El taxista ajustó el espejo retrovisor y miró al pasajero del asiento trasero. Llevaba una gabardina empapada por la tormenta y no se había movido ni una vez desde que subió en el cementerio de la ciudad.
—Mala noche para viajar, ¿verdad? —intentó romper el hielo el conductor, buscando un poco de conversación humana para espantar el sueño.
El pasajero no respondió. Solo levantó lentamente la cabeza, revelando un rostro completamente idéntico al del propio taxista, con las mismas ojeras, la misma cicatriz en la ceja y los mismos ojos inyectados en sangre.
—Mala noche para conducir —respondió el pasajero, con la mismísima voz del conductor—. Despierta de una vez. Nos hemos estrellado hace diez minutos.
Anónimo
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