viernes, 5 de junio de 2026

Los Seis Dedos del Tiempo

Publicado originalmente en 1960, "Los Seis Dedos del Tiempo" (The Six Fingers of Time) es quizás uno de los relatos más emblemáticos de R.A. Lafferty y una de las exploraciones más originales sobre la dilatación temporal en la literatura de ciencia ficción.

Es uno de los relatos más característicos del estilo excéntrico y filosófico de Lafferty. La historia parte de una premisa aparentemente sencilla: un hombre, Charles Vincent, comienza a percibir que el tiempo a su alrededor se ha alterado radicalmente. Los objetos se mueven con lentitud imposible, los relojes parecen detenidos y las personas actúan como si estuvieran suspendidas entre la vida y la muerte. Sin embargo, esta anomalía no tarda en revelar implicaciones mucho más profundas sobre la naturaleza del tiempo y la evolución humana.

Uno de los aspectos más llamativos del relato es cómo Lafferty transforma una idea de ciencia ficción —la alteración de la percepción temporal— en una reflexión casi metafísica. El tiempo no es solo un fenómeno físico, sino una fuerza que condiciona la conciencia, la identidad y el progreso. A medida que el protagonista explora este estado “desfasado”, el cuento sugiere que la humanidad podría estar atravesando una transición evolutiva, donde algunos individuos comienzan a existir en una frecuencia distinta al resto.

El estilo narrativo es inconfundible: mezcla de ironía, extrañeza y lenguaje casi mítico. Lafferty no busca una explicación científica rigurosa, sino generar una sensación de maravilla desconcertante. Esto hace que el relato sea más cercano a una fábula filosófica que a una pieza de hard science fiction. El humor seco y los detalles absurdos conviven con una inquietud creciente, lo que da al texto un tono único.

En cuanto a su estructura, la historia avanza de forma fragmentaria y casi onírica, lo que refuerza la idea de que la realidad misma está perdiendo coherencia. Algunos lectores pueden encontrar esta falta de linealidad confusa, pero es precisamente parte del efecto buscado: transmitir la desorientación del protagonista frente a un mundo que ya no sigue las reglas habituales.

Como crítica, podría decirse que el relato sacrifica claridad a favor de atmósfera e ideas, lo que puede dificultar su lectura si se espera una trama más convencional. Sin embargo, esa misma libertad narrativa es lo que lo convierte en una pieza memorable dentro de la ciencia ficción breve.

En conjunto, "Los seis dedos del tiempo" es un relato breve pero profundamente sugerente, que combina especulación temporal, sátira sutil y reflexión sobre la condición humana. Es una excelente muestra del talento de Lafferty para convertir ideas extrañas en literatura inquietante y filosóficamente estimulante.


Empezó la mañana rompiendo cosas. Rompió el vaso de agua que tenía en la mesa de luz. Lo golpeó sin saber cómo contra la pared, y se le hizo añicos. Sin embargo, se quebró lentamente. De haber estado bien despabilado, esto le habría llamado la atención, porque no había hecho ningún movimiento brusco al tocarlo.

Tampoco lo había despertado como de costumbre la campanilla del despertador; lo había despertado un golpeteo misterioso, lento, amortiguado; sin embargo el reloj marcaba las seis, hora de sonar el despertador. Y ese golpeteo apagado, cuando volvió a producirse, parecía provenir del reloj.

Extendió la mano y lo tocó con suavidad, pero a su contacto el despertador flotó fuera de la mesita y rebotó lentamente por el suelo de un lado a otro. Y cuando lo recogió, se había detenido y ni sacudiéndolo logró hacerlo andar.

Verificó la hora en el reloj eléctrico de la cocina. También éste indicaba las seis en punto, pero el segundero estaba inmóvil. En el living, el reloj de la radio marcaba las seis, pero el minutero parecía haberse detenido.

—Pero si hay luz en las dos habitaciones, ¿cómo es posible que los dos relojes estén parados? —se preguntó Vincent.

Volvió al dormitorio y buscó el reloj—pulsera. También indicaba las seis; pero el segundero no giraba.

—Bueno, esto ya raya en lo ridículo. ¿Qué hace que se paren todos los relojes, los de cuerda y los eléctricos?

Fue hasta la ventana y miró el reloj de propaganda del Edificio de la Mutual de Seguros. También marcaba las seis, y el segundero no se movía.

—Bueno, es posible que la confusión no sea sólo mía. Alguna vez oí la fantasiosa versión de que una ducha fría despeja la mente. A mí nunca me ha dado resultado, pero probaré. Siempre podré usar la higiene como pretexto.

La ducha no funcionó. Sí, funcionó: el agua salió, pero no como agua; como un lentísimo almíbar que permanecía suspendido en el aire. Extendió el brazo para tocarlo allí donde colgaba y se estiraba. Y cuando lo tocó, se quebró como cristal, y flotó en lentas burbujas fantásticas por el cuarto de baño. Pero al tacto parecía agua. Era húmeda y agradablemente fresca. Y en más o menos quince segundos le llegó a los hombros y la espalda, y lo sumió en un voluptuoso placer. Dejó que le empapase la sesera, y al instante sintió la mente despejada.

—No me pasa nada. Estoy bien. No es culpa mía que el agua salga lenta esta mañana; y que otras cosas estén trastornadas.

Extendió el brazo para tomar la toalla, que se le hizo jirones entre las manos, como si fuese un poroso papel mojado.

Entonces empezó a usar las cosas con más cautela. Las tomaba lenta, tierna, diestramente para que no se rompiesen. Se afeitó sin inconvenientes, a pesar de que también en el lavatorio el agua salía lenta.

Luego se vistió con el máximo de cuidado y astucia, sin romper nada excepto los cordones de los zapatos, y ése es un accidente que puede ocurrir en cualquier momento.

—Si a mí no me pasa nada, tendré que observar y ver si algo va realmente mal en el mundo. El amanecer, tal como debía ser, estaba bastante avanzado cuando miré por la ventana. Han pasado aproximadamente veinte minutos; es una mañana clara; el sol deberá ahora iluminar los pisos superiores del Edificio de Seguros.

Pero no era así. Seguía siendo una mañana clara, pero en esos veinte minutos el amanecer no había progresado.

Y en el gran reloj todavía eran las seis. No había cambiado.

Sin embargo, había cambiado, y lo comprobó con una sensación extraña. Lo imaginó como lo había visto antes. Pero el segundero se había movido. Había recorrido un tercio de la esfera.

Acercó una silla a la ventana y lo vigiló. Comprobó que, aunque parecía inmóvil, avanzaba. Lo observó durante tal vez cinco minutos, y lo vio recorrer un cuadrante de unos cinco segundos.

—Bueno, no es problema mío. Es problema del Relojero, sea celestial o terrenal.

Sin embargo, salió de la casa sin un buen desayuno, y muy temprano. ¿Cómo podía saber que era temprano si algo andaba mal en el tiempo? Bueno, era temprano por lo menos de acuerdo con el sol y los relojes, aunque ninguna de las dos instituciones parecía estar funcionando correctamente.

Se marchó sin tomar un buen desayuno porque el café no se hizo y el jamón no se frio. Para decirlo sencillamente, el fuego no calentó... La llama del gas brotó del mechero como el moroso fluir de un arroyuelo, con la lentitud de una flor que se abre. Luego ardió con una llama demasiado tranquila. La cacerola permaneció fría cuando la puso encima; y el agua ni siquiera llegó a entibiarse. Antes, ya había tenido que esperar por lo menos cinco minutos, hasta que el agua empezó a salir del grifo.

Comió unos trozos de pan del día anterior, y unos restos de carne.

En la calle no había movimiento, o por lo menos algo que pudiese merecer ese nombre. Un camión, que al principio parecía estar detenido, se movió muy lentamente. Ninguna caja de velocidades le permitiría desplazarse con tanta lentitud. Y también había un taxi que reptaba por la calle, pero Charles Vincent tuvo que observarlo detenidamente durante un rato para cerciorarse de que estaba en movimiento. Entonces se sobresaltó. A la luz de las primeras horas de la mañana, advirtió que el conductor estaba muerto. ¡Muerto con los ojos muy abiertos!

Por muy despacio que avance, cualquiera fuese el mecanismo que lo estaba impulsando, era imprescindible detenerlo. Vincent se acercó a él, abrió la puerta y tiró del freno. Luego miró los ojos del hombre muerto. ¿Estaba de veras muerto? Era difícil saberlo con certeza. Estaba caliente. Pero mientras Vincent observaba, los ojos del muerto habían empezado a cerrarse. Y se cerraron y volvieron a abrirse en cosa de veinte segundos.

Era horripilante. Se estremeció ante ese lento abrir y cerrar de ojos. El muerto había empezado a inclinarse hacia adelante en el asiento. Vincent le puso una mano en el pecho para sostenerlo, pero notó que la presión hacia adelante era tan inexorable como pausada. Le fue imposible mantener erguido al hombre muerto.

Así que lo soltó, mirándolo con curiosidad; y a los pocos segundos la cara del conductor estaba contra el volante. Pero al parecer no tenía intención de detenerse allí. Empujaba el volante con fuerza obcecada. Con toda seguridad se rompería la cara. Vincent le pegó varios tirones y logró en cierto modo contrarrestar la presión del muerto. Sin embargo, la cara se estaba lastimando, y en circunstancias normales tendría que haber empezado a sangrar.

No obstante, el hombre había estado muerto durante tanto tiempo que, aunque parecía tibio, la sangre se le debía de haber coagulado, pues transcurrieron dos buenos minutos antes de que empezara a sangrar.

—No sé qué he hecho, pero ya he causado bastante daño —dijo Vincent—, No sé qué pesadilla es ésta, pero es probable que haga más mal si sigo interviniendo. Más vale que no me meta en nada.

Echó a andar calle abajo. Sin embargo, todos los vehículos que veía ahora se movían con increíble lentitud, como afectados por un fantástico reductor de velocidad. Y aquí y allá había gente congelada. Era una mañana fría, pero no tan fría. Estaban paralizados en actitudes de movimiento, como los niños que juegan a las 'estatuas'.

—¿Cómo es posible —dijo Charles Vincent— que esa muchacha que, creo, trabaja en el edificio frente al nuestro, haya muerto de pie y en plena marcha? Pero no, no está muerta. O si lo está, murió con una expresión muy vivaz.

¡Oh, Dios mío, también ella está haciendo eso!

Acababa de notar que los ojos de la muchacha se estaban cerrando; en el lapso de unos pocos segundos cumplieron el ciclo y volvieron a abrirse. Además, y esto era aún más extraño, se había movido, había dado un paso adelante. Le habría medido el tiempo, si eso hubiese sido posible. ¿Pero cómo medirlo, si todos los relojes del mundo se habían vuelto locos? Sin embargo, debía de adelantar unos dos pasos por minuto.

Vincent entró en la cafetería. La clientela madrugadora que solía ver a través de la ventana ya estaba allí. La muchacha que hacía creps junto al escaparate había lanzado uno al aire y allí se había quedado flotando el muy caprichoso, suspendido. Luego planeó como impulsado por una leve brisa, y descendió lentamente hasta asentarse en la plancha como en un mar sereno.

Los parroquianos mañaneros, al igual que la gente de la calle, estaban todos muertos: era esa muerte insólita, de movimientos casi imperceptibles. Y al parecer todos habían muerto mientras bebían café, comían huevos o masticaban tostadas. Y si hubiese al menos tiempo suficiente, hasta cabía la posibilidad de que terminasen de beber, de comer y de masticar, pues en todos ellos se advertía la sombra de un movimiento.

La cajera tenía la gaveta de la registradora abierta, y dinero en la mano, y la mano del parroquiano estaba extendida para recibirlo. A su debido tiempo, en ese nuevo tiempo perezoso, las manos se encontrarían y el cambio sería entregado. Y así sucedió. Tal vez pasó un minuto y medio, o dos minutos, o dos y medio. Siempre es difícil calcular el tiempo, y ahora era poco menos que imposible.

—Todavía tengo hambre —dijo Charles Vincent—, pero sería absurdo esperar que me atiendan. ¿Me serviré solo? A ellos no les importará, si es que están muertos. Y de todos modos, si no lo están, al parecer soy invisible para ellos.

Devoró varios panes. Abrió una botella de leche y la sostuvo boca abajo sobre el vaso mientras comía otro pan. Todos los líquidos parecían haber adquirido la misma contumaz lentitud.

Pero se sintió mejor después de ese excéntrico desayuno. Hubiese querido pagarlo, pero ¿cómo?

Salió de la cafetería y caminó por la ciudad, pues daba la impresión de que era aún bastante temprano, pese a que ya no podía confiar en el sol ni en los relojes para saber la hora. Los semáforos no cambiaban de color. Se sentó durante largo rato en una placita, y contempló la ciudad y el gran reloj de la torre del Edificio de Comercio; pero ése, como todos los demás relojes, o estaba parado o el movimiento de la manecilla era demasiado lento para notarlo a simple vista.

Debió de haber transcurrido alrededor de una hora sin que las luces del semáforo cambiaran, pero finalmente lo hicieron. 

Tomando un punto de referencia en el edificio de la acera de enfrente, y observando lo que pasaba por delante de él, comprobó que el tránsito en verdad se movía. Un coche —toda su longitud— tardaba más o menos un minuto en pasar por un punto dado.

Recordó que tenía mucho trabajo atrasado, y que eso lo había estado preocupando. Decidió ir a la oficina, a pesar de lo temprano que era o parecía ser.

Entró. No había nadie. Resolvió no mirar el reloj y tener mucho cuidado con todos los objetos a causa de su nueva propensión a romper cosas. Salvo ese detalle todo parecía normal allí. La víspera había dicho que le sería muy difícil poner al día su trabajo aunque trabajase sin parar cuarenta y ocho horas. Y resolvió que ahora trabajaría sin tregua, por lo menos hasta que ocurriese algo, no importaba lo que fuese.

Trabajó hora tras hora con las listas y los informes. Nadie más había llegado. ¿Pasaba algo? Era evidente que algo iba mal. Por lo que sabía, ese día no era de fiesta. No se trataba de eso.

¿Cuánto tiempo puede trabajar sin levantar la cabeza un hombre terco y desconcertado? Horas. Y horas, y horas... No sentía hambre ni un cansancio excesivo. Y así despachó una buena cantidad de trabajo.

—Debo de haber hecho la mitad. Sea como fuese, por lo menos habré recuperado un día de trabajo... Continuaré.

Debió de trabajar en silencio unas ocho o diez horas más. Terminó de poner al día el trabajo atrasado.

—Bueno, hasta cierto punto puedo trabajar para el futuro. Puedo encabezar otro folio y hacer el transporte. Puedo cubrir las planillas con todo menos las cifras de los informes.

Y eso hizo.

—Será difícil que me vuelva a atosigar de trabajo. Casi podría darme el gusto de holgazanear un día. Ni siquiera sé qué día es, pero debo de haber trabajado veinte horas seguidas, y todavía no ha llegado nadie. Tal vez nunca llegue nadie. Si se mueven a la misma velocidad que la gente de la pesadilla de ahí fuera, no es de extrañar.

Apoyó la cabeza en los brazos, sobre el escritorio. Lo último que vio antes de cerrar los ojos fue el deforme pulgar izquierdo, que siempre había tenido y siempre había tratado de disimular por el cuidado con que movía las manos.

—Al menos sé que todavía soy yo. En cualquier parte me reconocería por este dedo.

Y se quedó dormido sobre el escritorio.

Jenny entró con el rápido clic—clic—clic de los tacones altos, y el ruido despertó a Vincent.

—¿Qué hace usted aquí, dormitando sobre el escritorio, señor Vincent? ¿Ha pasado la noche aquí?

—No lo sé, Jenny. Sinceramente no lo sé.

—Era sólo una broma. A veces, cuando llego un poco temprano, yo también me echo una siestecita.

El reloj marcaba las ocho menos seis, y el segundero giraba normalmente. El tiempo había vuelto al mundo. O a él.

Pero todo ese larguísimo amanecer suyo ¿habría sido simplemente un sueño? En todo caso, se trataba de un sueño muy útil. Le había permitido terminar trabajos que difícilmente hubiera podido hacer en dos días. Y seguía siendo el día que tenía que ser.

Fue a beber agua. Ahora el agua se comportaba normalmente. Se acercó a la ventana. El tránsito se comportaba como era debido. Aunque a ratos lento y a ratos embotellado, seguía el ritmo del mundo normal.

Llegaron los otros empleados. Ninguno de ellos se movía con la celeridad del rayo, pero tampoco era necesario observarlos durante varios minutos para cerciorarse de que no estaban muertos.

—No hay duda que tuvo sus ventajas —dijo Charles Vincent—. Me asustaría vivir así permanentemente, pero sería útil caer en ese estado unos pocos minutos al día y realizar la tarea de varias horas. Quizá sea un caso clínico. Pero ¿cómo podría explicarle al médico lo que me sucedió?

De lo que estaba seguro era que habían transcurrido menos de dos horas desde su primer despertar hasta el momento en que lo despertó de su segundo sueño el repiqueteo de los tacones de Jenny. No tenía la menor idea de cuánto había dormido esa segunda vez, o en qué zona del tiempo. Pero, ¿cómo podría explicarse todo aquello? Se había demorado mucho en sus habitaciones, mucho más que de costumbre, a causa de la confusión. Desconcertado, había caminado kilómetros y kilómetros por la ciudad. Y había estado sentado en la placita durante horas, analizando la situación. Y había pasado en el escritorio, trabajando, un tiempo increíblemente largo.

Bueno, iría a ver al médico. Un hombre está obligado a abstenerse de hacer el ridículo ante el mundo, pero algunas veces tiene que pasar por tonto ante su abogado, su sacerdote o su médico. A ellos, la profesión les impide burlarse abiertamente.

A mediodía fue a ver al médico.

El doctor Mason no era en realidad un amigo. Charles Vincent descubrió con cierta desazón que no tenía amigos verdaderos, sólo conocidos y colegas. Era como si perteneciese a una especie un poco distinta de la de sus semejantes. Ahora sentía un oscuro deseo de tener un amigo personal.

Pero el doctor Masón era un conocido de varios años, tenía fama de ser buen médico, y además Vincent ya había llegado al consultorio y lo habían hecho pasar. Ahora tendría que... Bueno, ése era un modo de empezar tan válido como cualquier otro.

—Doctor, estoy en un aprieto. Tendré que inventar algunos síntomas para justificar mi visita, o buscar una excusa y marcharme o contarle lo que me preocupa aunque usted piense que soy una nueva especie de idiota.

—Vincent, la gente inventa síntomas todos los días para justificar sus visitas, y yo sé que les falta valor para confesar la verdadera razón que los trae aquí. Y, día tras día, la gente busca excusas y se marcha. Pero la experiencia me dice que recibiré honorarios más suculentos si usted opta por lo tercero. Además, Vincent, no hay especies nuevas de idiotas.

—Quizá no suene tan tonto si lo cuento rápido —dijo Vincent—. Esta mañana, al despertar, tuve varias experiencias extrañas. Era como si el tiempo mismo se hubiese detenido, o como si el mundo entero se moviese en cámara superlenta. El agua no corría ni hervía, y el fuego no calentaba la comida. Los relojes, que en un principio creí se habían parado, andaban a algo así como un minuto por hora. La gente que encontré en las calles parecía muerta, petrificada como en un cuadro. Sólo después de observarla durante un rato muy largo me di cuenta de que en realidad tenían movimiento. Vi un taxi que se arrastraba más despacio que el más retardado de los caracoles, y había un hombre muerto al volante. Fui hasta allí, abrí la puerta, y le puse el freno. Al cabo de un rato descubrí que el hombre no estaba muerto. Pero se inclinó hacia el volante y se rompió la cara contra él. Su cabeza ha de haber tardado todo un minuto en recorrer un trecho de veinte centímetros, y sin embargo no pude impedir que se golpeara contra el volante. Después hice otras cosas raras en un mundo que se había muerto de pie. Caminé muchos kilómetros por la ciudad, y luego me senté durante horas incontables en el parque. Fui a la oficina y entré. Hice trabajos que me deben de haber llevado unas veinte horas. Luego dormí una siesta en el escritorio. Cuando llegaron los demás me desperté, y faltaban seis minutos para las ocho de la mañana del mismo día, hoy. No habían pasado ni dos horas desde que me levantara, y el tiempo era otra vez normal. Pero me pasaron cosas en ese lapso que no pueden caber en dos horas.

—Ante todo una pregunta, Vincent. ¿Hizo usted realmente el trabajo, el trabajo de muchas horas?

—Lo hice. Lo hice, y lo hice en ese lapso. Y no se deshizo cuando el tiempo Volvió a la normalidad.

—Una segunda pregunta: ¿Había estado usted preocupado por su trabajo, por lo atrasado que estaba?

—Sí. ¡Decididamente, sí!

—Entonces, aquí tiene una explicación. Usted se retiró anoche. Pero poco después se levantó en estado de sonambulismo. Hay facetas del sonambulismo que nos son totalmente incomprensibles. Esos interludios de tiempo fuera de foco no fueron otra cosa que un ataque de sonambulismo. Usted se vistió y fue a la oficina y trabajó toda la noche. En estado de sonambulismo es posible realizar tareas rutinarias rápida y hasta febrilmente, obrar prodigios. Es posible que usted se haya dormido normalmente al terminar, o que se haya despertado directamente de su trance a la llegada de sus compañeros. Ahí tiene. Esa es una explicación plausible y aceptable. En el caso de un suceso aparentemente extraño, siempre es bueno contar con una explicación racional en la cual apoyarse. Esto por lo general satisface al paciente y le tranquiliza el espíritu. Pero a menudo la explicación no me satisface a mí.

—Su explicación casi me satisface a mí, doctor Mason, y en verdad me tranquiliza bastante el espíritu. Estoy seguro de que muy pronto podré aceptarla por completo. Pero ¿por qué no lo satisface a usted?

—Una de las razones es un hombre, un conductor de taxi que atendí esta mañana muy temprano. Tenía la cara destrozada y había visto, o casi visto, a un fantasma: un fantasma increíblemente veloz, más una sensación que una imagen. El fantasma le abrió la puerta del coche cuando él iba a toda velocidad, le clavó los frenos y le hizo dar con la cabeza contra el volante. Ese hombre estaba aturdido y sufría una ligera conmoción. Lo convencí de que no había visto ningún fantasma, que quizá se había quedado dormido al volante y había chocado contra algo. Como le digo, es más difícil convencerme a mí que a mis pacientes. Pero puede haber sido una coincidencia.

—Eso espero. Aunque me parece que tiene usted otra reserva con respecto a mi caso.

—Al cabo de unos pocos años de práctica, rara vez veo u oigo algo nuevo. Ya me han contado dos veces un suceso o un sueño semejante a su experiencia.

—¿Convenció usted a esos pacientes de que no eran más que sueños?

—Los convencí. A ambos. Es decir, los convencí las primeras veces que les sucedió.

—¿Quedaron satisfechos?

—Al principio, sí. Más tarde, no del todo. Pero ambos murieron antes de transcurrido un año de su primera visita.

—De nada violento, espero.

—Ambos tuvieron la más dulce de las muertes. La de la senectud extrema.

—Ah, bueno. Yo soy demasiado joven para eso.

—Vincent, me gustaría que volviera a verme dentro de un mes, aproximadamente.

—Lo haré, si reaparece la alucinación o el sueño. O si no me siento bien.

Después de eso, Charles Vincent empezó a olvidarse del incidente. Sólo lo recordaba con humor algunas veces, cuando se atrasaba en el trabajo.

—Bueno, si la cosa se vuelve fea, puedo recurrir a otra sesión de sonambulismo y ponerme al día. Pero si existe otra dimensión de tiempo, y pudiera entrar en ella a voluntad, más de una vez me sería útil.

Charles Vincent no vio en ningún momento la cara del hombre. Está muy oscuro en algunos de esos clubes, y el Coq Bleu es como el interior de una tumba. Vincent iba a los clubes sólo alrededor de una vez por mes, casi siempre después de un espectáculo, cuando no quería volver a casa y meterse en la cama, o simplemente cuando estaba nervioso.

Quizá los ciudadanos de estados más felices desconozcan los misterios de los clubes. En el de Vincent los únicos bares son las cervecerías, y sólo en los clubes puede una persona conseguir un trago, y los únicos que pueden entrar son los socios. Es verdad que hasta un club tan pequeño como el Coq Bleu contaba con treinta mil socios, y eso, a un dólar por año, no deja de ser un interesante complemento. La impresión de las tarjetitas para los socios costaba apenas un centavo, y el socio mismo escribía en ella su nombre. Pero había que tener una tarjeta o un dólar para la tarjeta si uno quería ser admitido.

Sin embargo, no había entretenimientos en esos clubes.

Y aquel no era nada más que un saloncito casi a oscuras. La oscuridad de los clubes era sólo una tradición, pero tenía fuerza de ley.

El hombre estaba allí, y luego no estaba, y luego volvía a estar. Y el lugar que elegía para sentarse era siempre demasiado oscuro para que se le viera la cara.

—Me pregunto —le dijo a Vincent (o al bar en general, pese a que no había otros parroquianos y que el encargado estaba dormido) —, me pregunto si habrá leído usted la obra de Zubarin sobre la relación entre el extradigitalismo y el genio.

—Nunca oí hablar de la obra ni del hombre —dijo Vincent—. Dudo que existan.

—Yo soy Zubarin —dijo el hombre.

Instintivamente, Vincent ocultó el deforme pulgar izquierdo. Sin embargo, era imposible que se lo hubiese visto con aquella luz, y debía de estar loco para suponer que podía haber alguna relación entre su dedo y el comentario del hombre. El suyo no era en realidad Un pulgar doble. Él no era un extradigital, y tampoco era un genio.

—No tengo ningún interés en hablar con usted —dijo Vincent—. Estaba a punto de marcharme. No me gusta despertar al encargado, pero quería otro trago.

—Dicho y hecho.

—¿Qué?

—Su vaso está lleno.

—¿Lleno? Cierto. ¿Es un truco?

—Truco es un comodín al que recurrimos para nombrar todo lo que nos parece demasiado frívolo o demasiado misterioso para comprenderlo. Sin embargo, hace un mes, en una larga madrugada, usted también habría podido hacer el truco, y casi tan bien como yo.

—¿Yo? ¿Cómo sabe usted lo de mi larga madrugada... suponiendo que haya existido tal cosa?

—Porque lo observé durante un rato. Pocos hombres poseen el equipo adecuado para observar a alguien que está en ese trance.

Guardaron silencio durante un rato, y Vincent miró el reloj y se dispuso a marcharse.

—Me pregunto —dijo el hombre en la oscuridad— si ha leído usted la obra de Schimmelpenninck sobre el sexagésimo y el duodécimo de los Misterios Caldeos.

—No lo he leído, y dudo que alguien lo haya hecho. Apuesto a que usted también es Schimmelpenninck, y que acaba de inventar el nombre en un súbito rapto de inspiración.

—Es verdad, soy Schimm, pero inventé ese nombre en un súbito rapto de inspiración hace muchos años.

—Usted me aburre un poco —dijo Vincent—, pero le quedaría agradecido si hiciera una vez más el truco de llenarme el vaso.

—Acabo de hacerlo. Y usted no está aburrido, está asustado.

—¿De qué? —preguntó Vincent cuyo vaso, en efecto, se había vuelto a llenar.

—De entrar otra vez en un sueño que no está seguro de que haya sido un sueño. Pero el ser al mismo tiempo invisible e inaudible tiene sus ventajas.

—¿Usted puede ser invisible?

—¿No lo era acaso hace un instante cuando fui atrás del bar a prepararle su trago?

—¿Cómo?

—Un hombre a paso vivo avanza a razón de unos ocho kilómetros por hora. Multiplique eso por sesenta, que es el número del tiempo. Cuando me levanto de mi banqueta y voy atrás del bar, lo hago a un promedio de quinientos kilómetros por hora. Por lo tanto, para usted soy invisible, especialmente si me muevo mientras parpadea.

—Hay algo que no encaja. Usted pudo haber ido al bar y vuelto. Pero no pudo haber llenado el vaso.

—¿Diremos más bien que el dominio sobre los líquidos y otros objetos no es otorgado a los principiantes? Pero para nosotros hay muchas maneras de matarle el punto a la lentitud de la materia.

—Creo que es usted un embustero. ¿Conoce al doctor Mason?

—He oído hablar de él, y sé que usted fue a consultarlo. Y conozco sus vanos intentos por develar cierto misterio. Pero no le he hablado a él de usted.

—Sigo pensando que usted es un cuentero. ¿Podría volver a ponerme en el estado onírico de un mes atrás?

—No fue un sueño. Pero podría ponerlo en ese estado.

—Demuéstremelo.

—Mire el reloj. ¿Me creerá usted si le dijo que señalándolo con el dedo puedo hacer que se detenga para usted? Para mí ya está detenido.

—No, no le creo. Sí, supongo que tengo que creerle, pues veo que usted ya lo ha hecho. Pero puede ser otro truco. No sé dónde está enchufado el reloj.

—Yo tampoco. Venga hasta la puerta. Fíjese en todos los relojes que alcance a ver. ¿No están todos parados?

—Sí. Quizás haya un corte de luz en toda la ciudad.

—Usted sabe que no es así. Todavía hay algunas ventanas iluminadas en aquellos edificios, aunque es bastante tarde.

—¿Por qué juega conmigo? Yo no estoy ni dentro ni fuera... O me cuenta el secreto o me dice de una vez por todas que no me lo va a revelar.

—No es un secreto simple. Sólo es accesible una vez que se ha asimilado toda la filosofía y todo el saber.

—Un hombre no puede llegar a eso en una sola vida.

—No en una vida común. Pero el secreto del secreto, si es que lo puedo llamar así, consiste en que uno debe utilizar parte de ese secreto como instrumento de aprendizaje. Usted no podría aprenderlo todo en una sola vida, pero al permitírsele dar el primer paso, el de poder leer, digamos, sesenta libros en el tiempo que le llevaría leer uno, detenerse un minuto para reflexionar y utilizar sólo un segundo, terminar el trabajo del día en ocho minutos y así disponer de tiempo para otras cosas... ahí ya tiene todos los elementos para un punto de partida. Debo pre venirlo, sin embargo. Hasta para los más inteligentes, es una carrera.

—¿Una carrera? ¿Qué carrera?

—Es una carrera entre el éxito, que es la vida, y el fracaso, que es la muerte.

—Dejemos de lado el melodrama. Pero ¿cómo hago para ponerme en trance y salir de él?

—Oh, eso es simple, tan sencillo que parece un artilugio. Ahora le voy a dibujar dos diagramas. Obsérvelos con atención. Este primero, proyéctelo en su mente, y ya está en trance. Ahora el segundo: proyéctelo, y sale del trance.

—¿Tan fácil?

—Tan engañosamente fácil. El truco consiste en aprender cómo funciona: si usted quiere triunfar, es decir, vivir.

Charles Vincent se separó del hombre y volvió a casa, recorriendo los dos kilómetros en algo menos de quince segundos. Pero todavía no le había visto la cara.

Hay ventajas intelectuales, monetarias y amorosas en la posibilidad de entrar a voluntad en el estado de aceleración. Es un juego excitante. Uno debe tener cuidado de que no lo descubran, de no romper ni dañar lo que está en estado normal.

Vincent siempre encontraba ocho o diez minutos en los que, sin que nadie lo observara, realizaba el trabajo del día. Y una pausa de quince minutos para el café se convertía en quince horas de aventuras por la ciudad.

Estaba ese placer infantil que le proporcionaba el hecho de convertirse en fantasma: aparecer y quedarse inmóvil frente a un tren a toda velocidad y obligarlo a tocar el silbato, y no correr peligro, porque podía moverse cinco o diez veces más rápido que el tren; entrar y sentarse repentinamente en medio de un grupo selecto y ver el asombro pintado en los rostros, y luego desaparecer como por arte de magia; interferir en juegos y competencias deportivas, subir al cuadrilátero donde se disputaba un campeonato, y hacer trastabillar, trabar o aporrear al boxeador que le disgustaba; cruzar como una centella la pista de hockey sobre hielo, patinando a dos mil kilómetros por hora y hacer docenas de goles en cada arco, mientras la gente sólo sabía que estaba ocurriendo algo raro.

Era un placer romper ventanas entonando cancioncitas, porque la voz (cuando estaba en trance) tenía para el mundo sesenta veces su registro habitual, aunque para Vincent era normal. Y por esa razón era inaudible para los demás.

Se divertía con raterías y jugarretas. Podía sacarle a un hombre la billetera del bolsillo y estar a dos manzanas de distancia cuando la víctima reaccionaba. Podía volver y metérsela en la boca cuando el hombre berreaba llamando a un polizonte.

Podía entrar en la casa de una señora que estaba escribiendo una carta, arrebatarle el papel, escribir tres renglones y hacerse humo antes que el primer grito brotase de la garganta de la dama.

Era capaz de sacar el zapato y el calcetín del pie de un hombre en plena marcha. En ningún rostro humano se pintó jamás tal expresión de desconcierto total como en el del primer hombre a quien le sucedió esto. Encontrarse de repente casi descalzo en una calle atestada de transeúntes es una experiencia sin parangón.

Vincent podía pintar de verde oscuro las gafas de un hombre, y alterar así por completo la personalidad del sujeto. Tragaba saliva, agitaba los brazos y adquiría una serie de nuevos tics. O cuando una víctima daba la primera calada de un cigarrillo, Vincent se lo sacaba de la boca, lo fumaba rápidamente hasta reducirlo a una brasa y se lo volvía a colocar.

Quitaba la comida de los tenedores camino a la boca, metía tortuguitas y peces vivos en los platos de sopa entre cucharada y cucharada. Y cuando una cocinera rompía un huevo sobre la sartén, arrebataba en el aire la yema y la clara, y las reemplazaba por un alborotador pato adulto ante la consternación de la cocinera y el ave.

Ataba con fuertes cuerdas las manos de los que se saludaban y los cordones de los zapatos de las parejas de baile. O arrancaba las cuerdas de las guitarras mientras las estaban tocando, o hurtaba la boquilla de una corneta en el momento en que el cornetista hacía una pausa para respirar. Les abría las cremalleras de la ropa a las personas de ambos sexos en las ocasiones más solemnes, y fue el responsable (probablemente) de que Feldman no hubiese sido elegido alcalde. Ocurrió en el estrado, y fue la ruina de Feldman.

Este tipo de cosas puede constituir una novedad agradable durante algún tiempo. Existía, por supuesto, la dificultad de movilizar objetos de gran tamaño. Algo que Vincent siempre anheló, fue introducir un caballo en el momento culminante de cierta asamblea. Pero un caballo es demasiado voluminoso para transportarlo de un lugar a otro en tiempo acelerado. Vincent sacó el diagrama que le había dado el hombre sin rostro, y se lo mostró al único caballo que conocía. Pero el caballo no entendió la idea. No hubo forma de hacerlo entrar en el estado acelerado.

—Tendré que conseguir un caballo más inteligente o un método nuevo para mover objetos pesados —dijo Charles Vincent.

A veces Vincent esposaba uno con otro a dos desconocidos mientras esperaban que cambiasen las luces del tránsito. Ataba a los postes de los faroles callejeros a los que se apoyaban en ellos y les robaba las prótesis a los infelices usuarios de dentaduras postizas.

Escribía con carbonilla mensajes crípticos y aterradores en un plato en el momento preciso en que el comensal empezaba a servirse. Cambiaba las cartas de la mano de un jugador a la de otro cuando el juego estaba en su apogeo, e interfería malignamente el recorrido de las bolas de billar.

Retiraba las pelotas de golf de los tees durante el back swing, y dejaba clavadas en el suelo, con el tee notas escritas con grandes caracteres: “ME ERRASTE.”

Robaba las pelotas de béisbol de las manos enguantadas de los catchers en el instante mismo en que las atajaban, y las sustituía por pichones de gorrión. Y se comprobó que en el reglamento no había nada que contemplase esta situación.

O afeitaba bigotes y cabezas. Una y otra vez, a una mujer que no le caía en gracia, la rapó y le doró la cabeza.

Cuando los pagadores contaban dinero, se entrometía sin contemplaciones y se enriquecía. Cortaba los cigarrillos en dos con una tijera y apagaba las cerillas y los encendedores, haciendo que un hombre frustrado sufriese un colapso y se echase a llorar al sentirse incapaz hasta de encender un cigarrillo.

Sacaba las armas de las cartucheras de los polizontes y las reemplazaba por pistolas de ventosa y revólveres de agua. Y le encantaba arrancar una sola de las mangas de la chaqueta de un transeúnte elegante. Es más cómico que falte una sola manga que las dos.

Soltaba a los perros de las correas y los sustituía por perritos de juguete con meditas. Metía ranas en los vasos de agua y dejaba cohetes encendidos sobre las mesas de bridge.

Cambiaba la hora de los relojes—pulsera; hacía jugarretas crueles en los urinarios de hombres, obligando a caballeros respetables a orinarse encima.

—En el fondo siempre he sido un niño —decía Charles Vincent.

Además, en los primeros días de ese nuevo estado de trance controlado, se aseguró un bienestar material, adquiriendo riquezas por medios tortuosos, y abriendo cuentas bancarias en varias ciudades bajo distintos nombres, en previsión de posibles momentos de necesidad.

Jamás se avergonzaba de las travesuras que le hacía a la humanidad no acelerada. Pues las personas, cuando estaba en trance, eran para el como estatuas, apenas vivas, apenas móviles, ciegas, sordas. Y no es ninguna irreverencia burlarse de estatuas tan cómicas.

Y además, y también porque en el fondo del corazón era un niño, se divertía con las chicas.

—Soy una masa de magullones negros y azules —dijo Jenny un día—. Me duelen los labios y se me han aflojado los dientes delanteros. No sé qué demonios me pasa.

Sin embargo, Vincent no había tenido intenciones de magullarla o lastimarla. Le tenía cierto cariño, y resolvió ser más cuidadoso. Pero era divertido, cuando estaba en trance y era por lo tanto invisible para ella gracias a la celeridad, besarla aquí y allá, en lugares recónditos, y dejarle otras pequeñas pruebas de su afecto. Era una bonita estatua y una buena chica. Y había otras.

—Has envejecido de golpe —le dijo un día uno de los compañeros de trabajo—. ¿Te cuidas? ¿Tienes alguna preocupación?

—No —dijo Vincent—. Nunca en mi vida fui más feliz.

Ahora tenía tiempo para tantas cosas; en realidad, para todo. No había razón alguna para que no pudiese dominar cualquier cosa en el mundo, si quince minutos le representaban quince horas. Vincent era un lector rápido pero minucioso. Ahora podía leer de ciento veinte a doscientos libros en una tarde y una noche; y ocho minutos de sueño en estado acelerado equivalían a toda una noche de reposo.

Ante todo se dedicó a aprender lenguas. El conocimiento suficientemente amplio de una lengua como para poder leerla se adquiere en trescientas horas de tiempo normal, o trescientos minutos (cinco horas) de tiempo acelerado. Y si uno las estudia en orden, de la más familiar a la más exótica, no existe ninguna dificultad real. Para empezar, aprendió cincuenta; y siempre podía aprender otra, en una tarde cualquiera, si consideraba que le era necesaria.

Al mismo tiempo empezó a adquirir y consolidar conocimientos. En literatura, a decir verdad, no hay más de diez mil libros que valga la pena leer, capaces de fascinar. A esos los leyó de cabo a rabo con inmenso placer, y dos o tres mil de ellos le parecieron lo suficientemente importantes como para reservarlos para una segunda lectura.

La historia, en cambio, es muy desigual. Es necesario leer textos y fuentes que, desde el punto de vista del estilo, no son interesantes. Lo mismo sucede con la filosofía. La matemática y las ciencias puras o físicas, no podían, desde luego, ser agotadas con la misma celeridad. Sin embargo, disponiendo de tiempo, todo se puede dominar. No hay ningún concepto expresado a través de los tiempos por una mente humana que no pueda ser comprendido por cualquier otra mente humana normal, si dispone de tiempo, y si lo estudia en el orden y el contexto adecuados y con un apropiado trabajo preparatorio.

Y a menudo (cada vez más a menudo) Vincent sentía que estaba a punto de tocar los dedos del secreto. Y siempre, cuando se acercaba a él, husmeaba en el aire los efluvios del Pozo.

Porque había descubierto todos los hitos de la historia del hombre; o más bien la mayoría de las teorías valederas, o al menos posibles, de la historia del hombre. No era fácil avanzar siempre sin desviarse del camino principal, esa doble senda de racionalidad y revelación que debería conducir hacia un desarrollo cada vez más pleno, a una apertura, al crecimiento y la perfectibilidad. Algunas veces tenía la sensación de estar violando un territorio ajeno a la historia del hombre.

Porque la línea troncal de las crónicas, a menudo oscura y sembrada de escollos, era rastreada a través de la niebla y el miasma. Vincent había aceptado como puntos cardinales de la historia la Caída del Hombre y la Redención. Pero ahora empezaba a presentir que ninguna de las dos había acontecido una sola y única vez, que ambas eran de una recurrencia constante; que de ese Pozo inmemorial emergía una mano cuya sombra se cernía sobre el hombre. Y esa mano había empezado a cobrar en sus sueños (porque sus sueños eran particularmente vividos cuando estaba en trance) la apariencia de la mano de un monstruo, una mano de seis dedos que se acercaba amenazante. Empezaba a comprender que la situación en que estaba atrapado era peligrosa y mortal.

Muy peligrosa.

Muy mortal.

Uno de los libros extraños que a menudo releía y que siempre lo intrigaba era La relación entre el extradigitalismo y el genio escrito por el hombre cuyo rostro nunca había visto.

Prometía más de lo que daba, e insinuaba más de lo que decía. Presentaba una teoría tediosa e inconsistente, plagada de montañas de datos dudosos no elaborados. No logró convencer a Vincent de que las personas geniales (aun llegando a un acuerdo acerca de quiénes o qué eran) tenían con frecuencia la rareza de poseer dedos de más en las manos o en los pies, o vestigios de ellos. Y se preguntaba sin cesar qué relación podría haber entre una cosa y la otra.

Se hablaba, sin embargo, de un corso que habitualmente escondía una mano; de un comandante de épocas más pretéritas y más misterioso aún, que siempre usaba un guantelete; de otro hombre, entre estos dos, que nunca se quitaba un guante; se decía que el genio múltiple, el propio Leonardo, que dibujaba a veces manos humanas (y más a menudo de monstruos) de seis dedos, tenía también esa rara peculiaridad. Y había un comentario sobre César, no concluyente, en el mismo sentido.

Es bien sabido que Alejandro tenía una pequeña deformidad. No se sabe cuál era. Este hombre daba a entender que era aquélla. Y se la atribuía a San Gregorio, a San Agustín, a San Benito, a San Alberto y a Santo Tomás de Aquino. Y sin embargo, ningún hombre con un defecto físico podía ingresar al sacerdocio; si lo tuvieron, debió de ser sólo un vestigio.

Alegaba lo mismo con respecto a Carlomagno y Mahoma, Saladino el caballero y Akhenaton, el faraón; Homero: una estatuilla greco—seleucida lo representa con seis dedos tañendo, mientras recita, un instrumento no identificado; hablaba de Pitágoras, de Buonarotti, Santi, Theotokopou los, Van Rijn, Robusti. Y retrocediendo en el tiempo, ya menos verificables, había muchos más.

Zubarin catalogaba no menos de ocho mil. Afirmaba que todos eran genios. Y extradigitales.

Charles Vincent se miró el pulgar deforme o doble con una sonrisa sardónica.

—Por lo menos estoy en buena compañía, aunque algo aburrida. Pero, en nombre del tiempo triple, ¿qué es lo que pretende usted?

Y poco tiempo después Vincent examinaba tablillas cuneiformes en el Museo del Estado. Era una serie completa y discontinua sobre la teoría numerológica, bastante inteligible para el ahora enciclopédico Charles Vincent. Y la serie decía en parte:

Sobre la divergencia de la base misma y la confusión causada por... pues es Cinco, o es Seis, o Diez o Doce, o Sesenta o Un Centenar, o Trescientos Sesenta o el Doble Centenar, el Millar. La razón, no comprendida claramente por el pueblo, es que Seis y la Docena están Primero, y Sesenta es una condescendiente transacción para con el pueblo.

Para el Cinco, los Diez son tardíos, y no son más antiguos que el Pueblo mismo. Se dice, y se admite, que el Pueblo empezó a contar de Cinco en Cinco y de Diez en Diez por el número de dedos de las manos. Pero antes que el Pueblo los..., debido a que ellos tenían..., contaban de Seis en Seis y de Doce en Doce. Pero Sesenta es el número del tiempo, divisible por ambos, pues unos y otros deben convivir en el Tiempo, aunque no en el mismo plano de tiempo...

El resto estaba en gran parte desperdigado. Fue mientras trataba de organizar en una secuencia lógica los centenares de tabletas de arcilla desordenadas que Charles Vincent creó la leyenda del fantasma del museo.

Porque pasaba allí las noches multi-centihorarias, estudiando y clasificando. Naturalmente, no podía trabajar sin luz, y naturalmente, era visible cuando se quedaba allí inmóvil, abismado en sus estudios. Pero cuando los guardias de movimientos lentos trataban de cercarlo, se movía para eludirlos, y su celeridad lo hacía invisible. Eran una molestia y tenía que desanimarlos. Los aporreó a gusto, y eso les aplacó el entusiasmo por capturarlo.

Su único temor era que alguna vez intentasen dispararle un tiro para ver si era fantasma o humano. Si veía venir una bala, la podría esquivar, pues ésta nunca llegaría a alcanzar más de dos veces y media su propia velocidad máxima. Pero una bala no vista podía penetrar peligrosamente, incluso fatalmente, antes de que lograse moverse para esquivarla.

Vincent había apadrinado leyendas de otros fantasmas; el de la Biblioteca Central, el de la Biblioteca de la Universidad, el de la Biblioteca Técnica John Charles Underwood, Jr. Esta pluralidad de fantasmas hacía que la existencia de uno fuese invalidada por la de otro, y ponía en ridículo a los creyentes. Aun aquellos que lo habían visto como fantasma no admitían creer en fantasmas.

Charles Vincent había vuelto al consultorio del doctor Mason para el control mensual.

—Tiene aspecto terrible —le dijo el médico—. Sea por lo que sea, usted ha cambiado. Si dispone de los medios, debería tomarse un buen descanso.

—Tengo los medios —dijo Vincent— y eso es precisamente lo que voy a hacer. Me tomaré un descanso de uno o dos años.

Había empezado a retacear el tiempo que debía vivir al ritmo normal del mundo. A partir de ese momento se le vio como un solitario. Era callado e insociable, la idea de volver al estado normal para entablar tediosas conversaciones le fastidiaba. En el estado de trance las voces eran demasiado débiles para penetrar en su conciencia.

Excepto la del hombre cuya cara nunca había visto.

—Está haciendo progresos muy lentos —le dijo el hombre, otra vez en el club oscuro—. Los que no progresan más rápidamente no nos sirven. A fin de cuentas, lo suyo no es más que un vestigio. Es probable que haya en usted muy poco de la antigua raza. Afortunadamente, los que no progresan se destruyen a sí mismos. No había imaginado que hay sólo dos fases de tiempo, ¿verdad?

—Últimamente he llegado a sospechar que hay muchas más —dijo Charles Vincent.

—¿Y comprende usted que con un solo paso no puede triunfar?

—Comprendo que la vida que he estado llevando es una abierta violación de todo lo que sabemos acerca de las leyes de la materia, la dinámica y la aceleración, así como de las leyes de conservación de la energía, el potencial de la persona humana, la compensación moral, la dorada mediocridad y la capacidad de los órganos humanos. Sé que no puedo multiplicar por sesenta la energía y la experiencia sin aumentar la cantidad de alimentos a ingerir, y sin embargo eso hago. Sé que no puedo vivir con ocho minutos de sueño en veinticuatro horas, pero también hago eso. Sé que no puedo, razonablemente, acumular cuatrocientos años de experiencia en una sola vida, y sin embargo, irracionalmente, no veo qué cosa podrá impedírmelo. Pero ¿dice que me destruiré a mí mismo?

—Aquellos que sólo dan el primer paso se destruirán a sí mismos.

—¿Y cómo se hace para dar el segundo paso?

—A su debido tiempo se le dará la oportunidad.

—Tengo el extraño presentimiento de que la voy a rechazar.

—Sí, de acuerdo con los síntomas actuales la rechazará. Usted es quisquilloso.

—Y usted exhala un tufillo, Viejo sin Cara. Ahora sé qué es. Es el olor del Pozo.

—¿Tan lerdo es usted que eso es todo cuanto ha aprendido? Pero ese es el nombre.

—Es el cieno del Pozo, el mismo con el que hicieron las tabletas de arcilla, en la antigua comarca entre los ríos. He soñado que la mano de seis dedos salía del Pozo y se cernía sobre todos nosotros. ¡De esa ciénaga!

—No se olvide que, de acuerdo con una segunda versión, Otro hizo al Hombre del mismo barro.

—Y yo he leído, Viejo, que “el Pueblo contaba al principio de Cinco en Cinco y de Diez en Diez por el número de dedos de las manos. Pero antes que el pueblo los..., debido a que ellos tenían..., contaban de Seis en Seis y de Doce en Doce”. Pero el tiempo ha dejado blancos en esas tabletas.

—Sí. El Tiempo, en una de sus manifestaciones, ha dejado esos blancos con un propósito deliberado.

—No puedo descubrir el nombre de lo que va en uno de esos espacios. ¿Puede usted?

—Yo soy parte del nombre que va en uno de esos blancos.

—Y es el Hombre sin Rostro. Pero ¿por qué domina y controla a la gente? ¿Y con qué fin?

—Pasará mucho tiempo antes de que usted conozca las respuestas.

—Cuando me llegue el momento de las opciones, tendré que sopesarlas cuidadosamente. Pero dígame, Hombre sin Rostro que viene del Pozo, ¿no son los pozos y los hombres sin rostro muy góticos y decimonónicos?

—Hubo en ese siglo una disposición del ánimo que estuvo a punto de develar nuestro secreto.

Después de esa entrevista, el desaliento se apoderó de la vida de Charles Vincent, pese a que aún tenía todos los poderes excepcionales. Y ahora rara vez se permitía hacer travesuras.

Excepto con Jennifer Parkey.

Era extraño que se sintiese atraído por ella. Apenas la conocía en el mundo normal, y era por lo menos quince años mayor que él. Pero ahora lo seducían sus encantos juveniles, y todas sus travesuras con ella eran delicadas.

Por un lado, esta solterona no se asustó, ni empezó a tomar la precaución de cerrar la puerta con llave, pues nunca se había molestado en hacer semejante cosa. Él se le acercaba por detrás y le acariciaba el pelo, y ella le hablaba muy tranquila, con una especie de creciente excitación en la voz:

—¿Quién eres? ¿Por qué no te haces ver? Eres un amigo, ¿no? ¿Eres un hombre o eres otra cosa? Si puedes acariciarme, ¿por qué no me hablas? Por favor, déjame verte. Te prometo que no te haré daño.

Era como si pensara que nada sobrenatural podría dañarla. Y cuando él la abrazaba o le besaba la nuca, le decía:

—Debes de ser un niñito, o algo muy parecido a un niñito. Eres bueno en no romper mis cosas cuando andas por aquí. Ven y déjame que te abrace.

Sólo las personas muy buenas no tienen miedo a lo desconocido.

Cuando Vincent se encontraba con Jennifer en el mundo normal —y ahora buscaba esas oportunidades con mayor frecuencia—, ella lo miraba con interés, como si adivinase que algo los unía.

Un día le dijo:

—Sé que es una descortesía decirlo, pero no se lo ve nada bien. ¿Ha ido al médico?

—Varias veces. Pero creo que es mi médico el que debería ver a un médico. Siempre se caracterizó por hacer comentarios raros, pero ahora parece estar un poco intranquilo.

—Si yo fuese su médico, creo que también estaría un poco intranquila. Pero usted tendría que averiguar qué es lo que anda mal. Tiene un aspecto terrible.

No tenía un aspecto terrible. Había perdido el pelo, es verdad, pero muchos hombres pierden el pelo a los treinta años, aunque quizá no tan repentinamente como él. Charles pensó en atribuirlo a la resistencia del aire. Al fin y al cabo, cuando estaba en trance, caminaba a unos quinientos kilómetros por hora. Y si eso ocurre a menudo, es muy probable que el pelo se le vuele a uno de la cabeza. ¿Y no sería también ésa la causa de los problemas de la piel, y de la mirada de cansancio que le aparecía en los ojos? Pero sabía que todo eso era absurdo. No sentía mayor presión de aire en el estado de aceleración que en el estado normal.

Ya había recibido la convocatoria. Optó por no contestarla. No quería que le presentasen las alternativas; no tenía ningún deseo de ser uno de los del Pozo. Pero tampoco tenía intención de renunciar a las grandes ventajas que le llevaba ahora a la naturaleza.

—Me quedaré con las dos —dijo—. Ya soy una contradicción y una imposibilidad. No puedes quedarte con los huevos de oro y con la gallina que los pone. El proverbio no es más que el enunciado de la primera ley de las compensaciones morales: no pedirle al sayo más que lo que da. Sin embargo llevo ya bastante tiempo violando todas las leyes, rompiendo todos los equilibrios. No hay camino sin atajo. El que quiere celeste, que le cueste. No hay cuesta sin valle ni valle sin cuesta. Pero ¿son realmente los proverbios leyes universales? Sin duda. Un buen proverbio tiene la fuerza de una ley universal: no es más que otra forma de enunciarla. Pero yo he quebrantado todas las leyes universales. Queda por ver si lo he hecho con impunidad.

"Toda acción tiene su reacción. Si me niego a tratar con ellos, provocaré una fuerte reacción. El Hombre sin Rostro dijo que era siempre una carrera entre la sabiduría absoluta y la destrucción. Muy bien, competiré con ellos para alcanzarla.

Entonces empezaron a perseguirlo. Sabía que el grado de aceleración de ellos respecto del suyo era comparable al suyo respecto del normal. Para ellos, él era una estatua casi inmóvil, apenas diferenciable de un muerto. Y ellos eran invisibles e inaudibles a la vez para él, por la celeridad con que se movían. Lo lastimaban y acosaban. Pero él seguía sin responder a su llamada.

Cuando el encuentro se produjo, fueron ellos quienes tuvieron que ir hacia él, y se materializaron allí, en su cuarto, hombres sin rostros.

—La alternativa —dijo uno—. Bueno, usted nos obligó a la torpeza de tener que decirla con todas las letras.

—No quiero tener nada que ver con ustedes —dijo Charles Vincent—. Todos ustedes huelen al Pozo, a ese viejo fango de las tablillas cuneiformes de la comarca entre los ríos, del pueblo que existió antes del Pueblo.

—Duró mucho tiempo —dijo uno de ellos—, y consideramos que va a ser eterno. Pero el Jardín que quedaba en las cercanías, ¿sabe cuánto duró el Jardín?

—No lo sé.

—Ni siquiera un día. Todo sucedió en un solo día, y antes del anochecer ya estaban afuera. Usted quiere jugarse por algo más permanente, ¿no es así?

—No. No creo que quiera eso.

—¿Qué tiene que perder?

—Sólo mi esperanza de eternidad.

—Pero usted no cree en eso. Ningún hombre ha creído jamás sinceramente en la eternidad.

—Ningún hombre ha creído jamás por completo en ella, ni ha dejado de creer en ella por completo —dijo Charles Vincent.

—En todo caso no se la puede probar —dijo uno de los hombres sin rostro—. Nada puede probarse hasta que ha terminado. Y en este caso, si alguna vez tiene un final, quedaría refutada. Y durante todo ese tiempo, no estaría uno tentado de preguntarse: ¿Y si, a pesar de todo, termina dentro de un minuto?

—Supongo que, si sobrevivimos a la carne, se nos otorgarán ciertas garantías.

—Pero usted no está seguro de sobrevivir ni de recibir, ni tampoco podría aceptar como seguras tales garantías. Ahora bien, nosotros ofrecemos algo que se asemeja mucho a la eternidad. Cuando el Tiempo se multiplica por sí mismo, y eso se repite una y otra vez, ¿no es una aproximación a la eternidad?

—No lo creo. Pero no seré uno de ustedes. Uno ya me dijo que yo era demasiado quisquilloso. ¿Ahora me dirán que me van a destruir?

—No. Dejaremos que usted mismo se destruya. Usted solo no puede ganar la carrera contra la destrucción.

De algún modo, después de esa entrevista, Charles Vincent se sintió más maduro. Sabía que no estaba destinado a ser un poltergeist o una criatura del Pozo, con seis dedos. Sabía que en alguna forma tendría que pagar por cada minuto y por cada hora que había ganado. Pero lo que había ganado lo aprovecharía al máximo. Y trataría de usar todo cuanto pudiese darle la simple adquisición de conocimiento humano.

Ahora sorprendía al doctor Mason con los conocimientos médicos que había adquirido, mientras el médico lo divertía con la preocupación que mostraba por Vincent. Porque se sentía muy bien. Quizá no era tan activo como antes, pero eso se debía únicamente a que ahora desconfiaba de la actividad sin una meta. Seguía siendo el fantasma de las bibliotecas y museos, pero lo intrigaban las noticias periodísticas que insinuaban que un fantasma viejo había reemplazado a uno joven.

Ahora las visitas místicas a Jennifer Parkey eran menos frecuentes. Porque siempre lo desanimaba oiría exclamar, dirigiéndose a él en su forma espectral:

—Tus caricias han cambiado tanto. ¡Pobrecita! ¿Puedo hacer algo por ayudarte?

Decidió que de algún modo ella era demasiado inmadura para comprenderlo, aunque todavía le tenía cariño. Transfirió su afecto a la señora Milly Maltby, una viuda por lo menos treinta años mayor que él. No obstante, lo que lo atrajo en ella fue una cierta frescura juvenil. Era una mujer ingeniosa y de verdadera ternura, y también ella aceptó sus visitas sin temor, después de un primer momento de pánico.

Jugaban juntos: juegos escritos, porque por escrito se comunicaban. Milly garabateaba una línea, luego sostenía el papel en el aire y entonces él lo hacía desaparecer en su esfera. Se lo devolvía después de medio minuto, o medio segundo de tiempo de Milly con la réplica. Tenía sobre ella la ventaja de que su tiempo le daba más oportunidad para pensar las respuestas, pero ella tenía sobre él la ventaja de un ingenio natural, y era difícil superarla.

También jugaban a las damas, y a menudo él tenía que retirarse entre jugada y jugada para leer un capítulo de un libro sobre el tema; y aun así, ella solía ganarle. Porque el talento natural es capaz de igualar al saber acumulado y a los sistemas codificados.

Pero a su manera también le era infiel a Milly, pues ahora se interesaba —ya no se enamoraba ni se apasionaba— por una tal señora Roberts, una bisabuela que le llevaba por lo menos cincuenta años. Había leído todo cuanto se había escrito sobre la atracción que los viejos ejercen sobre los jóvenes, pero aun así no podía explicarse esos sucesivos entusiasmos. Decidió que esos tres ejemplos bastaban para establecer una ley universal: que ninguna mujer le tiene miedo a un fantasma, aunque la toque y sea invisible, y le escriba esquelas sin manos. Es posible que los espíritus enamorados hayan sabido esto desde tiempos remotos, pero Charles Vincent lo había descubierto por sus propios medios.

Cuando se ha acumulado suficiente conocimiento sobre un tema dado, la estructura total surgirá a veces súbitamente, como la imagen, antes invisible, aparece en una fotografía revelada. Y si se acumula conocimientos suficientes sobre todas las cosas ¿no existirá la posibilidad de que surja una ley que abarque todas las cosas?

Ese último entusiasmo atrapó a Charles Vincent. En una larga vigilia, mientras consultaba fuentes y fuentes y las clasificaba mentalmente, le pareció que la ley estaba allí, clara y nítida, no obstante su asombrosa e intrincada complejidad:

—Sé todo cuanto ellos saben en el Pozo —dijo Vincent—, y conozco un secreto que ellos ignoran. No he perdido la carrera, la he ganado. Puedo derrotarlos en el aspecto en que ellos se creen invulnerables. Si en el Más Allá vamos a ser controlados, al menos no necesitaremos ser controlados por ellos. Ahora todo encaja a la perfección. He encontrado la verdad absoluta, y son ellos quienes han perdido la carrera. Yo tengo la llave. Ahora podré disfrutar del beneficio sin tener que pagar el precio último de la derrota y la destrucción, o de colaborar con ellos.

Ahora sólo me resta aplicar mis conocimientos para difundir la verdad, y por lo menos una sombra dejará de cernirse sobre la humanidad. Lo haré ahora mismo. Bueno, casi ahora mismo. Está amaneciendo en el mundo normal. Me quedaré sentado aquí un rato y descansaré. Luego saldré y empezaré a ponerme en contacto con las personas adecuadas para las disposiciones que quiero tomar. Pero primero me sentaré aquí un rato y descansaré.

Y allí, sentado en la silla, murió apaciblemente.

El doctor Manson hizo una anotación en su diario personal:

Charles Vincent, un caso perfectamente corroborado de envejecimiento prematuro, uno de los más claros en toda la historia de la gerontología. Conocí a este hombre durante muchos años, y atestiguo que un año atrás tenía un aspecto y un estado físico normales, y que su cronología también es correcta, pues también conocí a su padre. Examiné al paciente durante el período de su enfermedad, y no cabe ninguna duda en cuanto a su identidad, que también fue verificada por las impresiones digitales y otros medios. Atestiguo que Charles Vincent murió de vejez a la edad de treinta años, con la apariencia y el estado orgánico de un hombre de noventa.

Luego el doctor empezó a hacer otras anotaciones: “Como en otros dos casos observados por mí, la enfermedad iba acompañada por una especie de alucinación y una serie de sueños, tan idénticos en los tres hombres que casi no lo puedo creer. Y para constancia, y sin duda en desmedro de mi reputación, consignaré aquí lo que ellos me relataron.”

Pero luego de escribir las últimas palabras el doctor Manson reflexionó un rato.

—No, no haré tal cosa —dijo, y tachó los últimos renglones que había escrito—. Es preferible dejar en paz a los dragones dormidos.

Y en algún lugar, los hombres sin rostro con olor a Pozo sonrieron para sus adentros en silenciosa ironía.


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