jueves, 29 de marzo de 2018

La Nariz

Este cuento trata de un hombre que se levanta un día y advierte que ha perdido su nariz. Más tarde se la encuentra por la calle y descubre que ésta ha desarrollado su propia vida social y que incluso ha alcanzado un estatus más alto que el suyo.

"La Nariz" es un relato breve, un cuento que nos narra la historia de un funcionario de medio pelo de la administración rusa que un día despierta y nota que su nariz se ha salido de su cara, que simplemente no se encuentra ahí donde naturalmente debería estar, habiendo en su reemplazo nada más que la lisa piel, “como si se tratase de un panqueque” nos dice el mismo narrador. Esto es extraño, pero es el juego que nos propone el autor para inmiscuirse en la intimidad cotidiana del protagonista, evitando además las fuertes censuras del régimen de la época y logrando caricaturizar, al mismo tiempo, a la sociedad peterburguesa. El protagonista se extraña y desespera, debe cumplir con las formas que su cargo le obliga y claramente la falta de nariz produce un menoscabo en su apariencia de funcionario reputado. Considérese la valoración extremada que se poseía del aparato burocrático y, por ende, de la carrera de funcionario público, de las formas y maneras, además de comportamientos sociales que exigía. Pues bien, la narración no se queda sólo en aquel extraño hecho. Prontamente nuestro protagonista -el asesor colegiado Kovaliov- emprende la búsqueda de su nariz, enterándose que esta ha adquirido una vida social propia, ha asumido un cargo en la administración pública como funcionario, un funcionario incluso de mayor rango que él mismo. Kovaliov le sigue el paso, se exaspera, no sabe cómo afrontarlo debido a su menor rango social –todo un contrasentido considerando que se trata de su propia nariz- y finalmente pareciera ya haber abandonado toda posibilidad de una vida normal para cuando un policía llega un día cualquiera y le retorna su nariz. Días después esta aparece adherida nuevamente en su rostro, y Kovaliov vuelve a su vida ordinaria de funcionario, como si aquella vida en San Petersburgo fuese todo lo que siempre hubiese deseado.

En este cuento el absurdo y el sinsentido son el principio y el final, punto de partida y resultado. El mayor Kovaliov pierde su nariz. Ese mismo día por la mañana, un barbero se encuentra entre el pan del desayuno una nariz y la reconoce como la de uno de sus clientes, que es precisamente, el Mayor Kovaliov. Asustado, sospecha y teme haber sido él mismo quien se la cortó, en estado de embriaguez. La arroja por lo tanto bajo el puente del Río Neva. El Mayor Kovaliov, sin su propia nariz, sale  a la calle y advierte que éstase pasea en una carroza por la ciudad con unifome de gran funcionario. A pesar de sus vanos intentos, la nariz no responde a las peticiones de volver  a su lugar físico de origen, proclamando su autonomía. Finalmente, a la mañana siguiente el Mayor se despierta con la nariz en su sitio y todo retorna a la normalidad.

Gogol traduce en una esfera satírico/ cómica una situación trágica: la de un gran funcionario , que por un día, teme por su carrera y sus matrimonio a causa de la fuga de su propia nariz. Como señala Galarza Ballester:  “El entorno en el que se mueven los personajes es real, no obstante, en este relato abunda el absurdo… El disparatado absurdo resulta ser el aspecto unificador del mundo exterior. Por tanto “lo grotesco no es en Gogol una simple violación de la norma, sino la negación de todas las normas abstractas, inmóviles, con pretensiones a lo absoluto y lo eterno”. Este cuento es un desacato al Statu Quo, y, además por la genial trama desopilante.

Los relatos comúnmente denominados “de San Petersburgo”, momento en que Gógol hace este giro ya mencionado y comienza a reflexionar sobre la vida del hombre común y corriente, no ya de las grandes batallas bélicas o hazañas heroicas como era el común denominador literario hasta entonces, el hombre inserto en esta gran ciudad rusa. Hay un antes y un después en la literatura desde que nacen este conjunto de relatos, hay una fantasía en Gógol, un humor,todo ello que conduce a un realismo severo en cuanto al fondo. Sí, porque por muy nariz desprendida sobre la que hablemos, desde acá el hombre se ha convertido en objeto material de análisis, inspiración, estudio. Borrón y cuenta nueva, hay muy pocos sobre los que se pueda decir que han redefinido todo el arte: Gógol es uno de ellos. Borrón y cuenta nueva. Una explosión en la que el arte dejó de mirarse el ombligo y, en cambio, permitió que la vida misma se colara de lleno entre sus líneas.






Nikolai Gogol

Nikolái Vasílievich Gógol; Soróchintsy, Gubernia de Poltava, Imperio ruso, (20 de marzojul./ 1 de abril de 1809greg.-Moscú, 21 de febrerojul./ 4 de marzo de 1852greg.) fue un escritor ruso de origen ucraniano. Cultivó varios géneros, pero fue notablemente conocido como dramaturgo, novelista y escritor de cuentos cortos. Su obra más conocida es, probablemente, Almas muertas, considerada por muchos como la primera novela rusa moderna.

Gógol nació en Soróchintsy, en la gubernia de Poltava, actualmente Ucrania, en el seno de una familia de la baja nobleza rutena. Algunos de sus antepasados se identificaban como parte de la nobleza polaca (Szlachta), debido a la influencia cultural polaca de las clases altas rutenas. Su propio abuelo, Afanasi Gógol, escribió en documentos censales que sus «antepasados, de apellido Gógol, pertenecen a la nación polaca». Sin embargo, su bisabuelo Jan Gógol, tras haber estudiado en la Academia de Kiev-Mohyla (o Kyiv-Mohyla, en ucraniano), institución de fuertes raíces ucranianas y ortodoxas, se trasladó a la parte oriental de Ucrania, más vinculada culturalmente a Moscovia, y se estableció en la región de Poltava, dando lugar a la línea familiar de los Gógol-Yanovski. El propio Gógol consideraba la segunda parte de su apellido «un añadido polaco artificial», usando sólo la primera parte, Gógol. Su padre murió cuando el joven Nikolái tenía 15 años de edad. Las profundas creencias religiosas de la madre sin duda debieron influir en la visión del mundo de Gógol, muy condicionada también por su entorno familiar de baja nobleza en un medio rural. Se trasladó a San Petersburgo en 1828 y allí trabajó en un modestísimo empleo de burócrata de la administración zarista. En 1831, conoció a Aleksandr Pushkin, que le ayudó en su carrera como escritor y se hizo amigo suyo. Más adelante, impartió clases de historia medieval en la Universidad de San Petersburgo de 1834 a 1835. Escribió diversos relatos breves cuya acción transcurre en San Petersburgo, como La avenida Nevski, el Diario de un loco, El capote y La nariz. Este último sería adaptado como ópera por Dmitri Shostakóvich. Sin embargo, sería su comedia El inspector, publicada en 1836, la que lo convertiría en un escritor conocido. El tono satírico de la obra, que comparte con otros de sus escritos, generó una cierta controversia, y Gógol emigró a Roma.

lunes, 26 de marzo de 2018

Una Voz en la Noche

"Una Voz en la Noche" (The Voice in the Night) es un relato de terror del escritor inglés William Hope Hodgson (1877-1918), publicado en la edición de noviembre de 1907 de la revista Blue Book Magazine. Posteriormente sería editado en la antología de 1914: Hombres de aguas profundas (Men of the Deep Waters).

La ficción del prolífico Hodgson, a veces brillante, tiene la virtud de comunicarnos una sensación de misterio y terror que se sostiene página tras página, y no es difícil imaginar que estamos apoyados en el pretil de popa, con el viento agitándonos el cabello y las olas rompiendo sobre el casco del buque, observando con ojos asombrados esa enorme región de algas, salpicada de extraños seres monstruosos, que se extiende a nuestro alrededor. 

Posiblemente sea William Hope Hodgson (15 de noviembre de 1877 - 19 de abril 1918) el escritor que mejor haya sabido aunar en sus cuentos el ambiente marino y la atmósfera sobrenatural. La mayoría de sus relatos cortos se desarrollan en el mar, un mar casi siempre extraño, hosco y desconocido, lleno de presencias fantasmales o monstruosas, y de hombres empequeñecidos por lo que se desarrolla a su alrededor, por las fuerzas desatadas de la naturaleza o por los poderes incomprensibles de lo antinatural. Es este probablemente uno de los mejores cuentos de terror de W.H. Hodgson, relata un extraño episodio marítimo: un pequeño bote, oculto en la oscuridad de la noche, se aproxima a una goleta en el Pacífico Norte. A una distancia que solo les permite observar una silueta incierta, irreconocible, grotesca, la tripulación de la goleta es testigo de una voz inhumana que emerge del bote para narrar una historia perturbadora. A pesar que la tripulación quiere ayudarlo el misterioso náufrago no quiere dejarse ver y se mantiene oculto entre la espesa niebla, pues dice ser presa de una maldición. 

"Una voz en la noche" es un cuento marino de más que notable calidad considerado como uno de los mejores relatos sobrenaturales de todos los tiempos.

La ficción del prolífico Hodgson, a veces brillante, tiene la virtud de comunicarnos una sensación de misterio y terror que se sostiene página tras página, y no es difícil imaginar que estamos apoyados en el pretil de popa, con el viento agitándonos el cabello y las olas rompiendo sobre el casco del buque, observando con ojos asombrados esa enorme región de algas, salpicada de extraños seres monstruosos, que se extiende a nuestro alrededor.

Podemos pensar que la extraña criatura de "La voz en la noche", especie de fungosidad semi-humana, tiene su antecedente en Los botes del Glen Carrig (The Boats of the Glen Carrig), también de W.H. Hodgson, donde se anticipan las deidades tentaculares y oceánicas de H.P. Lovecraft, como Cthulhu y Dagón.






domingo, 25 de marzo de 2018

William Hope Hodgson

William Hope Hodgson (15 de noviembre de 1877-17 o 19 de abril de 1918) fue un autor de ficción inglés, cuyas obras influyeron a H. P. Lovecraft. Produjo un número cuantioso de obras que consistieron en ensayos, cuentos y novelas, los cuales abarcaron diversos géneros: horror, literatura fantástica y ciencia ficción. Hodgson aprovechó su experiencia previa en mar abierto para brindarle mayor detalle a sus relatos, muchos de los cuales ocurren en el océano. A este grupo pertenecen sus cuentos que se han nombrado «Historias del Mar de los Sargazos»( «Sargasso Sea Stories»). Sus novelas, tales como El reino de la noche y La casa en el confín de la tierra abordan temas de horror cósmico o cosmicismo. Otras de sus novelas, como Los botes del Glenn Carrig y Los piratas fantasmas, se sustentan en horrores asociados con los misterios oceánicos. En una etapa temprana de su carrera como escritor se dedicó a la poesía; sin embargo, solo unos pocos de sus poemas fueron publicados durante su vida. También gozó un poco de fama como fotógrafo, principalmente de escenas en mar abierto, así como un mayor reconocimiento por su dedicación al culturismo. Murió combatiendo en la Primera Guerra Mundial, a la edad de 40 años.

Hodgson nació en Essex, fue hijo de Samuel Hodgson, un sacerdote anglicano, y su esposa Lissie Sarah Brown. Fue el segundo de doce hermanos, tres de los cuales murieron durante la infancia. La muerte infantil es un tema recurrente en algunas de las obras de Hodgson, incluyendo los relatos «The Valley of Lost Children», «The Sea-Horses», and «The Searcher of the End House».

El padre de Hodgson era continuamente transferido de una parroquia a otra; prestó servicio en 11 parroquias distintas en 21 años, incluyendo una en County Galway, Irlanda. Este lugar sirvió posteriormente como escenario para la novela de Hodgson La casa en el confín de la tierra.

A los trece años Hodgson abandonó el internado al que lo había enviado su familia, con la meta de enrolarse y hacerse marinero. Aunque fue descubierto y enviado de vuelta con su familia, finalmente recibió el permiso de su padre para convertirse en grumete. De este modo, en 1891 pudo comenzar un proceso de aprendizaje sobre la vida en el mar que duró cuatro años. Su padre murió poco tiempo después de la partida de Hodgson a causa de cáncer en la garganta, lo cual dejó a la familia en una situación de pobreza. Mientras William se encontraba fuera, la familia subsistió principalmente gracias a la caridad. En 1895 cuando terminó su periodo como aprendiz, Hodgson continuó con un periodo de dos años de estudios necesarios para certificarse como marinero en Liverpool. Tras aprobar los exámenes correspondientes y recibir su certificado como oficial naval, comenzó una carrera de varios años como marinero.

sábado, 24 de marzo de 2018

El Diablo y el Relojero

Esta vez continuamos con otro relato fantástico del afamadísimo autor del libro "Robinson Crusoe" en el que el demonio se convierte en un inesperado e implacable juez, zafándose de cualquier lógica y consideración cristianas. Daniel Defoe disfrutaba escribiendo sobre temas sobrenaturales. Se advierte en la minuciosidad desplegada a la hora de componer las reacciones de los protagonistas ante su experiencia con el "otro mundo", con almas en pena que no dudan en defender la hacienda de algún allegado o interesarse en los asuntos legales de una herencia. 

"El diablo y el relojero" (The devil and the watchmaker) es un relato fantástico del escritor inglés Daniel Defoe, escrito en 1727.

Esta historia -un verdadero clásico de la literatura fantástica- funciona como una especie de crónica, en donde se nos relata una leyenda con aires de autenticidad; algo que no está enteramente separado de la ficción, y cuyos límites tampoco son demasiado claros, al menos en lo que respecta a las intenciones de Daniel Defoe. Narra la historia de un artesano fabricante de engranajes para relojes que alquila una buhardilla en el edificio de una honesta viuda. Poco o nada sabemos de él, no sabemos si es bueno en su trabajo, no conocemos su aspecto físico, ni tan siquiera conocemos si es buena o mala persona.

Una pareja acude a la casa a visitarlo por motivos relacionados con su profesión, tampoco conocemos exactamente cuáles son esos motivos (quizá realizar un encargo, saldar una deuda...). Cuando se disponen a subir las escaleras que los llevan al ático, se encuentran con que la puerta de la habitación está abierta y ven al relojero colgado, ahorcado, de una viga. Se disponían a socorrerlo cuando, de la parte más tenebrosa de la éstancia surgió un hombre misterioso con un escabel en una mano y un cuchillo en la otra. Iba a encargarse de recuperar el cuerpo del relojero. Ante un gesto del personaje misterioso, el hombre y la mujer esperan y observan desde las escaleras cómo éste intenta cortar la cuerda y bajar el cuerpo. Pero no es más que una pantomima. El hombre extraño les hace señas para darles a entender que se las arregla el solo pero, sin embargo, no pone especial empeño en la tarea.

Hartos de la inoperancia del hombre misterioso, la pareja sube a echar una mano. Primero el hombre, que cae desmayado al entrar en la habitación y observar que no queda rastro del personaje del escabel y el cuchillo. Tiene que ser la valiente mujer la que finalmente rescate el cuerpo del relojero.

Pero ¿de dónde había salido ese ser misterioso? Era el demonio, que había tentado y convencido al artesano para que perpetrase su propio crimen y que se encargó de retrasar la actuación de la pareja para darle más tiempo a la muerte.

En este cuento, Satanás toma la forma de un hombre misterioso -no conocemos su aspecto físico, se mueve entre las tinieblas- pero lo más llamativo es que no habla, solamente gesticula.

Resultan curiosos los dos últimos párrafos de la lectura. En el penúltimo, el narrador surge para convencernos de la veracidad de los hechos narrados y nos explica la participación del diablo, dando solución al enigama.

En el último párrafo, sin embargo, deja abierta una incógnita: no sabemos si el relojero murió o si fue descolgado a tiempo de salvarle su vida, pero eso carece de la menor importancia, en este relato Defoe se propone advertirnos de los peligros de atender a las tentaciones, y lo consigue. Parece un boceto de una historia a medio desarrollar por lo breve, por lo que la tensión no llega a cuajar.





jueves, 22 de marzo de 2018

Desde el Pescante del Cochero

"El cochero tiene su punto de vista. Quizá sea más unilateral que cualquier otro profesional. Desde el alto y oscilante asiento de su cabriolé, con el pescante en la zaga, considera a sus prójimos unas partículas nómadas que carecen de importancia, a menos que las posean deseos migratorios. Él es Jerry y el lector una mercancía de tránsito. Uno podrá ser un presidente o un vagabundo: para el cochero sólo es un Viaje. Lo carga, hace restallar su látigo, le sacude a uno las vértebras y lo vuelve a depositar en el suelo."

Este breve relato nos muestra una óptica distinta a un tradicional paseo en cabriolé por Nueva York. Poniendo un simbolismo moderado al hecho de pasearnos en una caja cerrada, a gusto y disposición del conductor y el caballo, O'Henry presenta una historia que no se devela en su significado sino hasta la última línea.

Con O'Henry está claro que nada está escrito por decoración, o simple adorno. Las palabras son elegidas e igualmente las situaciones en las que se busca inducir, para luego disuadir al voluntarioso lector.

O. Henry observaba la vida con benevolencia y humor, desde una posición discreta y privilegiada: «desde el pescante del cochero». Nadie repara en el cochero, pero el cochero recorre las calles por encima de los transeúntes: lo ve todo. Y para O. Henry, la vida es gente caminando por una calle concurrida. La mirada del cochero se detiene en algún transeúnte: no porque sea más alto, más guapa y feo o de aspecto más petulante o poderoso. De cualquier persona se puede sacar un cuento. Si la persona es verdaderamente excepcional, puede dar asunto para una novela, pero O. Henry no lo intentó. Su terreno, que dominaba a las mil maravillas, es la narración breve, la «short story», el relato de pocas páginas y acción condensada, que exige un cuidado extremo en la elección de palabras y de momentos significativos y al que añadió un elemento imprescindible: el final sorprendente. Los mejores cuentos de O. Henry conducen a finales desolados, ingeniosos, humorísticos o poéticos, como el emocionante «El regalo de los Reyes Magos». En «La última hoja» el final es trágico; alguien muere, pero la vida sigue y se ha dado una vida por otra al tiempo que la vida que se pierde se gana, -porque se consuma realizando una portentosa obra de arte: consiguiendo, ni más ni menos, que el arte parezca naturaleza, que la hoja pintada resulte real-. Como humorista era desenfadado y genial: no hay un solo cuento en todas las literaturas que explique tan bien el «tiro por la culata» como «El rescate del Jefe Rojo». Sus cuentos fueron inagotablemente adaptados al cine en películas de «sketches» de la Fox, interpretadas por las grandes estrellas de los años cuarenta y cincuenta más Charles Laughton, dirigidas por Henry King, Henry Koster y Henry Hathaway (no sé si por casualidad o por homenaje a O. Henry; y entre las estrellas, naturalmente, figuraban Henry Fonda y Henry Hull).





lunes, 19 de marzo de 2018

La Leyenda de Sleepy Hollow

"La leyenda de Sleepy Hollow" o "La leyenda del jinete sin cabeza" es un relato corto de terror y romanticismo, escrito por Washington Irving en 1820, en su colección de ensayos e historias cortas The Sketch Book of Geoffrey Crayon. Es un relato largo de terror, y una de las obras maestras del autor norteamericano Washington Irving. Está inspirado en parte por la afición de Irving por el folclore y la mitología.

La historia se sitúa en 1784, en los alrededores del asentamiento neerlandés de Tarry Town (Tarrytown, Nueva York), en un apartado valle llamado Sleepy Hollow conocido por sus historias de fantasmas y el ambiente embrujado que impregna la imaginación de sus habitantes y visitantes. El espectro más infame del lugar es el Jinete sin Cabeza, de quien se dice que es el fantasma de un antiguo soldado hessiano al que alcanzó una bala de cañón en la cabeza durante "alguna batalla sin nombre" de la Guerra de Independencia de Estados Unidos y que "cabalga hacia la escena de la batalla en una nocturna búsqueda de su cabeza".

La leyenda narra el relato de Ichabod Crane, un profesor de escuela extremadamente supersticioso de Connecticut que se enamora de la joven de 18 años Katrina Van Tassel, hija única de Baltus Van Tassel, un adinerado granjero del pueblo, y de su fortuna, a la que también pretende el joven y rudo Abraham "Brom Bones" Van Brunt. Una plácida noche el ambicioso docente asiste a una fiesta en casa de los Van Tassel. Baila, disfruta del festín y escucha los fantasmagóricos relatos que narran Brom y el resto de los lugareños, aunque su único propósito es declararse a Katrina después de que los invitados se marchen. Ichabod Crane es el personaje principal de la historia, un joven maestro de escuela,  muy versado en todos los temas, pero tenía una debilidad,  ser  afecto a los relatos, cuentos y leyendas. Constantemente estaba leyendo este tipo de literatura y  meses atrás había realizado una copia de la historia de la brujería en Nueva Inglaterra, por lo que estas narraciones,  lo entretenían y siempre aparentaba que no le causaba ningún temor. Por las noches, la gente del pueblo,  se ocupaban de invitarlo a cenar, y posteriormente durante las pláticas de sobremesa, le gustaba  escuchar los cuentos de eventos sobrenaturales de la localidad, ya sea de fantasmas o duendes, casas o campos encantados, puentes y arroyos embrujados, pero había uno, que se le hacía difícil de creer y era el de El Jinete sin cabeza. Dicha leyenda, influyó sobre la imaginación de la gente de la localidad por mucho tiempo, pues este fantasma decapitado, era el rey de la región de esos valles, todo el que pasara por la zona, apuraba el paso para no encontrarse con él al caer la noche, muchos campesinos aseguraban haberlo visto cabalgar por los caminos más alejados y desaparecer en el cementerio que se encontraba junto a una desolada y vetusta Iglesia apartada del pueblo.

Los historiadores de la región, aquellos más dignos de aprecio, aseguraban que  el jinete decapitado, había sido un soldado que sirvió a la caballería del Duque Hesse, un alemán que alquilaba sus tropas a los ingleses. Su cabeza había sido arrancada de tajo por la bala de un cañón en combate y su cuerpo  recibió un responso y sepultura en el camposanto. Pero se levantaba de su tumba y vagaba como llevado por el viento en las noches más oscuras buscando su cabeza.

Tras una insatisfactoria declaración, Ichabod cabalga a casa a través de los espeluznantes bosques entre la granja de los Van Tassel y el asentamiento de Sleepy Hollow. Según va pasando por los supuestos lugares encantados, su activa imaginación se ve abrumada por las historias de espíritus narradas en la Fiesta de la Cosecha. En cierto momento el Jinete se le aparece. En una frenética carrera hacia el puente adyacente al cementerio de la antigua iglesia holandesa del valle, donde se decía que el antiguo Jinete "se desvanecería en un destello de llamas y azufre", Ichabod cabalgó por su vida, apremiando desesperadamente a su caballo hacia la parte baja del valle. Aun así, para horror del pedagogo, el macabro espíritu alcanzó el puente, encabritó a su caballo y arrojó su decapitada cabeza a la aterrorizada cara de Ichabod Crane.

A la noche siguiente, Ichabod había desaparecido misteriosamente del pueblo, permitiendo que Katrina se casase con Brom, de quien se comentaba que sabía demasiado sobre los acontecimientos cuando se narraba el relato de Ichabod en el pueblo. De hecho, los únicos elementos encontrados sobre la desaparición del profesor fueron su caballo, su sombrero y una misteriosa calabaza destrozada en ese mismo lugar.

Aunque la naturaleza del Jinete queda abierta a la libre interpretación, la historia insinúa que el jinete era en realidad Brom (un ágil y experimentado jinete) disfrazado.



domingo, 18 de marzo de 2018

Washington Irving

Washington Irving (Manhattan, Nueva York, 3 de abril de 1783 – Tarrytown, Wetschester, Estado de Nueva York, 28 de noviembre de 1859) fue un escritor estadounidense del Romanticismo.

Washington Irving fue el menor de once hermanos. Su padre era un rico comerciante escocés y su madre una inglesa nieta de clérigo. Ambos sentían gran admiración por el general George Washington (primer presidente de EE.UU.), por lo que en su honor bautizaron a su hijo con su nombre. Desde pequeño desarrolló una gran pasión por los libros (devoraba Robinson Crusoe y Las mil y una noches) y, aunque sus intereses iban más bien por el camino del periodismo y la literatura, emprendió y concluyó estudios de Derecho, aunque no ejerció sino durante poco tiempo. Trabajó en los bufetes de Henry Masterton (1798), Brockholst Livingston (1801) y John Ogde Hoffman (1802). Después, entre 1804 y 1806, viajó por Europa visitando Marsella, Ginebra, España, Sicilia (donde conoció al almirante Nelson) y Roma. Volvió a Nueva York en 1806 y fundó una empresa comercial con sus hermanos. Durante la guerra con Gran Bretaña de 1812, asistió militarmente al gobernador de Nueva York, Tompkins, en el ejército americano.

Entre los años 1802 y 1803 comenzó a escribir algunos artículos para el periódico de Nueva York Morning's Chronicles, editado por su hermano Peter; por ejemplo, las Cartas del caballero Jonathan Oldstyle. Entre 1807 y 1808, en Salmagundi, escrito en colaboración con su hermano William y James Kirke Paulding. En 1809 apareció una Historia de Nueva York contada por Dietrich Knickerbocker tan popular que desde entonces los descendientes neoyorquinos de antiguos emigrantes holandeses fueron conocidos por el nombre de su protagonista, Knickerbocker. Se trata de un relato humorístico y satírico que tuvo una gran acogida por parte del público y le tributó una enorme fama. Sin embargo, el reconocimiento que estaba obteniendo tanto en el ámbito social como en los círculos literarios se nubló con la muerte en ese mismo año de su joven prometida (tenía diecisiete años), Matilda Hoffmann; Irving quedó tan afectado que ya nunca más pensó en casarse y permaneció soltero toda su vida. De 1812 a 1814 fue redactor de la Analectic Magazine, en Filadelfia y Nueva York. Después marchó a Liverpool como socio de la empresa comercial que compartía con su hermano; allí trabó amistad con importantes hombres de letras como sir Walter Scott, Thomas Moore etc., pero la empresa familiar quebró en 1818 e Irving se consagró ya por completo a la literatura. Pero, después de la muerte de su madre, Irving decidió seguir en Europa, donde permanecerá diecisiete años entre 1815 y 1832. Habitó sucesivamente en Dresde (1822–1823), Londres (1824) y París (1825). En Inglaterra mantuvo una relación romántica con la escritora Mary Shelley, viuda del poeta Percy Bysshe Shelley.

sábado, 17 de marzo de 2018

En el Tren

En esta ocasión comentamos un relato corto de Leopoldo Alas Clarín titulado "En el tren", el cual vio la luz en el periódico "Los Lunes de El Imparcial", el 19 de Agosto de 1895. Este cuento ofrece una clara estructura teatral, formado al completo por un estilo dialogado. Además, es un relato de tesis, puesto que el autor tiene una intención; demostrar que la culpa de la situación del país son aquellos como el protagonista del cuento que se están lucrando de la situación. Esta reflexión se podría contrastar con la situación del militar de la época, la víctima, junto con sus familiares. Gracias al título nos adentramos en el entorno de la historia, desarrollada en el interior de un tren. Clarín se vale de este cuento para desarrollar una crítica indirecta de la guerra de Cuba, y todo lo que en ella ocurría. Es decir, este cuento se adentra en cierta medida en la visión política del autor.

El marqués de Numancia, que ahora es consejero y anteriormente fue ministro, representa la libertad, el pergamino, el poder, la oligarquía… También fue ministro de Ultramar, esa es una profesión que desapareció en 1898 cuando Filipinas, Cuba y Puerto Rico dejaron de ser colonias Españolas. Él tenía derechos o más bien privilegios.

En cuanto a la moda de lo inglés empezó por la aristocracia que practicaba deportes como el futbol. El marqués es un noble ya mayor pero que está al día de las modas y no se anda con "medioevales".

El protagonista de la historia no quería que nadie más viajase con él ya que seguía siendo un político importante, no quiere que entre ni una mosca. La dama que tiene que viajar con él porque no hay más asientos en el tren, quiere irse porque cualquier perro sería más fino que el marqués.

Hasta ese momento el autor emplea un estilo directo libre pero a partir de ahí comenzará a usar el estilo directo. Ambos pasajeros que se unen a su vagón defienden educadamente que tienen billete. Llaman al jefe de la estación, y en el texto se omite un tiempo ya que es como si apareciese de repente. El poder lo toma el militar y le dice que luego reclame a quien quiera. Cuando termina la protesta y el marqués se calma, incluso le ofrece un puro al otro hombre. Es ahí cuando muestra que tiene esa “campechanía” de la nobleza española con el pueblo.

Este texto tiene dos núcleos: el concepto del poder de la nobleza y una historia de amor.

En la primera parte del diálogo se muestran dos visiones distintas del patriotismo. Por una parte la del marqués con el lenguaje falso, el nacionalismo, las grandes palabras y mentiras que dicen y, por otra parte, la del teniente, mostrando la cara de los soldados que luchan, de los que lo viven en primera persona, que dejan la patria para irse a luchar. Los discursos de lo verdadero y lo falso.

Biarritz es el símbolo de la nobleza, de los casinos, las fiestas… donde iban los ricos a pasárselo bien pero que como ya les parecía poco se iban a Inglaterra.

El marqués, que se aburre, ya ha leído el periódico, se pone a hablar de política con el teniente. El autor omite que en esta parte el tren reduce su marcha, el teniente hace gestos de coger la maleta.

Clarín emplea mucho la ironía en este texto, como cuando el marqués dice que no tuvo tiempo de hacer algo cuando está en un trabajo de novato que no sabe hacer, aún así no hace nada y asciende.

A lo largo del primer párrafo obtenemos una clara presentación del personaje principal de este cuento, un hombre que, como él mismo reconoce, ha llegado a ser marqués no por méritos de honor, sino de negocios. La principal crítica se desarrolla tanto en el cuerpo del cuento como en la parte final. Mientras el marqués se acomoda en el tren, mostrándose disconforme debido a su emplazamiento, un hombre y una mujer aparecen con el objetivo de ocupar su mismo vagón. Es ésta la primera visión que Clarín nos aporta; la superioridad con la que el Duque habla acerca del hecho de compartir el vagón con cualquiera, a pesar de que posteriormente hable de manera mucho más cercana.

El diálogo más importante es probablemente el del Duque y el Teniente, en el que se intercambian dos puntos de vista muy diferentes; el Duque defiende la patria por encima de todo, sin embargo el teniente a pesar de valorar la patria, tiene un gran sentimiento de culpa al dejar a su familia sola. A lo largo del texto, se producen cambios de estilo directo a estilo indirecto con mucha frecuencia.

Para finalizar, Clarín nos deja una escena de coqueteo fallida que acaba con la confesión de la mujer acerca del motivo de sus llantos. Sus palabras conforman una dura crítica social, refiriéndose a los poderosos, que mandaban a la guerra a morir a los hombres sin importarles lo más mínimo quienes eran. Éste es el caso de la mujer que había perdido a su marido recientemente, uno de los héroes mencionados por el marqués, de los cuales ni siquiera su nombre conocía.





Leopoldo Alas Clarín

Leopoldo García-Alas y Ureña, apodado Clarín (Zamora, 25 de abril de 1852-Oviedo, 13 de junio de 1901) fue un escritor y jurista español. Catedrático primero en la Universidad de Zaragoza y más tarde en la de Oviedo, se desempeñó como crítico literario en la prensa periódica de la época, desde donde atacó con punzantes artículos a muchos literatos contemporáneos. Es conocido por su novela La Regenta.

Nació el 25 de abril de 1852 en Zamora, a donde se había trasladado su familia desde Oviedo al recibir su padre, Genaro García-Alas, el nombramiento como gobernador de la ciudad. Leopoldo fue el tercer hijo del matrimonio.

En la casa se hablaba continuamente de Asturias y su madre, Leocadia, con cierta nostalgia, contaba relatos de aquella tierra de sus antepasados (aunque ella tenía también hondas raíces leonesas). Este ambiente influyó en gran medida en el espíritu del niño Leopoldo, que desde siempre se sintió más asturiano que zamorano, aunque a lo largo de su vida conservó un cariño especial por las tierras que lo vieron nacer.

A los siete años entró a estudiar en el colegio de los jesuitas ubicado en la ciudad de León en el edificio de San Marcos (actual parador de turismo de España). Desde el principio supo adaptarse a las normas y a la disciplina del centro de tal manera que a los pocos meses era considerado como un alumno modelo. Sus compañeros lo conocían con el mote (sobrenombre) de «el Gobernador», por alusión a la profesión de su padre. Sus biógrafos aseguran que esta etapa estudiantil engendró en Leopoldo el sentimiento religioso y el principio de gran disciplina moral que fueron la base de su carácter. En este primer año escolar ganó una banda azul como premio y trofeo literario. La conservó toda su vida y se encontraba entre los objetos más queridos del museo familiar.

En el verano de 1859 toda la familia regresó a Asturias. Leopoldo descubrió con sus propios ojos la geografía asturiana de la que tanto había oído hablar a su madre. Durante los años siguientes Leopoldo se encuentra en libertad por las tierras de Guimarán, propiedad de su padre, donde aprenderá directamente de la Naturaleza y de los libros que encuentra en la vieja biblioteca familiar, donde entra en contacto por primera vez con dos autores que serán sus maestros: Cervantes y fray Luis de León.

jueves, 15 de marzo de 2018

Manuscrito Hallado en una Botella

“De mi país y de mi familia poco tengo que decir. Un trato injusto y el andar de los años me arrancaron del uno y me alejaron de la otra. Mi patrimonio me permitió recibir una educación esmerada, y la tendencia contemplativa de mi espíritu me facultó para ordenar metódicamente las nociones que mis tempranos estudios habían acumulado…”

"Manuscrito hallado en una botella" (MS. Found in a Bottle en inglés), también conocido como "Manuscrito encontrado en una botella", es un cuento de terror del escritor estadounidense Edgar Allan Poe publicado por primera vez en el periódico Baltimore Saturday Visiter el 19 de octubre de 1833. El autor recibió por él un premio literario dotado con 50 dólares.

Se trata de un relato muy propio de su autor, pero que no guarda una relación clara con sus otros grandes relatos oscuros. La historia en general entraña una simple, aunque poderosamente construida alegoría fantasmagórica, y como temas adyacentes la tristeza de la vejez, la incomunicación, el fatalismo como inherente a toda aventura vital.

Un joven desarraigado pero de esmerada educación se embarca en un buque de carga en la Isla de Java. El viaje es accidentado y en el transcurso de una tormenta toda la tripulación, salvo el joven y un viejo marino, es arrojada al mar. Más tarde el navío será embestido por otro extraño barco de mucho mayor tonelaje. El joven logra salvarse encaramándose a la cubierta del mismo y se encuentra con una tripulación tan extraña como el propio barco. Este avanza a toda vela, sin rumbo conocido, hasta que se precipita el fantástico desenlace. Tanto dicho desenlace como la historia al completo (empezando por el mágico título que cierra prospectivamente la trama y le aporta verosimilitud), pueden calificarse, en efecto, de fantásticos en el sentido que otorgaba a dicho término Julio Cortázar. 

Se trata de un relato muy propio de su autor, pero que no guarda una relación clara con sus otros grandes relatos oscuros. Si estos discurren en general por cauces morbosos, macabros o terroríficos ("El Gato Negro", "El barril de amontillado", "La caída de la casa Usher"...), el "Manuscrito", sin dejar de profesar el escalofrío, solo puede calificarse, al igual que el navío que le sirve de escenario y la avejentada tripulación protagonistas, de extraño, siendo al mismo tiempo, se insiste, exponente claro y ejemplar de la literatura fantástica, sin más.

No es fácil explicarse de qué forma un joven escritor, como lo era Poe a la sazón, fue capaz de elaborar un relato tan perfecto y acabado con tan solo veinticuatro años (se supone que era de los primeros relatos que escribía), pero tampoco está claro cómo pudo concebir una historia semejante en el lugar y época concretos en que vivía: la Nueva Inglaterra de comienzos del siglo XIX. Desde la perspectiva del presente, nadie podría discutir que este cuento, debido a la atmósfera onírica y alucinógena que domina en él, a la absurda y esquinada actitud de los personajes, al propio ambiente marino turbio y neblinoso, podría pasar perfectamente por surrealista, y de hecho como tal fue valorado por dicha corriente artística a principios del siglo XX.

"Manuscrito hallado en una botella" se cuenta, por tanto, dentro del grupo de narraciones de su autor que cabría denominar intemporales. Aquí pueden incluirse "El hombre de la multitud", "El corazón delator", "Silencio" y "El poder de las palabras". La lista podría alargarse, pero acerca de los citados, cabría preguntarse qué elemento interno de su estructura, que no sea accesorio, identifica a estos relatos concretos como de su época. Son todos ellos descaradamente modernos o, si se quiere, descaradamente precursores de lo moderno.

Con la novela La narración de Arthur Gordon Pym (1838) (y, en menor medida, con el relato "Un descenso al Maelström"), comparte los temas marineros tan certera y técnicamente retratados; también, en gran parte, la singular atmósfera dominante (los grandes hielos, la inmensa noche antártica, la insinuación del abismo, que tanto impresionarían a Lovecraft), y por último, especialmente, el final inesperado y, de nuevo, extraño, en aguas antárticas. La historia en general entraña una simple, aunque poderosamente construida alegoría fantasmagórica, y quizá sería mucho aventurarle como temas adyacentes la tristeza de la vejez, la incomunicación, el fatalismo como inherente a toda aventura vital.

“En la neurosis, como en otras desdichas, podemos ver un artificio del individuo para lograr un fin. La neurosis de Poe le habría servido para renovar el cuento fantástico, para multiplicar las formas literarias del horror. También cabría decir que Poe sacrificó la vida a la obra, el destino mortal al destino póstumo. […] Poe indisolublemente pertenece a la historia de las letras occidentales, que no se comprende sin él. También, y esto es más importante y más íntimo, pertenece a lo intemporal y a lo eterno, por algún verso y por muchas páginas incomparables.” (Jorge Luis Borges)

“Una antología de Poe que incluya todo lo mejor de su obra no irá mucho más allá de las 200 páginas: seis o siete cuentos, un par de poemas y una novela corta inacabada. Esa breve aportación, sin embargo, se ha revelado incombustible y fecunda. Deleita sin cesar a lectores sesudos y adolescentes, inspira a cineastas, músicos, dibujantes, diseñadores… por no hablar de los escritores que han venido después. Creo que fue Conan Doyle quien dijo que si cada autor que debe algo de su inspiración a Poe aportase un ladrillo a su monumento funerario, éste sería mayor que las pirámides de Egipto”. (Fernando Savater)





lunes, 12 de marzo de 2018

El Hombre que Ríe

En 1953 Salinger publicó nueve cuentos que cambiaron el mundo. "Usarás siempre la palabra más sencilla" fue su máxima. Y el libro se llamó Nueve cuentos. Escoger entre ellos es absurdo, arbitrario. Prefiero, porque sí, "El hombre que ríe". Es fácil encontrar los defectos de un mal cuento. Es imposible explicar un cuento perfecto como un árbol. Desafiando teorías, Salinger (Estados Unidos, 1919-2010) cuenta varias historias esenciales y simultáneas. La de un grupo de chicos que se estrellarán de pronto contra el fin de la infancia, la historia de amor del hombre que los lleva a jugar al béisbol en su bus destartalado, y la magnífica historia de un bandido deforme, que con la ayuda del lobo Ala Negra y el enano Omba devasta para siempre la frontera entre China y París.

El hombre que ríe de J.D. Salinger es una narrativa corta con una historia intercalada.  El narrador es un niño neoyorquino en la pre-adolescencia quien nos relata la historia del joven universitario John Gedsudski y su Club de comanches.  El club está integrado por un grupo de veinticinco niños (incluyendo al narrador) cuyos padres han contratado a Gedsudski para que los entretenga a diario organizándoles excursiones y actividades deportivas.  Los párvulos adoran a su "Jefe", quien los recoge todos los días en una carcacha de autobús aprovechando los momentos de viaje para relatarles las hazañas fantásticas de "El hombre que ríe" un bandido legendario que merodea un territorio ficticio en el que la campiña china hace frontera con el territorio francés.  Los chicos viven impresionados con el interminable relato y no se aguantan la paciencia en espera del momento en que Gedsudski les relatará el próximo capítulo.  Ha llegado a tal su apego que los comanches se creen descendientes del súper-héroe. Un día, la foto de una chica aparece en el tablero del autobús.  Se trata de Mary Hudson, la novia de John Gedsudski, quien entrará de manera inesperada a participar en las actividades de los comanches.  Mary Hudson cambiará sorpresivamente la experiencia de lo que hasta ahora ha sido un club de veinticinco hombrecitos y su líder carismático.  Mary no sólo los dejará asombrados con su inverosímil belleza, sino que además los sorprenderá con su habilidad de marcar carreras en la cancha de béisbol (a pesar de que en los juegos actuará de una manera obviamente tontorrona). Sin embargo, la relación entre Mary y John dará un giro que tendrá un profundo impacto en la vida del club de los comanches y esa experiencia se reflejará en lo que llegará a ser el último capítulo de El hombre que ríe.

Es obvio que este grupo de chicos tiene un contacto escaso con sus padres.  Todos los días, después de haber concluido la jornada escolar, Gedsudski los pasa recogiendo.  Lo mismo sucede los fines de semana y días feriados.  Efectivamente, cuando el chico narrador llega a su casa temblando del frío y traumado por el final inesperado de "El hombre que ríe" sus padres simple y sencillamente le ordenan que se vaya inmediatamente a dormir, en vez de acogerlo y alentarlo.

En la niñez todos contamos con la presencia de un ser fantástico: un dios, un súper-héroe, un hombre que ríe, un jefe de los comanches o una linda chica de Long Island llamada Mary Hudson.  Estos seres maravillosos nos inspiran y en cierta forma mágica nos hacen una constante compañía.  Lo trágico es que cuando nuestros seres fantásticos se esfuman y nuestros propios padres nos mandan al carajo, el mundo se nos viene por encima y es en ese preciso instante que se apodera de nosotros el espectro de una profunda y monstruosa soledad.   

"El hombre que ríe" son dos relatos en uno construidos de forma que uno de ellos, el que da título al cuento de Salinger, explique y complemente al principal, el que definiríamos como estrictamente salingeriano. Relato dentro de un relato, El hombre que ríe es una historia que uno de los personajes, El Jefe, cuenta al equipo de béisbol infantil, y está basado en los seriales radiofónicos estadounidenses famosos en la época en que está ambientado el relato. De ellos quizás La Sombra sea el más reconocido internacionalmente y es en el que El hombre que ríe parece inspirarse, sin olvidar otras influencias del folletín de misterio. Quizás Arsène Lupin.

Entretejido con esta historia subyace el relato típico de Salinger: Una situación extraída de su contexto que se inicia y termina sin mayores explicaciones, en esta ocasión para contarnos una ruptura sentimental. Pero la peculiaridad de este relato es que es a través del subtexto, El hombre que ríe, el lector debe deducir que ocurre realmente en el relato salingeriano.
La idea es estupenda pero tiene un pequeño fallo: La supuesta faceta complementaria que debe tener El hombre que ríe se convierte en un enfrentamiento narrativo en el que la historia clásica o popular, el folletín, se opone al nuevo concepto de relato que se origina en la primera mitad del siglo pasado.
¿Quién vence en el combate, El hombre que ríe o la historia del desengaño amoroso del Jefe? 
¿A través de los héroes ficticios sublimamos nuestros fracasos en la vida?
¿Sublima Salinger su narrativa a través del folletín?






domingo, 11 de marzo de 2018

J.D. Salinger

Jerome David Salinger (Nueva York, 1 de enero de 1919 – Cornish, Nuevo Hampshire, 27 de enero de 2010)​ fue un escritor estadounidense conocido principalmente por su novela El guardián entre el centeno (The Catcher in the Rye en inglés), que se convirtió en un clásico de la literatura moderna estadounidense casi desde el mismo momento de su publicación, en 1951. El autor falleció a los 91 años por causas naturales.

Jerome David Salinger era hijo de Solomon Salinger, director de J.S. Hoffman & Company, empresa que se dedicaba a la importación de carnes y quesos europeos.​ La familia de Solomon, de ascendencia judía, procedía de Sudargas, un shtetl situado en la frontera polaco-lituana, entonces perteneciente al Imperio ruso. El padre de Solomon, Simon F. Salinger, se casó poco después de su llegada a Estados Unidos, en 1881, con Fannie Copland, también de ascendencia lituana, en Wilkes-Barre, Pensilvania.​ La madre de Salinger, Marie Jillich, nació en Atlantic, Iowa, y era a su vez hija de George Lester Jillich, de ascendencia alemana. La madre de Marie, Nellie, era muy probablemente natural de Iowa a pesar de que Marie sostuvo posteriormente que era de origen irlandés. Su padre murió un año antes de su matrimonio, que tuvo lugar en 1910, y al morir también su madre en 1919, el mismo año del nacimiento de Salinger, Marie acabó convirtiéndose al judaísmo cambiando su nombre por Miriam.

Los Salinger tuvieron su primer hijo, una niña llamada Doris, en diciembre de 1912 y, poco después, debido al ascenso de Solomon en Hoffman se trasladaron a Nueva York. En 1919, cuando Salinger nació, su familia ya tenía una posición acomodada y, a pesar de la gran depresión de 1929, se trasladaron en 1932 a un lujoso apartamento de Park Avenue, en Manhattan.​ Su no muy brillante expediente académico hizo que sus padres lo internaran en 1934 en la Academia Militar Valley Forge, Pensilvania, donde se graduó en 1936.​ En otoño de ese mismo año se matriculó en la Universidad de Nueva York para estudiar arte y, tras un semestre sin demasiado provecho, su padre le ofreció viajar a Europa para aprender idiomas e iniciarse en el negocio de la importación. En unos momentos de extrema tensión en Europa pasó casi un año entre Austria y Polonia. En Viena vivió con una familia judía, que muy probablemente no sobrevivió al Holocausto, y con cuya hija, a la cual le dedicó en 1947 el relato A girl I knew, mantuvo el primer romance serio del que se tengan noticias. A su vuelta, después de una breve estancia en el Ursinus College de Pensilvania, se inscribió en un curso de escritura de la Universidad de Columbia impartido por Whit Burnett, editor de la revista literaria Story en cuyas páginas se dieron a conocer escritores como Tenesse Williams, Norman Mailer y Truman Capote. Burnett fue una influencia fundamental en los inicios de la carrera de Salinger y su relación continuó hasta mucho después de que este ya fuera un autor reconocido.

sábado, 10 de marzo de 2018

El Reloj

"El Reloj" es un cuento metafísico, psicológico; en éste todo es símbolo. Baroja dijo del conjunto de su obra que su valor es "psicológico y documental". Fue un gran conocedor de la geografía y de las gentes de España. Los paisajes forman parte de su obra fundiéndose con la psicología de los personajes: son un organismo dotado de energía que transmite melancolía, abandono, y que contribuye a esa sensación de inevitabilidad y resignación que recorre su obra. El cuento es un documental sobre el interior del autor; sobre la polaridad entre el gusto por la soledad y la necesidad de vivir con los demás.

Forma parte de Vidas Sombrías, el primer libro que publicó en 1900, en el que recoge su experiencia como médico rural. El mundo interior de Pío Baroja y de sus personajes siempre se expresa en el paisaje, y en este cuento el paisaje es metafísico. Ya en la cita inicial del Eclesiastés nos advierte que hablará sobre la desazón del corazón.

El reloj narra en forma simbólica la situación de un hombre hastiado del mundo y de sus congéneres que logra aislarse de todo y, con ello, cree haber hallado la felicidad. Pero pronto el silencio ambiental le aterra y pide a los mismos astros que se comuniquen con él. Escrito con una bellísima prosa, es como si Baroja nos hiciera tratar de comprender que el mundo es horrible pero peor es vivir al margen de él y del resto de los hombres. Aunque en los "dominios de la fantasía" hay "bellas comarcas", existe una región terrible "donde el silencio y la oscuridad proyectan sobre el alma rayos intensos de sombría desolación y de muerte". En Baroja el castillo y sus almenas representan el lugar del horror, y  ahí es donde va a parar el narrador. En el salón del castillo "un reloj de caja negra (…) en las noches llenas de silencio lanzaba su tictac metálico con la energía de una amenaza".  Ya están todos los símbolos que componen el escenario. Lo que parece una pesadilla alentada por las tristezas y el alcohol, es sin embargo el ansiado refugio del protagonista: "¡Ah! Soy feliz —me repetía a mí mismo—. Ya no oigo la odiosa voz humana, nunca, nunca." "La vida estaba dominada, había encontrado el reposo."

El narrador quiere esta soledad para pasar la vida rumiando "el amargo pasto" de sus ideas, "sin locas esperanzas, sin necias ilusiones, con el espíritu lleno de serenidades grises, como un paisaje de otoño."  El otoño, la estación melancólica. El paisaje y el castillo son completamente orgánicos y reflejan el estado anímico del narrador. Aspira al reposo en soledad, pues evidentemente en su comercio con las personas ha terminado profundamente desilusionado, decepcionado.

El ritmo vital de su soledad es marcado únicamente por el tictac metálico de un reloj; algo ajeno al paisaje, un producto industrial que marca las horas con energía propia. La única conexión con los demás, con sus congéneres, es este "reloj sombrío" que mide (inorgánico, indiferente a su suerte y estado anímico) las "horas tristes". Este reloj no es compañía, su tic-tac metálico no rompe su "silencio interior". Los demás, nos insinúa, han sido indiferentes a su suerte, a sus dolores y ocupaciones.

El protagonista se hermana en su  soledad con un sapo solitario (el otro ser vivo del relato), y le dice: "no tienes quien te responda más que el eco de los latidos de tu corazón." Es el único diálogo del relato; el canto del sapo es su única compañía. No espera respuesta porque el sapo se basta con sus latidos para seguir cantando a la noche.

El cuento se cierra cuando el narrador experimenta el terror del silencio que él mismo se ha procurado: "ni un grito, ni un estremecimiento de vida en la tierra negra." El reloj (que sigue indiferente con su tic-tac) no rompe este silencio del corazón. En su desesperación pide a la luna que acaricie sus ojos, "turbios por la angustia de la muerte".

En el cierre del cuento el autor se despega de su narrador (que ha enmudecido) y anota con parquedad: "Y los árboles, y la luna, y la lluvia, y el viento, permanecieron sordos. Y el reloj sombrío que mide indiferente las horas tristes se había parado para siempre."

No es el paisaje quien puede hablar, devolviéndole la certeza de estar vivo, porque éste es una extensión de su propio yo. La muerte del sapo, sin embargo, precipita su angustia vital. Es ahora un corazón que reposa (Eclesiastés), pero el protagonista no atina a señalar su ausencia. Porque antes, sin los demás y en su voluntaria y buscada soledad, se sumió en el sueño de la muerte (salmo 13), en esa serenidad gris de un paisaje de otoño que no es vida dominada ni reposo posible.

La forma en la que se expresa el autor nos habla sobre su punto de vista ante la situación de España y el estado de ánimo en el que se encuentra. Describe el panorama de una forma siniestra y hace referencia a la naturaleza para darle un toque de tristeza y misterio los cuales hacen alusión a los sentimientos del personaje, su manera de contemplar la realidad y su perspectiva de la situación. A pesar de todo nos podemos percatar de que es un entorno pacífico en el que se puede encontrar una tranquilidad un tanto apartada de la  realidad en la que la sociedad se siente sin ánimos de hacer algo al respecto, pero que todavía queda un poco de esperanza para que las nuevas generaciones puedan cambiar el rumbo de su país. Nos podemos encontrar con una España que acaba de pasar por una etapa muy difícil llena de tragedias y pérdidas, que intenta encontrar la tranquilidad y la estabilidad antes de emprender un nuevo camino hacia la reconstrucción de su país. 

Acaso el reloj detenido señala el fin de las horas tristes, una imagen de la muerte del narrador.





jueves, 8 de marzo de 2018

Cuentos de Pío Baroja

Cuando mi tío publicó en 1900, por su cuenta y riesgo, el primer libro, andaba ya más cerca de los treinta años que de los veinte, puesto que había nacido el 28 de diciembre de 1872. Esto quiere decir que tenía una experiencia vital bastante grande y que no era un joven prodigio de los que asombran, por su precocidad, a las gentes de bastantes países meridionales, entre ellos el nuestro. Había publicado antes algunos artículos y cuentos en periódicos y revistas de Madrid y de provincias, pero no era conocido, como lo podrían ser ya Unamuno, Valle-lnclán y Benavente, más viejos que él, o incluso Azorín, este sí algo más joven y prodigio de precocidad meridional. Los artículos y cuentos de mi tío tenían, por lo general, un tono filosófico, un tono de época y edad que hizo que no gustaran nada a don Nicolás Salmerón y que fue la causa de que dejara de colaborar en La Justicia, periódico de aquel hombre público. Menos aún gustaron a otro prohombre del republicanismo popular, don José Nakens, quien los calificó de pedantescos ante el propio autor.

Tuvo, pues, mi tío, antes de los primeros y relativos éxitos, un choque bastante doloroso con los representantes de cierto doctrinarismo político, choque similar a los que había tenido antes de estudiante, frente al doctrinarismo médico-filosófico, de un también famoso profesor de San Carlos: el Doctor Letamendi. Aquellos hombres de cátedra, Salmerón y Letamendi, no eran en verdad (y digan lo que digan todavía algunas personas) grandes pensadores; ni siquiera medianos pensadores. Pero como tales pensadores ejercían su autoridad máxima. Y estos choques juveniles hicieron que mi tío sintiera posteriormente una aversión marcada por casi todos los doctrinarismos, a la par que seguía teniendo un interés profundo por cuestiones filosóficas. Existen aquí ahora algunos doctrinos, es decir unos acólitos, pedisecuos o auxiliares humildes del doctrinarismo en sí, que creen o fingen creer que los literatos de la época de mi tío (y acaso él más que ningún otro) fueron hombres alocados, apasionados, faltos de cultura y de orden en las ideas incapaces de seguir un razonamiento científico o filosófico y lanzados a toda clase de exageraciones pasionales. Ya es una prueba de cortedad de juicio, el oponer —como también lo hacen estos a que aludo productos literarios, poéticos y
expresivos, en esencia, a productos puramente cognoscitivos, para entonar el ditirambo de quienes cultivan los últimos, de modo destemplado y «contraproducente». Pero, en fin, dejemos este mísero pleito de actualidad. Volvamos a fines de siglo.Lo malo entonces era que para el joven español los hombres tenidos por sabios y mentalmente rigurosos, presentaban una vitola no sólo de dudosa amenidad, cosa admisible, sino también de calidad intelectual harto problemática. Podría tener grandes admiradores don Nicolás, o don José; por razones más claras podía producir asombro e inquietud la erudición de don Marcelino, pero el rigor el método, etc., etc., andaban un poco a trompicones y a la Ciencia o a la Filosofía, así, con mayúscula, invocaban profesores tan desecados de espíritu como don José Orti Lora, o algunos filosofantes maestros del logogrifo, de aquellos que caracterizaron, cada cual por su estilo, Clarín o don Luis Taboada. 

La Botella de Plata

En el cuento «La botella de plata» ―que Truman Capote incluyó en su primer libro de cuentos, Un árbol de noche y otras historias, de 1949―, Mr. Marshall decide reflotar su cafetería, el Valhalla ―bajo consejo de su mejor cliente, el indio Hamurabi―, llenando de monedas una botella y admitiendo apuestas a quienes gasten en el negocio veinticinco centavos. El contenido de la botella será para quien, el día de Navidad, consiga acercarse más en su apuesta a la cantidad contenida. Applesead, un niño de los arrabales, de familia problemática ―al que acompaña Middy, su hermana menor, con unos dientes demasiado defectuosos para convertirse en estrella de cine―, pasa las tardes haciendo lo que nadie hace: intentando calcular cuántos dólares hay en la botella, con la certeza absoluta de que lo conseguirá, pues nació con una vuelta de cordón.

Cuando, el último día, obtiene los veinticinco centavos para la apuesta y proclama una cifra exacta: setenta y siete dólares con treinta y cinco centavos, sabemos que allí está un héroe. ¿Quién no quisiera tener una cifra exacta en la mente y la voluntad inquebrantable para seguirla hasta las últimas consecuencias?

Mediante un joven narrador testigo, el relato nos presenta a Mr. Ed Marshall, dueño de la cafetería Valhalla, lugar frecuentado por todos en el pueblo por su ambiente cálido, amplio y fresco. Los días del local estarán contados cuando llegue el pueblo Mr. Rufus McPherson, dueño de una moderna cafetería a la que pocos podrán resistirse. Un día, sin embargo, Mr. Marshall y su pseudoegipcio amigo Hamurabi encontrarán la forma de encarar a los ventiladores eléctricos, las luces de colores y el autoservicio del impostor: una botella de vino repleta de monedas. Quien logre adivinar hasta Navidad cuánto dinero hay allí, terminará por llevársela. Será con la llegada de Appleseed y su pequeña hermana Middy al pueblo que el relato tome un nuevo impulso.  ¿Se llevará alguien el dinero de la botella de plata?

Al margen del desenlace de la historia, "La botella de plata" propone una idea que parece interesante desarrollar: la de la lealtad condicionada del hombre moderno. El hombre de hoy parece haber perdido el sedentarismo sano de los lugares fijos para pasar a un dinamismo constante: todo cambia todos los días. Así, el tiempo de cualquier tipo de vínculo ha dejado de ser pieza importante para fortalecerlo. Migramos y nos instalamos a donde se encuentre el estímulo, y cuando este se agota volvemos a migrar, como hacen los clientes del Valhalla cuando llega Mr. McPherson con un estímulo mayor. Es curioso que Mr. Marshal apele como solución final a llenar una botella de licor con monedas, como si auténticamente hubiese descifrado la naturaleza de esta clientela sin bandera. Bien podríamos ver a la botella de monedas como un símbolo, un reto y una burla que terminan por darle la razón: todas esas monedas juntas terminan por devolverle la anhelada clientela, ante la frustración de McPherson. Marshal no solo ha sabido leer cómo funciona su tiempo, sino que ha llevado los mecanismos de la sociedad moderna a sus más degradantes consecuencias. En el último tercio del relato, al ver a toda esa gente amontonada en el Valhalla, ansiosa por ver quién logró adivinar cuánto dinero había en la botella, es casi imposible ocultar un sinsabor.

La presencia de Appleseed, sin embargo, funciona bien como contraste a esta sátira cuando nos enteramos, al concluir el relato, de sus intenciones al hacerse de la botella. El cuento concluye planteando la oposición entre el dinero como fin en sí mismo, y el dinero como medio. El desenlace es, sin duda, digno de antología. 

Hay que sentarse a leer los cuentos de Truman Capote. Lápiz en mano, si es posible. Sus cálidos personajes, su lenguaje ágil y la facilidad con que traza en un párrafo la inocencia de una atmósfera, son virtudes poco frecuentes en la tradición norteamericana. Podríamos estar perdiéndonos lo mejor de su obra.

Hay escritores que los limita su propio desconocimiento de la realidad. En este caso esto no ocurre. Truman vivió insertado en diferentes clases sociales y supo describirlas con precisión en sus cuentos. Su sombría infancia en Nueva Orleáns se refleja en “La botella de plata”, como el ritmo de vida de las clases pudientes neoyorkinas en “Mojave”.





miércoles, 7 de marzo de 2018

Alcanza el Mañana

"Alcanza el mañana" es mi segunda colección de cuentos cortos publicados por primera vez en 1956.

La mayoría de estos cuentos fue escrita entre 1945 y 1950, en el primer albor de la Era Atómica. Como un ejemplo de cuán difícil es para el escritor de ciencia-ficción mantenerse adelantado a los hechos, ya ha sido realizado el imaginario descubrimiento descrito en "La flecha del tiempo". Si se visita el Museo de Historia Natural (le Nueva York, se pueden ver las huellas fosilizadas de un dinosaurio persiguiendo a otro.

Cuando escribí "Error técnico", hace más de veinte años, la idea de que esa curiosidad de laboratorio que era la superconductividad pudiera ser alguna vez usada para aplicaciones comerciales, parecía rebuscada. Pero va están construyéndose las primeras grandes máquinas que trabajan sobre este principio y, citando el "Science Journal" de abril de 1969, "están destinadas a causar una gran revolución en la industria de la energía eléctrica dentro de los próximos diez años".

Las peculiaridades de la mecánica celeste, que forman la base de "Júpiter Cinco", son mucho más conocidas ahora que en los tempranos años de la década de los cincuenta, que fue cuando la escribí; son los verdaderos cimientos de las técnicas de encuentro orbital. Por derecho propio, este cuento debería ser dedicado al profesor George McVittie, en otro tiempo ni¡tutor en Matemática aplicada, si bien debo apresurarme en agregar que no tiene el menor parecido con el profesor del cuento.

Si no me falla la memoria, he escrito sólo dos cuentos basados en ideas sugeridas por otras personas. Uno de ellos es "Los poseídos", y por este medio confieso mi agradecimiento a Mike Wilson, que puede compartir su parte de culpa.


Arthur C. Clarke
Nueva York, mayo de 1969.





Cuentos del Planeta Tierra

Arthur Charles Clarke (n. 1917) es el que más me gusta de todos los escritores de ciencia ficción.
Desde luego, él lo negaría acaloradamente. Observaría —con acierto— que es dos años más viejo que yo, que es mucho más calvo que yo y que es mucho menos guapo que yo. Pero ¿qué importancia tiene eso? No es una desgracia ser viejo, calvo y feo.

Nos parecemos en que Arthur tiene (como yo) una educación científica completa y la emplea para escribir lo que se llama «ciencia ficción dura». Su estilo es también algo parecido al mío, y a menudo nos confunden, o al menos confunden nuestras obras.
El primer libro de ciencia ficción que leyó Janet, mi querida esposa, fue El fin de la infancia, de Arthur; el segundo fue mi Fundación e imperio. Incapaz de recordar con claridad quién era quién, acabó casándose conmigo cuando yo creía que iba detrás de Arthur.
Pero aquí está una colección de cuentos de ciencia ficción de Arthur, una ciencia ficción que tiene que ver con la ciencia, extrapolada de modo inteligente. ¡Os gustará mucho!
Debo deciros algo más sobre Arthur. Nos conocemos desde hace unos cuarenta años y, durante todo este tiempo, nunca hemos dejado de lanzarnos cariñosos insultos. (Esto también me ocurre con Harlan Ellison y con Lester del Rey.) Es una forma de vínculo masculino. Me temo que las mujeres no lo comprenderán.

Cuando se conocen dos caballeros de clase baja (dos vaqueros, dos camioneros), lo más probable es que uno de ellos le dé una palmada en el hombro al otro y le diga: «¿Cómo estás, hijo de puta?» Esto equivale aproximadamente a: «Me alegro mucho de verte. ¿Cómo te va?»
Bueno, Arthur y yo hacemos lo mismo, pero desde luego en un inglés formal en el que tratamos de introducir una chispa de ingenio. Por ejemplo, el año pasado, se estrelló un avión en Iowa; aproximadamente la mitad de los pasajeros resultaron muertos y se salvó la otra mitad. Uno de los supervivientes permaneció tan tranquilo durante las peligrosas maniobras de aterrizaje, leyendo una novela de Arthur C. Clarke. Esto se comentó en un artículo periodístico.

Como de costumbre, Arthur mandó sacar enseguida cinco millones de copias del artículo y las envió a todas las personas a quienes conocía o de quienes había oído hablar. Yo recibí una de ellas con una nota a pie de página, de su puño y letra, que decía: «Lástima que no estuviese leyendo una de tus novelas, habría dormido durante todo el terrible accidente.»
A vuelta de correo le envié a Arthur una carta en la que le decía: «Al contrario; la razón de que estuviese leyendo tu novela era que, si se estrellaba el avión, la muerte sería una bendita liberación.» Di a conocer este intercambio de cariñosos comentarios en la Convención Mundial de Ciencia Ficción celebrada en Boston durante el fin de semana del Día del Trabajo, en 1989. Una mujer que informaba sobre la convención escuchó el relato con manifiesto desagrado. No la conozco, pero me imagino que estará químicamente libre de todo sentido del humor y que no sabe nada sobre las relaciones entre amigos. En todo caso, mi observación la sacó de sus casillas y escribió sobre ella en tono de censura en Locus.

Desde luego, no estoy dispuesto a que cualquier boba se interponga en los cariñosos intercambios que podamos sostener Arthur y yo; por consiguiente, termino con otro. Y esta vez empiezo yo.
Escribo esta introducción gratuitamente y porque quiero a Arthur. Desde luego, a él no se le ocurriría corresponder a este favor porque escatima hasta el último centavo y no tiene mi excelente capacidad de colocar el arte y la benevolencia por encima del vil metal.

¡Ya está! Espero con cierto temor la respuesta de Arthur.


Isaac Asimov
Nueva York





El Centinela y Otros Cuentos

Arthur C. Clarke nació en Minehead, Somerset, Inglaterra, en 1917 y se graduó en King’s College, Londres, donde obtuvo Matrícula de Honor en Física y Matemáticas. Fue director de la Sociedad
Interplanetaria Británica, y es miembro de la Academia de Astronáutica de la Real Sociedad de Astronomía, y muchas otras organizaciones científicas. Durante la Segunda Guerra Mundial, como oficial de la RAF, estuvo a cargo del primer equipo de radar en su fase experimental. Su única novela que no es de ciencia ficción, Glide Path, está basada en este trabajo.
Autor de cincuenta libros, de los cuales unos veinte millones de ejemplares se han editado en más de treinta idiomas, sus numerosos premios incluyen el Premio Kallinga en 1961, el premio a los escritos científicos AAAS Westinghouse, el premio Bradford Washburn y los premios Hugo, Nebula y J. Campbell, los cuales ganó con su novela Rendevous with Rama.
En 1968 compartió la nominación al Oscar con S. Kubrick por 2001: Una Odisea del Espacio, y su serie de TV El mundo misterioso de Arthur C. Clarke se ha proyectado en muchos países. Trabajó con Walter Cronkite en las transmisiones de la CBS de las misiones Apolo.
Su invención del satélite de comunicaciones en 1945 le ha proporcionado numerosos honores, entre ellos el premio 1982 de la Asociación Internacional Marconi, una medalla de oro del Instituto Franklin, la Cátedra Vikram Sarabhai del Laboratorio de Investigaciones Físicas, y una cátedra del King's College, Londres. El Presidente de Sri Lanka recientemente le nombró Decano de la Universidad de Moratuwa, cerca de Colombo.





martes, 6 de marzo de 2018

Historias de Nueva York

Con un excelente sentido del humor, una mordacidad llena de chispa y una envidiable soltura, O. Henry escribió numerosos cuentos llenos de encanto, dentro del orden establecido y, digámoslo así, "para todas las almas".

De los 17 relatos cortos de Historias de Nueva York es que son perfectas trick stories, es decir, relatos que dan un inesperado giro en su última parte. Y como el título del libro indica, todos ellos están ambientados en Nueva York. Los equívocos, las circunstancias irónicas, las relaciones insólitas, los desenlaces sorprendentes de cuentos tan paradigmáticos como El regalo de los Reyes Magos y Los pasajeros en Arcadia, le convierten en el gran maestro del relato corto. El autor está considerado como uno de los maestros del relato corto.

En la contraportada de este agradable recopilatorio, editado de forma muy elegante por Nórdica Libros, se citan unas palabras del mismísimo Borges afirmando que O. Henry llevó la doctrina de Edgar Allan Poe ("todo cuento debe redactarse en función de su desenlace") hasta la exageración, pero logrando gracias a ello "más de una breve y patética obra maestra". Y yo no puedo por menos de estar de acuerdo.

Pero, ¿quién se esconde tras ese nombre a medias de O. Henry? 

La respuesta es William Sidney Porter, un hombre que nació en la segunda mitad del siglo XIX en Carolina del Norte, y que tras una juventud un poco turbulenta, con diferentes trabajos y una condena de tres años de cárcel por robar en el banco en el que estaba empleado, se trasladó a la Gran Manzana. Allí se decidió a probar suerte como escritor inspirándose en la urbe que le había acogido y cambió su nombre por el de O. Henry. Según se cuenta, escogió la aislada "o" por ser ésta la letra más sencilla de escribir, y "Henry", acordándose del nombre de pila de uno de los funcionarios de prisión que había conocido durante su condena. Los cuentos recogidos en este libro poseen títulos sencillos pero sugerentes ("Después de veinte años", "El regalo de Reyes", "La última hoja"...), y han conseguido introducirme de cabeza en sus tramas en sus primeros párrafos, haciendo que no pudiera despegar mis ojos de sus páginas hasta llegar a sus sorprendentes finales.

Los argumentos de estos relatos de O. Henry son muy diferentes (dos amigos que se reencuentran tras veinte años con vidas totalmente opuestas; un farmaceútico maquiavélico dispuesto a todo por frustrar un romance; una anciana tan rica como tacaña misteriosamente obsesionada con una bella secretaria; dos mujeres con más en común de lo que parece; un tipo que dice sufrir de amnesia y abandona su grisácea vida, etc...). Pero sus personajes comparten ciertos rasgos: pasión por la cosas y las personas hermosas; disconformidad ante una existencia que parece empeñada en verles frustrados; esperanza por que las cosas mejoren en poco tiempo y, por supuesto, la ciudad de Nueva York, que es testigo y responsable de sus penas, alegrías y pasiones.

Divertido, agradable, fácil de leer. Recomendable.