Pocas ideas han ejercido una fascinación tan persistente sobre la imaginación humana como la posibilidad de viajar en el tiempo. Desde que la literatura comenzó a especular con la existencia de mundos futuros y civilizaciones desaparecidas, el tiempo se ha convertido en uno de los grandes territorios de la fantasía y de la ciencia ficción, quizá porque representa una frontera mucho más íntima y poderosa que cualquier distancia geográfica. Podemos recorrer miles de kilómetros, atravesar océanos y llegar a lugares situados en el otro extremo del planeta, pero seguimos sin poder regresar a nuestra infancia, conversar con quienes ya han muerto o contemplar con nuestros propios ojos aquello que sucederá dentro de cien o mil años. La máquina del tiempo representa, en consecuencia, una de las fantasías más profundas de nuestra especie: la posibilidad de escapar de una de las condiciones fundamentales de nuestra existencia.
jueves, 13 de agosto de 2026
Viajes en el Tiempo: de H. G. Wells a la Ciencia Ficción Moderna
Cómo Empezar a Leer a Ambrose Bierce
Leer a Ambrose Bierce supone, por tanto, enfrentarse a una literatura que combina violencia, ironía, fatalismo y una extraordinaria capacidad para crear atmósferas perturbadoras con una economía narrativa admirable. Su estilo puede parecer distante en algunos momentos, incluso deliberadamente seco, pero detrás de esa precisión existe una mirada profundamente desconfiada hacia la naturaleza humana. Bierce no suele necesitar grandes monstruos ni escenarios sobrenaturales para producir inquietud, porque conoce perfectamente algo que el mejor terror siempre ha sabido aprovechar: que el ser humano puede ser, por sí mismo, una criatura mucho más inquietante que cualquier fantasma. Precisamente por eso, empezar a leer a Bierce requiere escoger bien la puerta de entrada. Su obra es suficientemente diversa como para que no todos sus textos sean igualmente adecuados para un lector que todavía no conoce su universo. Lo más recomendable es comenzar por sus relatos más célebres y accesibles, aquellos en los que aparecen condensadas sus principales virtudes, para después ampliar progresivamente el recorrido hacia sus cuentos de guerra, sus textos satíricos y su particularísima visión del mundo.
La Biblioteca de Ashurbanipal
Hablar de la Biblioteca de Ashurbanipal es hablar de uno de esos lugares que, incluso después de haber desaparecido físicamente, continúan ejerciendo una fascinación extraordinaria porque en ellos parece concentrarse una idea que atraviesa toda la historia de la humanidad: el deseo de conservar el conocimiento frente al paso del tiempo. Mucho antes de las bibliotecas de Alejandría, de las grandes colecciones medievales, de las universidades europeas y de las bibliotecas modernas, en la ciudad de Nínive, capital del poderoso Imperio neoasirio, un monarca decidió reunir una cantidad excepcional de textos escritos sobre tablillas de arcilla. Ashurbanipal, que reinó aproximadamente entre 668 y 627 a. C., no fue únicamente un soberano preocupado por la expansión militar de su reino, sino también un gobernante extraordinariamente interesado por la escritura, la literatura, la religión, la astronomía, la medicina, los presagios y la tradición intelectual de Mesopotamia. La colección que impulsó en Nínive terminaría convirtiéndose en uno de los testimonios más importantes que poseemos sobre la cultura del antiguo Próximo Oriente. (The Metropolitan Museum of Art)
La palabra «biblioteca», aplicada a la colección de Ashurbanipal, puede llevarnos inicialmente a imaginar un edificio parecido a una biblioteca moderna, con largas estanterías, libros ordenados y lectores desplazándose silenciosamente entre ellos. La realidad era muy diferente, aunque precisamente por ello resulta todavía más fascinante. Los textos estaban escritos principalmente en tablillas de arcilla mediante escritura cuneiforme, un sistema en el que los signos se imprimían sobre la superficie húmeda utilizando un instrumento, normalmente un cálamo de caña. La arcilla podía conservar durante miles de años aquello que hubiera sido escrito sobre ella y, cuando las tablillas eran sometidas accidentalmente al fuego, como ocurrió durante la destrucción de Nínive, podían quedar incluso más endurecidas y resistentes. La biblioteca que conocemos actualmente no constituye, por tanto, una colección intacta que haya sobrevivido de manera continua desde el siglo VII a. C., sino el conjunto de tablillas y fragmentos recuperados en las ruinas de la antigua capital asiria, muchos de ellos conservados hoy en instituciones como el British Museum. (Museo Británico)
Las Grandes Ferias del Libro
Por esa razón, elaborar una clasificación estricta resulta complicado, ya que la Feria del Libro de Fráncfort, la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, la Feria Internacional del Libro de Buenos Aires, la London Book Fair, la Feria del Libro Infantil de Bolonia, la Feria del Libro de París, la Feria Internacional del Libro de Turín o la Feria Internacional del Libro de Pekín cumplen funciones diferentes y responden a públicos distintos. Algunas son verdaderos centros de operaciones de la industria editorial, otras son grandes fiestas populares de la literatura y otras se han especializado en ámbitos concretos, como la literatura infantil y juvenil. Juntas forman una especie de atlas internacional del mundo del libro, un recorrido que permite comprender que la literatura no se mueve únicamente de escritor a lector, sino que atraviesa fronteras, idiomas, mercados y culturas antes de llegar finalmente a las manos de quien abre un volumen y comienza a leer.
El Frasco de Vidrio Negro
En el verano de 1874 ejercía la medicina en un pequeño pueblo de la costa oriental de Escocia y me consideraba, como tantos hombres de ciencia de aquella época, un firme defensor de la razón y del progreso científico. Mis estudios habían despertado en mí una confianza casi ilimitada en las posibilidades de las ciencias naturales, hasta el punto de que despreciaba cordialmente cualquier forma de superstición y acostumbraba a afirmar que ningún misterio podía sobrevivir durante demasiado tiempo bajo la luz de un buen microscopio. Aquella seguridad comenzó a resquebrajarse el día en que recibí la visita del profesor Alastair Mercer, un químico experimental que había disfrutado de cierto prestigio en la Universidad de Edimburgo y cuya reputación se había ido deteriorando durante los últimos años a causa de unas investigaciones que muchos de sus antiguos colegas consideraban extravagantes y algunos, directamente, insensatas. Se decía que Mercer había abandonado la enseñanza después de afirmar, durante una conferencia privada, que existían propiedades de la materia inaccesibles para cualquier instrumento de laboratorio, afirmación que sus amigos atribuían al agotamiento intelectual y que sus detractores preferían interpretar como una señal inequívoca de locura.
Cuando un Texto Deja de Leerse y Empieza a Escucharse
Existe una diferencia mucho más profunda entre leer un texto y escucharlo de lo que podría parecer a primera vista. Aparentemente, en ambos casos nos encontramos ante las mismas palabras, las mismas frases, la misma historia y, en principio, el mismo significado, pero esa identidad textual es en buena medida una ilusión, porque el lenguaje escrito y el lenguaje pronunciado no llegan al lector y al oyente de la misma manera ni exigen de ellos la misma disposición mental. Cuando leemos, somos nosotros quienes construimos interiormente la voz del texto, quienes decidimos el ritmo, las pausas, las inflexiones y hasta cierto punto la temperatura emocional de aquello que tenemos delante; cuando escuchamos, en cambio, alguien ha tomado muchas de esas decisiones por nosotros y ha convertido las palabras en una sucesión temporal que no podemos detener del mismo modo que detenemos la mirada sobre una página. La transformación no consiste, por tanto, únicamente en pasar de la tinta al sonido, sino en modificar la propia naturaleza de la experiencia narrativa. Un relato leído pertenece parcialmente al espacio de la contemplación; un relato escuchado pertenece al espacio del tiempo, de la respiración y de la presencia de una voz que acompaña al oyente mientras las palabras desaparecen inmediatamente después de ser pronunciadas.
Cómo Elegir un Relato Para Narrarlo
La metodología para realizar esta elección, más que un simple manual de instrucciones procedimentales, se revela como un ejercicio de profunda introspección y exigente análisis literario. Una revisión exhaustiva de este proceso preparatorio demuestra que el éxito de un cuentacuentos o narrador no comienza sobre el escenario frente al público, sino en el silencio absoluto de la lectura privada, en ese preciso instante en el que una narrativa específica logra encender una chispa emocional que exige, casi por instinto biológico, ser compartida en voz alta.
Las Mejores Colecciones de Literatura que Llegaron a los Quioscos
La importancia de aquellas colecciones no reside únicamente en el número de ejemplares vendidos, sino en la forma en que contribuyeron a crear bibliotecas domésticas allí donde quizá antes apenas había libros. Durante décadas, muchas familias fueron construyendo sus estanterías mediante adquisiciones periódicas, siguiendo una colección que ofrecía un título nuevo cada semana o cada cierto tiempo. El lector no necesitaba decidir desde cero qué libro comprar, porque la propia colección actuaba como guía y establecía un recorrido posible por la literatura. La numeración, el diseño común de las cubiertas y la sucesión de los volúmenes generaban además una sensación de continuidad que convertía la lectura en una actividad parcialmente coleccionista. El resultado era una curiosa mezcla de cultura, entretenimiento y hábito doméstico: comprar libros podía convertirse en una costumbre tan normal como comprar el periódico del domingo.