
Hablar de robots y androides supone hablar, en realidad, de una de las fantasías más persistentes de la humanidad: la posibilidad de construir una criatura artificial capaz de imitar nuestras capacidades, obedecer nuestras órdenes, compartir nuestro espacio e incluso, en los relatos más ambiciosos, desarrollar una forma propia de inteligencia. Mucho antes de que existieran los motores eléctricos, los microprocesadores, los sensores de profundidad o los modelos de inteligencia artificial, la literatura ya había imaginado seres mecánicos que caminaban, hablaban, obedecían, se rebelaban, amaban, sufrían o se preguntaban por el significado de su propia existencia, y quizá por eso resulta tan fascinante observar el momento actual de la robótica, porque por primera vez aquellas imágenes que durante siglos pertenecieron al territorio de la fantasía empiezan a encontrar una correspondencia tangible en laboratorios, fábricas, hospitales y centros de investigación. La diferencia fundamental es que los robots contemporáneos todavía están muy lejos de poseer la conciencia, autonomía general y comprensión del mundo que les concedieron escritores como Isaac Asimov o Philip K. Dick, pero han alcanzado capacidades físicas y cognitivas que hace apenas unas décadas habrían parecido igualmente improbables, y el verdadero acontecimiento de nuestro tiempo no consiste tanto en que una máquina pueda caminar sobre dos piernas o conversar con una persona, sino en que diferentes tecnologías que durante mucho tiempo avanzaron por separado —visión artificial, aprendizaje automático, modelos multimodales, motores eléctricos, sensores, actuadores, baterías, control dinámico y manipulación robótica— están comenzando a integrarse en sistemas capaces de percibir un entorno, interpretar instrucciones, desplazarse por él y ejecutar acciones físicas.
La palabra «robot» tiene además un origen profundamente literario, lo que convierte esta historia en una especie de círculo perfecto en el que la imaginación precedió a la ingeniería y ahora la ingeniería empieza a devolverle a la imaginación algunas de sus antiguas criaturas. El término apareció en R.U.R. (Rossum's Universal Robots), la obra teatral publicada por Karel Čapek en 1920, donde los robots no son exactamente máquinas metálicas en el sentido moderno, sino trabajadores artificiales creados para realizar las tareas que los seres humanos consideran desagradables, y precisamente ahí aparece una de las primeras grandes preguntas que acompañarán a toda la literatura robótica posterior: si construimos seres capaces de trabajar, obedecer y pensar, ¿qué diferencia queda entre una herramienta y una persona? Čapek convirtió esa pregunta en una parábola sobre la explotación, la industrialización y la condición humana, y aunque las máquinas de su obra pertenecen a una concepción tecnológica muy distinta de la actual, el dilema continúa siendo sorprendentemente moderno. La palabra «robot» nació, por tanto, vinculada a la idea del trabajo, y resulta especialmente significativo que un siglo después la discusión sobre robots humanoides vuelva a girar precisamente alrededor del trabajo, de la automatización, de las fábricas, de los almacenes, de la asistencia y de la posibilidad de sustituir determinadas tareas humanas.