La Navidad suele asociarse con reuniones familiares, luces, regalos y tradiciones que invitan a la celebración. Sin embargo, hubo un tiempo en que las largas noches de diciembre también eran el escenario perfecto para compartir historias de fantasmas, apariciones inquietantes y sucesos sobrenaturales. Durante la época victoriana, la literatura navideña no se limitaba a transmitir mensajes de esperanza o bondad; con frecuencia abría sus páginas a espectros, maldiciones, casas encantadas y misterios que encontraban en el invierno el ambiente ideal para desarrollarse.
Hoy puede parecer sorprendente que el terror y la Navidad convivieran con tanta naturalidad, pero para los lectores del siglo XIX aquella combinación resultaba completamente lógica. Las frías noches, la niebla que envolvía calles y caminos, el silencio de los campos cubiertos por la nieve y el recogimiento familiar alrededor del fuego creaban el escenario perfecto para recuperar una antigua costumbre: contar historias sobrenaturales cuando el año llegaba a su fin. Los llamados cuentos de Navidad victorianos constituyen uno de los capítulos más fascinantes de la literatura inglesa. En ellos conviven la sensibilidad moral propia de la época, el gusto por el misterio, la tradición oral y la imaginación gótica que había conquistado a los lectores desde finales del siglo XVIII. Aunque algunos de estos relatos buscan conmover o transmitir enseñanzas, muchos otros persiguen un objetivo muy distinto: provocar un escalofrío justo cuando el calor de la chimenea hace creer que el hogar es el lugar más seguro del mundo.
