lunes, 18 de junio de 2018

Un Desafío

Probablemente, Jacob Shwarb no pensaba hacer nada malo. Quizá tan solo volar con dinamita el mundo entero. Pero sería un error para hacer estallar sólo una persona. El mundo entero, con la dinamita, no significa nada. Cuando urdía un buen plan creía conveniente tener la frente escondida bajo un gran y alborotado mechón de su pelo rojizo.

Un buen mechón de pelo. Las manos metidas en los bolsillos de los pantalones. Como un obrero en paro.

Se rebeló cuando, interno en el Israel Zion Hospital de Brooklyn por una grave enfermedad biliar, le afeitaron la cabeza. Sin pelo, tenía la sensación de que su cabeza se había desvanecido. Se la buscó con las manos. Al no encontrarla, se enfureció.

Quería saber si, con esta injuria que habían cometido, le consideraban, en realidad, un condenado más que un enfermo.

¿Era un motivo de higiene?

¡Qué más le daba a él la higiene!

Pero ¡espera un momento!

Menos mal que, a falta de pelo, aún le quedaban sus anchas cejas colgantes, siempre fruncidas, para poder incubar en sus ojos turbios el rencor contra todos y contra la vida misma.

Durante el tiempo que permaneció en el hospital, Jacob Shwarb no pudo decir de qué color era él realmente, si más amarillo que verde, a causa de aquella enfermedad biliar que le daba tormentos interminables y un humor que se puede imaginar sin esfuerzo. Los cólicos eran terribles. En verano, estuvo dos meses en una sala donde de día y de noche todos los enfermos se quejaban y quien no lo hacía era porque estaba dando la señal inequívoca de que estaba muerto. Agitación, resoplidos, colchas que parecían balones botando sobre las camas, y en los momentos de suma desesperación, las colchas que se tiraban al aire y al instante, acudían, atropellándose, un torrente de enfermeras o de vigilantes nocturnos. Jacob Shwarb los conocía a todos, uno a uno, y por cada uno de aquellos vigilantes nocturnos sentía una particular antipatía. Particularísima, aquella que sentía por un tal Jo Kurtz, que en alguna ocasión, por la repulsión que despertaba en él, le hacía, incluso, reír (entiéndase aquí por reír aquello que hace un perro cuando quiere tirarse a morder).


De hecho, el tal Jo Kurtz tenía una manera muy suya y particular de menospreciarle. No hablaba jamás si no se le forzaba a ello. No hacía nunca nada, solo sonreía y únicamente con una sonrisa frígida, que no solamente le estiraba la boca tirándole de unos labios blancos y finos, sino que le sacaba además punta a unos ojos pálidos y llorosos. Siempre tenía la cabeza plegada sobre un hombro, una cabeza de marfil sin un solo pelo y siempre, como cosidas al pecho sobre la larga bata blanca, unas manos gordas y sucias.

Quizá no comprendía cuál y cuánta era la incompatibilidad que había entre su sonrisa perpetua y los continuos lamentos de los pobres enfermos, porque verdaderamente no se podía admitir, teniendo en cuenta la situación, que pudiera seguir sonriendo así. Salvo que, y sin que los enfermos lo supieran, todos aquellos lamentos tuvieran a sus oídos un no sé qué de cómico y placentero, emitidos como eran a varios tonos, con diferente intensidad, algunos por costumbre, otros para darse desahogo y consuelo, y todo ellos, en suma, capaces de componer para él una curiosa y divertida sinfonía.

Preso de la vigilia toda la noche, cada uno se defiende del sueño como puede.

Pero puede que Jo Kurtz sonriera así a sus pensamientos. Puede que estuviera enamorado, si bien a una edad tardía. Quizá se abstraía de todos aquellos lamentos atendiendo únicamente al bendito silencio de su alma.

Pues bien, una noche en la que la sala de enfermos estaba insólitamente en calma y sólo él, Jacob Shwarb, sufría por no hallar un solo momento de descanso en aquella cama que desde hacía ya dos meses conocía cada uno de sus tormentos, estaba de guardia, justamente, este vigilante: Jo Kurtz.

Apagadas todas las luces, excepto la de la mesita del vigilante en la pared del fondo, cubierta devotamente por una telilla verde, un gran claro de luna entraba por los ventanales de la estancia, sobre todo por el más grande de la sala, abierto de par en par en medio de la pared que Shwarb tenía frente a él.

Jacob Shwarb contenía cuanto podía los espasmos y observaba desde la cama a Jo Kurtz sentado frente a la mesilla con la cara de marfil iluminada por la lámpara y, con todo el odio que existe en la humanidad, se preguntaba cómo se podía sonreír de aquel modo, cómo puede quedarse así de indiferente estando de guardia en una sala de un hospital donde un enfermo se debate como él se está debatiendo: en un orgasmo que crece, punto por punto, hasta casi volverle loco, loco, ¡loco! De repente, quién sabe cómo, le asalta una idea: ver si Jo Kurtz permanecerá igual si ahora él se levanta de la cama y se tira por la ventana que está abierta al fondo de la sala.

No ve todavía claro de dónde ha surgido, así de improviso, tal idea: no sabe si ha sido por la desesperación, ya incontenible, a causa de su sufrimiento, la cual se le aparece ferozmente injusta en esta noche de calma absoluta en la sala, o si, más bien, ha surgido del deprecio y la ofensa que Jo Kurtz insiste en hacerle.

Hasta el momento de levantarse de la cama no sabe todavía si su verdadera intención es tirarse por la ventana o poner a prueba la indiferencia de Jo Kurtz, desafiar esa sonriente placidez y concederse así (siente una desesperada necesidad de hacerlo) desfogarse con él: con él, sí, que precisamente tiene la obligación de impedírselo viéndole levantarse de la cama sin haberle pedido antes permiso.

El caso es que Jacob Shwarb lanza la colcha al aire y se pone de pie, en posición de duelo, bajo la mirada de Jo Kurtz. Pero Jo Kurtz no se mueve de la mesilla, ni tan si quiera mueve un solo músculo de la cara.

En Agosto hace mucho calor. Puede pensar que el enfermo quiere ir a tomar un poco el aire al lado del ventanal.

Todos saben que él, Jo Kurtz, da manga ancha a los enfermos, es indulgente con ellos cuando desobedecen algunas de las inútiles órdenes de los médicos.

Quizá, si se observa en profundidad, se podría descubrir en esa sonrisa suya que seguiría cerrando los ojos aunque adivinara que la intención del enfermo al acercarse al fondo de la sala es precisamente tirarse por la ventana.

Pero ¿es que, acaso, tiene el derecho a impedírselo, él Jo Kurtz, si el enfermo, pobrecillo, sufre tanto que ya no puede aguantar más? Él, en todo caso, sólo tiene el deber (no el derecho), ya que ese enfermo está bajo su vigilancia.

Pero se puede seguir la suposición de que seguramente ese enfermo se haya levantado de la cama solo para tomar un poco de aire, he ahí que su conciencia esté limpia y en su sitio y que no haya razón alguna para agitarse; el enfermo puede hacer lo que le venga en gana: si quiere quitarse la vida, se la quita. Es asunto suyo.

Mientras tanto, Jacob Shwarb espera ser detenido antes de llegar al ventanal del fondo de la sala; está a punto de llegar y temblando de rabia se gira para mirar a Jo Kurtz: le ve todavía ahí, sentado ¡impasible ante su mesilla! Y así, de pronto y de un solo golpe, se siente desarmado: no sabe si seguir adelante o volver atrás.

Jo Kurtz continua sonriéndole, no por menosprecio, sino para darle a entender que comprende perfectamente el hecho de que un enfermo tenga la necesidad de levantarse momentáneamente de la cama: basta con que le pida, aunque sea con una pequeñísima señal, permiso para hacerlo. Ahora, puede interpretar sin duda alguna que con esa parada que ha hecho para mirarle, el enfermo le ha pedido permiso. Inclina varias veces la cabeza para decirle que está bien, que vaya, le hace gesto con la mano: ve, ve.

Para Jacob Shwarb es el colmo de la burla, la respuesta más insolente a su desafío. Ruge y alza los puños, aprieta los dientes, corre hacia el ventanal y se tira.

No muere. Se rompe las piernas, un brazo y dos costillas; se hiere también gravemente en la cabeza. Pero se recupera y no solo de todas estas lesiones si no que además, gracias a uno de esos milagros que suelen obrar algunas ofensas violentas y de origen nervioso, se cura también de la enfermedad biliar. Debería habérselo agradecido al mismísimo Dios: aunque fuera a costa de todas aquellas lesiones había evitado, precipitándose por el ventanal, la muerte que quizá le estaba reservada si se hubiese quedado a esperarla en la cama del hospital entre todos sus tormentos. Pero no, señores. Jacob Shwarb no obró así. Apenas hubo sanado, consulta a un abogado y cita a juicio al Israel Zion Hospital para que le paguen veinte mil dólares por los daños ocasionados: las lesiones sufridas a causa de la caída. No tiene otro medio de vengarse de Jo Kurtz. El abogado le asegura que el hospital pagará y que Jo Kurtz seguramente será despedido. En efecto, si consiguió tirarse por la ventana, fue por la  negligencia y falta de vigilancia del hospital, he ahí el culpable.

El juez le pregunta:

-Pero, quizá ¿te empujó o coaccionó alguien para que te tiraras por la ventana? Tu acto fue voluntario.

Jacob Shwarb mira al abogado y después responde:

-No Señoría. Yo estaba seguro de que me lo impedirían.

-¿Quién? ¿El vigilante?

-Sí, Señoría. Era su deber. Sin embargo, ni se movió. Esperé a que lo hiciera. Tanto es así que antes de tirarme, me giré para mirarle.

-¿Y él que hizo?

-¿Él? Nada. Lo que hace siempre, me sonrió y con un gesto de la mano me dijo (¡incluso!): “anda ve, ve”

En efecto, Jo Kurtz, también estando allí, delante del juez, sonríe. El juez se indigna y le pregunta si es verdad lo que está diciendo Jacob Shwarb.

-Sí, su Honorable Señoría- le responde Jo Kurtz, - pero porque creía que quería tomar un poco el aire.

El juez golpea el puño sobre la mesa.

-Eso creía, ¿eh?

Y condena al Israel Zion Hospital a pagar a Jacob Shwarb veinte mil dólares por daños y perjuicios.





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