirmas? —susurró al fin desdeñosamente.
—Puedo probar que estás casi arruinado y que Harmer te prometió dinero; puedo probar que te deshiciste de Hansen.
—Pero no puedes probar que Siler no estuviera planeando amotinarse —gritó Starkey—. ¿Y cómo puedes demostrar que Hansen fue secuestrado?
—Esta mañana me ha llegado una carta de mi agente, que acaba de atracar en Boston —dijo Hopkins—. Me informa de que ha visto a Hansen en un puerto asiático. El joven le dijo que tenía la intención de abandonar el barco a la primera ocasión y regresar a América. Le pidió que informara a Betty de que estaba vivo y que aún la amaba.

Starkey apoyó los codos en la mesa y hundió la barbilla entre sus puños, como un hombre que ve cómo se derrumban sus castillos a su alrededor y se enfrenta a una roja ruina. Entonces sacudió sus enormes hombros y se rió salvajemente. Apuró la copa y se levantó del asiento tambaleándose, bramando con una súbita risa.
—¡Aún me quedan uno o dos ases en la manga! —gritó—. ¡Tom Siler está en el Infierno con una soga alrededor del cuello, y Dick Hansen está en el otro extremo del mundo! La chica está bajo mi custodia y aún es menor, y se casará con quien yo diga. No puedes demostrar lo que afirmas acerca de Siler. Mi palabra es ley en alta mar, y no me puedes pedir explicaciones por nada que haga a bordo de mi propio barco. En cuanto a Dick Hansen… mi sobrina estará casada con Joe Harmer bastante antes de que ese idiota regrese de su travesía. Ve y díselo a Betty si quieres. ¡Ve y dile que Dick Hansen aún vive!
—Eso es lo que pienso hacer —dijo Jonas Hopkins, levantándose—. Debería haberlo hecho antes, pero quería enfrentarte primero con la verdad.
—¡Menuda buena acción! —aulló Starkey como un demente.
Parecía una bestia salvaje acorralada, retándonos a todos con la mirada. Sus ojos brillaban terriblemente bajo las marcadas cejas, y tenía los dedos crispados como garras. Tomó raudo una copa de licor de la mesa y la alzó balanceándola.
—¡Sí, sí, ve a decírselo! Se casará con Harmer… o la mataré. Inventa o trama lo que quieras, cerdo cobarde, ningún hombre vivo podrá detenerme ahora, ¡y ningún hombre vivo podrá evitar que sea la esposa de Joe Harmer!
»¡Un brindis, cobardes rastreros! Brindo por Tom Siler, que duerme ahora bajo el gélido y blanco mar con una soga alrededor de su cuello de traidor. ¡Por mi oficial, Tom Siler, que se balancea y gira en el palo mayor…!

Estaba fuera de sí; me estremecí ante la abominable explosión de triunfo que acompañaba a las palabras de aquel hombre, y la sonrisa había desaparecido incluso del rostro de John Gower.
—¡Por Tom Siler! —los vientos contestaron su brindis. El granizo golpeaba con dedos frenéticos contra la ventana, como si la mismísima noche solicitase entrar.
Me acurruqué cerca del fuego, tras la espalda del capitán Starkey; y, sin embargo, un frío sobrenatural se apoderó de mí, como si a través de una puerta abierta soplase repentinamente sobre mí un viento procedente de otra dimensión.
—¡Por Tom Siler…! —el brazo del capitán Starkey se alzó con la copa, y su mirada se posó en la ventana que nos separaba de la oscuridad del exterior.
Se quedó paralizado y sus ojos se abrieron desorbitados. La copa cayó descuidadamente de su mano y, con un grito agonizante, se derrumbó hacia delante a lo largo de la mesa… ¡muerto!
¿Qué fue lo que lo mató? Demasiada bebida y el fuego en su malvado cerebro, dijeron. Sin embargo… Jonas Hopkins estaba frente a las escaleras y los ojos de John Gower estaban fijos en el rostro de Starkey. Sólo yo miré hacia la ventana y vi lo que hizo añicos el cerebro del capitán Starkey, arrebatándole la vida como una bruja apaga una vela. Y esa visión me ha perseguido hasta el día de hoy y me perseguirá hasta el día de mi muerte.
La ventana estaba ribeteada de escarcha y las velas la iluminaban fantasmalmente, y por unos instantes lo vi nítidamente: una forma oscura y brumosa que era como el reflejo de la silueta de un hombre de pie sobre aguas inquietas. Y el rostro era el de Tom Siler, ¡con una siniestra soga alrededor de su cuello!

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