La habitación estaba completamente vacía. No había muebles, cuadros ni alfombras; únicamente una ventana cerrada. «Escuche», dijo. Obedecí y comprendí enseguida que aquel lugar no era simplemente silencioso. No llegaba el ruido del tráfico, no crujía la madera y ni siquiera mi propia respiración parecía alcanzar aquel espacio. Tras unos segundos comenzó a invadirme una sensación profundamente desagradable. No era el silencio de una biblioteca ni el de una iglesia desierta, sino un vacío absoluto que obligaba al cerebro a inventar sonidos para soportarlo. Cuando salimos experimenté un alivio inmediato. El anciano sonrió como si hubiera previsto mi reacción y comentó con absoluta naturalidad que aquel silencio lo había obtenido en una estación de tren poco antes de un accidente. No comprendí sus palabras y preferí pensar que hablaba en sentido figurado.
La segunda habitación era distinta. El silencio resultaba más ligero, casi melancólico, y despertaba en mí el recuerdo inexplicable de una casa abandonada durante muchos años. Valcárcel explicó que había pertenecido a un matrimonio que dejó de hablarse antes de morir. A partir de entonces me condujo por el resto de la vivienda y descubrí que cada estancia poseía una personalidad propia. Había silencios densos y opresivos, otros transmitían una impaciencia difícil de soportar y uno de ellos me obligó a volverme varias veces convencido de que alguien caminaba detrás de mí. Nunca vi a nadie, pero al terminar el recorrido le pregunté, quizá con más brusquedad de la necesaria, cómo conseguía semejantes efectos. El anciano se limitó a responder que la mayoría de las personas prestaba demasiada atención a las palabras y muy poca a los espacios que quedaban entre ellas.
Aquella frase nunca apareció en el reportaje que finalmente publiqué, como tampoco mencioné las habitaciones. Temí que nadie creyera una sola palabra y preferí limitarme a describir al anciano como un personaje pintoresco. Sin embargo, algo me impulsó a regresar unas semanas después, y luego otra vez. Nunca encontraba dos silencios iguales. Cada visita parecía incorporar una estancia nueva, como si la casa creciera lentamente sin que pudiera advertirse el momento exacto en que aparecía una habitación más.
Una tarde le pregunté cuántos cuartos tenía la vivienda. Valcárcel permaneció pensativo durante unos segundos antes de responder: «Depende de la ciudad». Aquella contestación me irritó profundamente. Empecé a sospechar que todo obedecía a un elaborado truco psicológico y decidí inspeccionar discretamente paredes, suelos y techos en busca de altavoces ocultos o de algún mecanismo capaz de alterar la percepción. No encontré absolutamente nada. Cuanto más intentaba descubrir el engaño, más inexplicable me parecía todo.
Poco después el anciano enfermó. Cuando fui a visitarlo lo encontré acostado junto a la ventana, respirando con evidente dificultad. Apenas le quedaban fuerzas para hablar, pero antes de morir me entregó una única llave y me dijo que la casa ya era mía. Intenté rechazar semejante responsabilidad, convencido de que deliraba, pero no quiso escucharme. Falleció aquella misma noche y, para mi sorpresa, durante los días siguientes no apareció ningún heredero. Toda la documentación estaba en regla. La vivienda me pertenecía legalmente.
Mi primera decisión fue venderla cuanto antes. Era incapaz de soportar aquellos cuartos y la inquietud que despertaban en mí. Sin embargo, antes de poner el anuncio resolví recorrer una última vez la colección. Al abrir la última puerta descubrí una habitación que jamás había visto. Era más pequeña que las demás y el silencio que contenía me resultó insoportablemente familiar. No despertaba tristeza, ni angustia, ni miedo. Era exactamente el silencio de mi propio despacho al caer la tarde, cuando terminaba de escribir y levantaba la vista del papel. Salí precipitadamente y cerré la puerta con llave, convencido de que mi imaginación comenzaba a contagiarse de las obsesiones del difunto.
A la mañana siguiente regresé acompañado por un arquitecto. Necesitaba demostrarme que aquella estancia había sido fruto de un error de percepción. Recorrimos juntos toda la casa y contamos cuidadosamente las habitaciones. Faltaba una. Los planos tampoco mostraban ningún espacio donde pudiera haber existido. El arquitecto terminó asegurándome que probablemente había confundido la puerta de un armario con la entrada a otra habitación. Acepté aquella explicación porque era la única que podía aceptar sin renunciar por completo a la razón.
Han pasado doce años desde entonces y nunca llegué a vender la casa. Continúo viviendo en ella y, de vez en cuando, recibo visitantes a quienes muestro algunas de las habitaciones, aunque nunca todas. Hay una puerta que permanece siempre cerrada. Desde hace unas semanas, cada vez que paso junto a ella, oigo el inconfundible sonido de una máquina de escribir trabajando lentamente al otro lado. Cada noche añade unas pocas líneas más. Jamás he reunido el valor suficiente para entrar, no porque tema descubrir quién está escribiendo, sino porque sospecho que, cuando por fin abra esa puerta, encontraré sobre la mesa el manuscrito de esta misma historia terminado hasta la última palabra... excepto la fecha que figura al pie de la última página. Esa fecha, estoy casi seguro, todavía no ha llegado.
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