Robert Aickman ocupa un lugar singular dentro de la literatura fantástica y de terror del siglo XX. Su obra se encuentra en ese territorio fronterizo en el que lo sobrenatural nunca termina de revelarse por completo y donde la incertidumbre resulta mucho más perturbadora que cualquier aparición explícita. Aickman prefería hablar de "strange stories", “historias extrañas”, una denominación especialmente adecuada para unos relatos que no pretenden ofrecer al lector las certezas habituales del género, sino introducirlo lentamente en una realidad que parece idéntica a la nuestra y que, sin embargo, funciona de acuerdo con unas reglas desconocidas. En sus historias, el miedo no suele proceder de la aparición repentina de un monstruo ni de una amenaza claramente identificable, sino de la progresiva percepción de que algo se ha desplazado ligeramente de su lugar. Lo cotidiano se vuelve extraño, las relaciones humanas adquieren una lógica inquietante y los espacios que deberían proporcionar seguridad comienzan a comportarse como si escondieran una naturaleza diferente. “El asilo” constituye un magnífico ejemplo de esta concepción del terror, porque Aickman parte de una premisa aparentemente sencilla —la llegada de un viajero a un establecimiento destinado a proporcionar alojamiento y descanso— para construir una experiencia cada vez más opresiva en la que el lector termina compartiendo la misma incertidumbre que el protagonista. El relato no necesita levantar la voz para resultar inquietante; al contrario, su eficacia nace de la manera pausada y casi imperceptible con la que transforma la normalidad en una pesadilla.
Uno de los elementos más interesantes del relato es precisamente el significado del lugar que le da título. Un asilo debería ser, por definición, un espacio de acogida, un refugio para quien necesita protección, descanso o asistencia. La palabra contiene una promesa de seguridad y hospitalidad, y Aickman utiliza esa promesa para construir una de sus habituales inversiones inquietantes: aquello que debería proteger al individuo se convierte progresivamente en aquello de lo que el individuo necesita escapar. El protagonista llega al asilo con unas expectativas perfectamente razonables. Espera encontrar un lugar donde poder descansar, pero muy pronto empieza a percibir una serie de detalles que no consigue integrar dentro de una explicación satisfactoria. Nada tiene necesariamente una apariencia monstruosa; no existe una transformación espectacular del escenario ni una manifestación sobrenatural que permita identificar inmediatamente la naturaleza del peligro. Lo verdaderamente inquietante es que el lugar parece poseer una normalidad propia, una normalidad que no coincide exactamente con la del mundo exterior. Las personas que habitan el asilo parecen aceptar determinadas circunstancias que para el protagonista resultan extrañas, y esa diferencia de percepción introduce una sensación creciente de aislamiento. El edificio deja así de ser un simple escenario para convertirse en una especie de sistema cerrado, un espacio gobernado por unas normas que parecen perfectamente conocidas por quienes ya están dentro, pero que permanecen ocultas para quien acaba de llegar. La angustia surge entonces de una pregunta muy sencilla y, al mismo tiempo, profundamente perturbadora: ¿qué ocurre cuando uno se encuentra en un lugar cuyas reglas desconoce y depende precisamente de las personas que conocen esas reglas?

