sábado, 15 de agosto de 2026

Ese Autobús es Otro Mundo

Hay una clase de terror particularmente eficaz que no necesita monstruos, casas encantadas, criaturas sobrenaturales ni acontecimientos imposibles para producir inquietud, porque nace de algo mucho más cercano y reconocible: la realidad cotidiana cuando nos coloca frente a una decisión moral para la que no estamos preparados y nos obliga a descubrir hasta dónde estamos dispuestos a llegar cuando hacer lo correcto puede tener un coste personal. Stephen King ha demostrado en numerosas ocasiones que comprende perfectamente esta clase de miedo, un terror que no depende tanto de aquello que amenaza desde fuera como de aquello que ocurre dentro de nuestra propia conciencia, y «Ese autobús es otro mundo» (That Bus Is Another World) constituye uno de los ejemplos más interesantes de esta vertiente de su literatura. El relato, publicado originalmente en Esquire en 2014 e incluido posteriormente en The Bazaar of Bad Dreams, colección aparecida en 2015 y compuesta por relatos que exploran cuestiones relacionadas con la culpa, el miedo, la muerte, la moralidad y las consecuencias inesperadas, se aleja deliberadamente de buena parte de los elementos más reconocibles de la narrativa de King para situarnos en un escenario absolutamente cotidiano: un hombre corriente viaja en taxi por Nueva York, preocupado por llegar a tiempo a una reunión profesional de enorme importancia, cuando desde el interior del vehículo observa algo terrible que está sucediendo en un autobús que circula junto al suyo. 

La sencillez de este planteamiento es precisamente lo que permite que el relato adquiera tanta fuerza, porque King no necesita construir una situación extraordinaria desde el principio, sino que parte de una experiencia que cualquiera puede reconocer y la transforma progresivamente en un problema moral del que ya no es posible escapar. El protagonista, Wilson, ha viajado desde Birmingham, Alabama, hasta Nueva York para acudir a una reunión profesional que puede resultar decisiva para su futuro, de modo que se encuentra sometido a una presión perfectamente comprensible: llega tarde, necesita alcanzar su destino y tiene la sensación de que todo aquello que ha organizado alrededor de esa cita puede terminar convirtiéndose en un fracaso. King consigue así que Wilson aparezca inicialmente como un hombre completamente normal, sin una personalidad especialmente cruel ni una inclinación evidente hacia la indiferencia o la maldad. Precisamente esa normalidad es esencial, porque cuanto más reconocible resulta el protagonista, más incómoda se vuelve la situación que tendrá que afrontar. Wilson podría ser prácticamente cualquiera de nosotros cuando estamos concentrados en nuestras obligaciones, preocupados por el reloj, pendientes de una cita importante o convencidos de que nuestros propios problemas son suficientemente urgentes como para ocupar toda nuestra atención. 



La idea que origina el relato procede, además, de una experiencia cotidiana transformada mediante la imaginación. Mientras King se encontraba atrapado en el tráfico de París, observó un autobús desde el vehículo en el que viajaba y comenzó a preguntarse qué podía estar sucediendo dentro de aquel espacio cerrado, hasta que la observación terminó convirtiéndose en una situación mucho más inquietante: qué ocurriría si alguien que mira desde otro vehículo descubriera que en el interior de ese autobús se está produciendo un asesinato. La pregunta parece sencilla, pero contiene una enorme dificultad moral, porque contemplar un crimen directamente modifica la posición de quien lo presencia. Wilson no recibe una noticia, no escucha un rumor ni descubre algo después de ocurrido, sino que ve lo que está sucediendo y, desde ese instante, deja de ser simplemente un hombre que intenta llegar a una reunión para convertirse en alguien que posee una información que podría tener consecuencias decisivas para otra persona. El problema ya no consiste solamente en saber qué ha ocurrido, sino en decidir qué responsabilidad adquiere quien ha tenido la desgracia de verlo. 

El título del relato, «Ese autobús es otro mundo», contiene una de las claves más profundas de toda la historia, porque describe simultáneamente una realidad física y una realidad psicológica. Desde el taxi, Wilson contempla un grupo de desconocidos que durante unos minutos viven una existencia completamente ajena a la suya, mientras él permanece preocupado por su reunión, por el tráfico y por su futuro profesional. Los pasajeros del autobús, por su parte, tienen sus propias preocupaciones, sus pensamientos, sus recuerdos y sus problemas, y probablemente ninguno de ellos tiene la menor conciencia de que alguien situado a pocos metros está observando lo que sucede en su interior. Cada vehículo se convierte así en un pequeño universo cerrado, dos mundos que avanzan prácticamente juntos por la misma ciudad y que, sin embargo, permanecen separados por una distancia mínima y por una simple ventana. Esta imagen adquiere una dimensión especialmente poderosa cuando se relaciona con la experiencia de vivir en una gran ciudad, donde constantemente observamos durante unos segundos a personas cuyas vidas desconocemos por completo y que después desaparecen entre miles de rostros. 

King aprovecha precisamente esa experiencia para introducir el horror, porque mirar a través de la ventana de un autobús, un coche o un tren suele ser una actividad completamente inocente. Todos hemos observado alguna vez a desconocidos y hemos imaginado, aunque sea durante unos segundos, quiénes son, qué hacen, de dónde vienen o qué clase de vida llevan. Wilson participa inicialmente en ese mismo juego de imaginación, construyendo pequeñas historias alrededor de las personas que observa en el autobús y convirtiéndolas mentalmente en personajes secundarios de una narración que solamente existe en su cabeza. Sin embargo, el relato introduce una perturbadora ruptura entre la ficción y la realidad cuando Wilson descubre que esas personas no son personajes imaginarios, sino seres humanos reales y que uno de ellos se encuentra en peligro. Aquello que inicialmente parecía una forma inocente de entretenimiento se transforma entonces en una observación involuntaria de una tragedia, y la distancia que separaba al observador de los observados deja de ser una protección para convertirse en una carga moral. 

En el centro de la historia se encuentra, por tanto, un crimen que Wilson presencia desde el taxi y que plantea inmediatamente un conflicto entre dos obligaciones incompatibles. Por una parte, existe la responsabilidad moral hacia una persona desconocida que puede estar siendo víctima de un crimen; por otra, existe el interés personal de Wilson, representado por esa reunión que podría tener consecuencias importantes para su carrera. Lo verdaderamente interesante es que King no plantea la situación como un enfrentamiento sencillo entre el bien y el mal, porque Wilson sabe perfectamente que un asesinato es algo terrible y no necesita que nadie le explique cuál sería la respuesta moralmente correcta. El problema aparece precisamente porque conocer la respuesta no garantiza que estemos preparados para asumir el precio de aplicarla. Wilson puede perder tiempo, comprometer una oportunidad profesional, exponerse a una situación incierta o incluso descubrir que su interpretación de lo ocurrido no era completamente correcta. La cuestión deja de ser, por tanto, si distingue entre el bien y el mal y pasa a ser mucho más incómoda: qué está dispuesto a sacrificar para hacer aquello que sabe que debería hacer. 

Aquí aparece uno de los grandes temas del relato, que es la capacidad humana para racionalizar nuestras propias decisiones. King no necesita convertir a Wilson en un villano, porque resulta mucho más inquietante mostrar cómo una persona corriente puede encontrar argumentos perfectamente razonables para justificar una decisión que, en el fondo, sabe que está evitando por interés propio. Wilson tiene motivos para preocuparse por su reunión, tiene razones para pensar que quizá no ha visto correctamente lo que sucedía y puede preguntarse si realmente está en condiciones de intervenir o si alguien más terminará haciéndolo. Cada una de esas posibilidades puede parecer razonable considerada individualmente, pero juntas forman una especie de mecanismo psicológico que permite transformar la inacción en algo que aparentemente puede defenderse moralmente. El protagonista no necesita mentir a los demás para protegerse, porque antes tiene que construir una explicación que le permita convivir consigo mismo. El verdadero horror psicológico aparece precisamente en esa capacidad de convencernos de que no actuar no es exactamente una decisión, sino simplemente la consecuencia inevitable de las circunstancias. 

El relato puede entenderse también como una reflexión sobre la comodidad y sobre la facilidad con la que nuestras preocupaciones personales pueden ocupar todo nuestro campo de visión. Wilson se encuentra dentro de un taxi y tiene un objetivo concreto: llegar a su reunión. Su mundo está organizado alrededor de esa necesidad inmediata y, hasta que aparece el autobús, nada parece exigirle que modifique sus planes. Lo que ocurre en el interior de aquel otro vehículo constituye una interrupción completamente ajena a su rutina, una tragedia que no ha provocado y que tampoco esperaba encontrar. Esta circunstancia resulta importante porque muchas decisiones morales reales no se presentan en situaciones preparadas para que podamos actuar heroicamente, sino que irrumpen en mitad de nuestra vida ordinaria, cuando estamos trabajando, conduciendo, viajando, llegando tarde a una cita o preocupados por algún problema personal. King coloca a Wilson exactamente en ese punto de ruptura, en el momento en que una preocupación privada se encuentra inesperadamente con una responsabilidad hacia alguien desconocido. 

La condición de testigo constituye otra de las dimensiones más inquietantes del relato. Quien presencia un crimen ocupa una posición extraña, porque no es la víctima y tampoco es el responsable directo de aquello que está ocurriendo, pero desde el instante en que lo ve deja de ser completamente ajeno. Wilson posee una información que los demás desconocen y esa información crea una forma de aislamiento psicológico particularmente intensa. El conductor del taxi no necesariamente sabe lo que Wilson ha visto, los pasajeros del autobús ignoran que alguien los observa desde fuera y las personas que circulan por la calle continúan con sus vidas sin sospechar que algo terrible está ocurriendo a pocos metros de ellas. Wilson se encuentra rodeado físicamente de personas, pero moralmente está solo, porque solamente él sabe lo que ha visto y solamente él tiene que decidir qué hacer con ese conocimiento. King consigue generar así tensión sin necesidad de recurrir a una persecución, una criatura o una amenaza sobrenatural, porque basta con colocar al protagonista ante una información que no puede olvidar y cuya existencia lo obliga a tomar una decisión. 

Nueva York funciona además como el escenario perfecto para esta historia, porque la gran ciudad representa de manera natural esa paradoja de compartir un espacio físico con miles de personas sin compartir realmente sus vidas. En una metrópolis, dos desconocidos pueden encontrarse a pocos centímetros de distancia y continuar siendo completamente ajenos el uno al otro, algo que el taxi y el autobús representan de manera especialmente clara. Ambos vehículos avanzan prácticamente juntos por la misma calle, pero sus ocupantes viven experiencias radicalmente diferentes, y esa proximidad física combinada con la distancia emocional constituye una de las imágenes más poderosas del relato. La ciudad proporciona además un anonimato que puede convertirse tanto en libertad como en excusa, porque cuando existen miles de desconocidos alrededor resulta mucho más sencillo convencerse de que la responsabilidad pertenece a otro. En una comunidad pequeña quizá sea imposible pasar inadvertido, mientras que en una gran ciudad alguien puede desaparecer entre una multitud antes de que nadie llegue siquiera a saber que estuvo allí. 

El tiempo desempeña asimismo una función fundamental en la construcción del suspense, porque Wilson no dispone de una cantidad ilimitada de minutos para analizar lo que ha visto y decidir cómo reaccionar. La reunión profesional lo espera, ya llega tarde y cada instante que pasa puede acercarlo a su destino al mismo tiempo que lo aleja de la posibilidad de hacer algo por la víctima. De esta manera, King convierte el tiempo en una especie de antagonista invisible, una presión constante que transforma el dilema moral en una cuestión física y urgente. No basta con preguntarse qué sería correcto hacer en circunstancias ideales, porque la historia obliga a preguntarse qué decisión tomaríamos cuando solamente disponemos de unos minutos y sabemos que determinadas consecuencias pueden ser irreversibles. El suspense nace precisamente de esa combinación entre incertidumbre y límite temporal, ya que cuanto más avanza el trayecto, más difícil resulta separar la preocupación profesional de la responsabilidad moral que ha irrumpido inesperadamente en la vida de Wilson. 

La reunión profesional adquiere así un significado que va mucho más allá de ser simplemente un motivo argumental para que Wilson esté en Nueva York. Representa el éxito, la oportunidad, el futuro y todas aquellas cosas que una persona puede considerar importantes cuando cree que está a punto de conseguir algo por lo que ha trabajado. El relato plantea entonces una pregunta especialmente incómoda sobre el valor que otorgamos a nuestras propias oportunidades cuando pensamos que podemos perderlas. Es sencillo defender principios morales cuando no existe ningún coste asociado a ellos, pero resulta mucho más difícil mantenerlos cuando una decisión concreta puede significar perder dinero, prestigio, trabajo o una oportunidad profesional que quizá no vuelva a presentarse. King no necesita convertir esta cuestión en un discurso moral explícito, porque basta con enfrentar a Wilson con una elección y permitir que el lector contemple el conflicto desde dentro. El resultado es que la historia termina devolviendo la pregunta al lector, que inevitablemente tiene que plantearse qué haría si estuviera ocupando el asiento de aquel taxi. 

La imaginación de Wilson también desempeña un papel esencial porque el relato comienza precisamente con su tendencia a inventar historias sobre las personas que observa. Primero imagina quiénes son los pasajeros, qué clase de vidas llevan y qué relaciones pueden existir entre ellos, pero después se encuentra con una realidad que destruye aquellas pequeñas ficciones. La diferencia entre lo que imaginamos y lo que realmente sucede constituye uno de los elementos más interesantes de la historia, porque recuerda que nunca conocemos completamente a las personas que vemos. Podemos contemplar a alguien leyendo un libro y construir mentalmente una personalidad, observar a una pareja y suponer que conocemos su relación o mirar a una persona tranquila y creer que su vida transcurre sin grandes problemas, cuando la realidad puede ser completamente distinta. La ventana del autobús permite a Wilson contemplar una imagen, pero nunca le permite conocer la verdad completa, y King convierte precisamente esa distancia entre apariencia y realidad en una fuente de inquietud. 

Dentro de la trayectoria de Stephen King, «Ese autobús es otro mundo» resulta particularmente interesante porque demuestra que el autor puede construir terror sin recurrir a ningún elemento sobrenatural. El relato funciona a partir de una situación perfectamente posible y, precisamente por eso, resulta más difícil mantener una distancia tranquilizadora frente a ella. No hay fantasmas, monstruos ni maldiciones que permitan al lector refugiarse en la idea de que aquello pertenece a un universo fantástico. El miedo procede de la posibilidad de que una persona corriente pueda contemplar algo terrible y tenga que decidir si está dispuesta a pagar el precio de hacer lo correcto. En este sentido, el relato pertenece a una vertiente especialmente interesante de la literatura de King, aquella en la que lo terrorífico no procede de lo imposible, sino de la constatación de que la realidad cotidiana ya contiene suficientes situaciones capaces de producir angustia y de poner a prueba nuestra idea de nosotros mismos. 

Quizá el núcleo temático de la historia pueda encontrarse en la distancia que existe entre mirar y actuar. Wilson ve lo que sucede, pero ver algo no implica necesariamente intervenir, porque entre ambas acciones existe un espacio enorme en el que caben la duda, el miedo, la comodidad, el egoísmo, la confusión y la capacidad de encontrar argumentos que permitan aplazar una decisión. King explora precisamente ese espacio y convierte una situación aparentemente concreta en una pregunta mucho más universal. La historia no pregunta únicamente qué haríamos si presenciáramos un asesinato, sino qué hacemos cuando sabemos que alguien está sufriendo y ayudarle puede perjudicarnos personalmente. Esa cuestión trasciende el género de terror porque pertenece a la vida cotidiana y porque nos obliga a reconocer que nuestros principios pueden resultar mucho más fáciles de defender cuando no están sometidos a ninguna presión. La incomodidad nace de comprender que quizá no conocemos realmente nuestra propia respuesta hasta que la situación nos obliga a darla. 

De ahí surge también una reflexión sobre la fragilidad de nuestra propia imagen moral. Todos tendemos a construir una determinada idea de nosotros mismos y nos gusta pensar que somos personas capaces de reaccionar correctamente ante una injusticia, que sabríamos distinguir el bien del mal y que, llegado el momento, actuaríamos de acuerdo con nuestros principios. Sin embargo, esa imagen suele construirse en circunstancias cómodas, cuando todavía no existe ningún precio que pagar por mantenerla. Wilson se encuentra precisamente ante una prueba que le obliga a descubrir qué clase de persona es cuando sus intereses entran en conflicto con sus principios, y esta dimensión psicológica convierte el relato en algo mucho más interesante que una simple historia sobre alguien que presencia un crimen. Lo importante no es tanto lo que Wilson piensa sobre sí mismo como aquello que termina haciendo cuando ya no puede esconderse detrás de una imagen idealizada de su propia personalidad. 

Al llegar al título, todas estas ideas terminan reuniéndose en una interpretación más amplia. «Ese autobús es otro mundo» no describe solamente el hecho de que Wilson esté separado físicamente de los pasajeros por una ventana, sino que representa todas aquellas vidas que existen paralelamente a la nuestra y de las que apenas conocemos nada. Cada persona que vemos pasar puede considerarse, en cierto modo, otro mundo, porque detrás de un rostro aparentemente insignificante existe una historia completa formada por recuerdos, problemas, secretos, esperanzas, pérdidas y preocupaciones que probablemente jamás llegaremos a conocer. Wilson contempla uno de esos mundos desde fuera y, durante unos instantes, consigue acceder a una pequeña parte de una realidad que normalmente habría permanecido completamente cerrada para él. El problema es que aquello que descubre no puede ser contemplado con la misma indiferencia con la que se observa a un desconocido en un atasco, porque la información adquirida transforma su posición y convierte una simple mirada en una responsabilidad. 

Esta es también la razón por la que el relato encaja tan bien dentro de la visión que Stephen King tiene de la maldad cotidiana. Aunque buena parte de su fama procede de criaturas sobrenaturales, asesinos y fuerzas monstruosas, sus historias más interesantes suelen demostrar que comprende perfectamente que el mal puede adoptar formas mucho más ordinarias y que, en ocasiones, resulta más perturbador cuando no existe ninguna explicación sobrenatural que permita mantenerlo a distancia. En «Ese autobús es otro mundo», la violencia humana resulta suficientemente aterradora por sí misma, pero King añade una cuestión todavía más incómoda al explorar qué sucede cuando alguien contempla esa violencia y debe decidir hasta dónde llega su responsabilidad. Esto no convierte a Wilson en equivalente al criminal, ni mucho menos, porque la historia es considerablemente más sutil que una simple división entre buenos y malos. Lo que realmente examina es esa zona gris en la que una persona corriente tiene que decidir hasta dónde está dispuesta a implicarse en el sufrimiento de otra persona cuando hacerlo puede perjudicar sus propios intereses. 

El relato encaja perfectamente, además, con la preocupación general de *The Bazaar of Bad Dreams* por la moralidad, la culpa, la muerte y las consecuencias de las decisiones humanas. Su estructura gira alrededor de una elección aparentemente pequeña que puede tener consecuencias enormes, y esa es una de las ideas más poderosas que King desarrolla aquí: nuestras vidas no siempre cambian a causa de acontecimientos espectaculares, sino que pueden transformarse como consecuencia de una decisión aparentemente mínima, incluso de una decisión que consiste simplemente en no hacer algo. La tragedia puede encontrarse tanto en la acción como en la omisión, y esta segunda posibilidad resulta especialmente perturbadora porque suele permitirnos construir una explicación que nos ayude a convencernos de que realmente no hemos elegido nada. Wilson tiene que enfrentarse precisamente a esa posibilidad, y el lector queda atrapado en el mismo dilema porque comprende que la inacción también puede tener consecuencias. 

La mayor virtud de «Ese autobús es otro mundo» quizá no se encuentre, por tanto, en la complejidad de su argumento, sino en la pregunta que permanece cuando la historia termina. ¿Qué haríamos nosotros si ocupáramos el lugar de Wilson? La pregunta parece sencilla mientras permanece en abstracto, pero adquiere una dificultad mucho mayor cuando empezamos a introducir circunstancias concretas: qué ocurriría si estuviéramos a punto de perder una oportunidad profesional, si nadie pudiera garantizar que nuestra intervención serviría de algo, si tuviéramos dudas acerca de lo que realmente hemos visto o si intervenir pudiera colocarnos en una situación peligrosa. Cada una de esas posibilidades ofrece una justificación potencial para no actuar, y precisamente ahí reside la inteligencia de King, porque no necesita decirnos qué respuesta debemos dar. En lugar de convertir el relato en una lección moral cerrada, nos coloca delante del dilema y deja que nuestra propia conciencia complete la historia. 

En definitiva, «Ese autobús es otro mundo» es uno de esos relatos de Stephen King que demuestran que el terror puede existir perfectamente sin necesidad de recurrir a lo sobrenatural, porque su verdadero objeto no es una criatura imposible ni una amenaza procedente de otro universo, sino la fragilidad de nuestras propias convicciones cuando entran en conflicto con nuestros intereses. El punto de partida es extraordinariamente sencillo: un hombre viaja en taxi por Nueva York y observa un autobús que circula junto a él, pero a partir de ese instante una situación cotidiana se transforma en un conflicto moral que obliga al protagonista a enfrentarse consigo mismo. El autobús representa un mundo desconocido separado de Wilson únicamente por unos metros y por una ventana, un pequeño universo habitado por personas que tienen sus propias preocupaciones, sus secretos y sus vidas, y que durante unos instantes quedan expuestas a la mirada de un desconocido que jamás debería haber contemplado aquello que está sucediendo. 

Y es precisamente ahí donde Stephen King encuentra el verdadero horror, porque el miedo no depende exclusivamente del crimen ni de quien lo comete, sino de la posibilidad de que una situación inesperada revele hasta qué punto nuestros principios son firmes cuando hacer lo correcto exige sacrificar algo que consideramos importante. El relato nos recuerda que podemos pasar gran parte de nuestra vida sin conocer realmente cuál es nuestro límite moral, sencillamente porque nunca hemos tenido que descubrirlo. Mientras todo transcurre con normalidad resulta sencillo imaginar que reaccionaríamos de una determinada manera ante una injusticia, pero cuando la decisión aparece delante de nosotros, acompañada de un coste personal, el panorama puede resultar mucho más complicado. El horror reside precisamente en esa posibilidad de descubrir que quizá todos tenemos un precio, aunque solamente lleguemos a conocerlo cuando nuestros intereses personales entren en conflicto con aquello que creemos defender. 

Por eso el título termina adquiriendo una fuerza especial, porque ese autobús no es solamente otro mundo para Wilson, sino que cada una de las personas que encontramos a nuestro alrededor constituye también un universo que desconocemos casi por completo. La ciudad está formada por miles de vidas que se cruzan durante unos segundos, personas que comparten una calle, un vagón, un autobús o un semáforo y que después continúan sus respectivos caminos sin llegar a saber prácticamente nada unas de otras. La mayoría de las veces podemos observar esos mundos desde la distancia y seguir adelante sin que ocurra nada, pero en ocasiones excepcionales podemos contemplar algo que nos obliga a abandonar nuestra condición de espectadores y nos enfrenta con una responsabilidad que jamás habíamos buscado. Wilson se encuentra precisamente ante esa situación, y el relato convierte su dilema en una pregunta que trasciende por completo las circunstancias concretas de la historia. 

Ese es, en definitiva, el verdadero terror de «Ese autobús es otro mundo»: no siempre podemos elegir aquello que vemos, pero sí podemos terminar teniendo que decidir qué hacemos con aquello que hemos visto. Stephen King transforma así un atasco, un taxi, un autobús y una reunión profesional en una experiencia de tensión moral que funciona porque no parece pertenecer a un universo fantástico, sino al mismo mundo en el que vivimos. El relato nos obliga a mirar durante unos instantes hacia el interior de una vida ajena y después nos coloca ante una pregunta que resulta mucho más difícil de responder de lo que parece: qué estamos dispuestos a perder para actuar de acuerdo con nuestros principios cuando nadie nos obliga a hacerlo y cuando sería mucho más cómodo continuar nuestro camino. Tal vez por eso el relato resulta tan inquietante, porque detrás de aquella simple ventana no encontramos solamente un crimen, sino una posibilidad mucho más perturbadora: la de descubrir, en un instante inesperado, quiénes somos realmente cuando mirar hacia otro lado deja de ser una opción completamente inocente.



La madre de Wilson, que no era la alegría de la huerta, solía decir: «Cuando las cosas empiezan a torcerse, siguen torciéndose hasta que hay lágrimas».

Consciente de ello, como de todas las manifestaciones de sabiduría popular que había aprendido a las faldas de su madre («Una naranja es oro por la mañana y plomo por la noche», esa era otra de las perlas de su madre), Wilson tenía la cautela de proveerse de un seguro de viaje —que él consideraba un «parachoques»— antes de ocasiones que eran especialmente importantes, y en su vida adulta ninguna ocasión había sido tan importante como esa visita a Nueva York, donde presentaría su portafolio a los mandamases de Market Forward.

MF era una de las principales agencias de publicidad en la era de internet. La agencia de Wilson, Southland Concepts, era una empresa de un solo empleado con sede en Birmingham. Oportunidades como esa no se presentaban dos veces, y por tanto un parachoques resultaba vital. Por eso llegó al aeropuerto de Birmingham-Shuttlesworth a las cuatro de la madrugada para un vuelo sin escalas que despegaba a las seis. Aterrizaría en LaGuardia a las nueve y veinte. La reunión —en realidad una prueba— estaba programada a las dos y media. Un parachoques de cinco horas le parecía un seguro de viaje más que suficiente.

Al principio todo fue bien. El auxiliar de vuelo, tras consultarlo con sus superiores y recibir su aprobación, autorizó a Wilson a guardar su portafolio en el portaequipaje de primera clase, pese a que el propio Wilson viajaba en clase turista. En tales cuestiones, la clave estaba en solicitarlo con tiempo, antes de que la gente empezara a agobiarse. La gente agobiada no quería ni oír hablar de lo importante que era el portafolio de un pasajero, o de que acaso fuera su billete al futuro.

Tuvo que facturar una maleta, porque si resultaba que quedaba finalista para hacerse con la cuenta de Siglo Verde (y era una posibilidad, porque de hecho se hallaba muy bien situado), acaso pasara diez días en Nueva York. Desconocía cuánto tiempo se prolongaría el proceso de criba, y no quería mandar su ropa a la lavandería del hotel, como tampoco quería encargar las comidas al servicio de habitaciones. Los extras de los hoteles eran caros en todas las grandes ciudades, y exorbitantemente caros en la Gran Manzana.

Las cosas no se torcieron hasta que el avión, que despegó puntualmente, llegó a Nueva York. Allí, como consecuencia de un atasco de tráfico aéreo, ocupó su posición en la cola y, subiendo y bajando en aire gris, voló en círculo por encima de ese punto de destino que los pilotos, con toda la razón, consideraban un vertedero. Se oyeron chistes no especialmente graciosos y francas quejas, pero Wilson permaneció sereno. Disponía de su seguro de viaje; el parachoques era holgado.

El avión aterrizó a las diez y media, con poco más de una hora de retraso. Wilson fue a la cinta de recogida de equipaje, donde su maleta no apareció. Y no apareció. Y no apareció. Finalmente solo quedaban él y un viejo barbudo con boina negra, y en la cinta solo faltaban por recoger un par de raquetas de nieve y una planta enorme con las hojas mustias, desmejorada por el viaje.

—No es posible —dijo Wilson al viejo—. Era un vuelo sin escalas.

El viejo se encogió de hombros.

—Han debido de etiquetarlas mal en Birmingham. Nuestros bártulos bien podrían ir de camino a Honolulu, que sepamos. Yo voy a pasarme por la ventanilla de Equipaje Extraviado. ¿Quiere acompañarme?

Wilson lo acompañó, acordándose del dicho de su madre. Y dando gracias a Dios por conservar el portafolio.

Tenía el impreso de Equipaje Extraviado a medio rellenar cuando alguien habló desde atrás.

—¿Esto es de alguno de ustedes, caballeros?

Wilson se volvió y vio su maleta de cuadros escoceses, al parecer húmeda.

—Se ha caído de la parte de atrás del remolque —explicó el encargado de equipajes a la vez que cotejaba el comprobante de facturación grapado a la carpetilla del billete de Wilson con el de la maleta—. A veces pasa. Debería coger un impreso de reclamación por si hay algo roto.

—¿Dónde está la mía? —pregunto el viejo de la boina.

—En eso no puedo ayudarle —contestó el encargado—. Pero al final casi siempre las encontramos.

—Sí —dijo el viejo—, pero todavía no es el final.

Para cuando Wilson salió de la terminal con su maleta, su portafolio y su bolsa de mano, eran casi las once y media. Entretanto habían llegado varios vuelos más, y la cola de los taxis era larga.

Tengo un parachoques, se dijo para apaciguarse. Tres horas es tiempo de sobra. Además, estoy debajo del tejadillo, protegido de la lluvia. Valora el lado positivo de las cosas y relájate.

Ensayó su presentación a medida que avanzaba lentamente, representándose cada una de las enormes fichas de su portafolio y recordándose que debía conservar la calma. Arrollar con su encanto y apartar de su mente el gran cambio que aquello podía representar en su suerte tan pronto como entrara por la puerta del 245 de Park Avenue.

Siglo Verde era una compañía petrolífera multinacional, y ese nombre, ecológicamente optimista, se había convertido en un lastre cuando uno de sus pozos submarinos reventó no muy lejos de Gulf Shores, Alabama. El vertido no había sido tan catastrófico como el que siguió al desastre del Deepwater Horizon, pero sí bastante grave. ¡Y vaya con el dichoso nombre! Los humoristas de los programas nocturnos se lo habían pasado en grande a su costa. (Letterman: «¿Qué es verde y negro y tiene mierda por todas partes?»). La quejumbrosa primera respuesta en público del presidente de Siglo Verde —«Tenemos que ir en busca del petróleo allí donde esté, cabría pensar que eso la gente lo entiende»— no había ayudado; una caricatura aparecida en internet en la que un pozo de petróleo asomaba del culo del presidente con su declaración escrita al pie se había vuelto viral.

El equipo de relaciones públicas de Siglo Verde acudió a Market Forward, su agencia desde hacía mucho tiempo, con lo que consideraban una idea brillante. Querían subcontratar la campaña para el control de daños a una pequeña agencia de publicidad sureña, y utilizar a su favor el hecho de no recurrir a sus lumbreras neoyorquinos de siempre para aplacar a los americanos. Les preocupaban especialmente las opiniones de aquellos americanos que vivían al sur de la Línea Mason-Dixon, o Mamón-Dixon, como seguramente la llamaban esos lumbreras neoyorquinos en sus elegantes cócteles.

La cola del taxi avanzaba lentamente. Wilson consultó su reloj. Las doce menos cinco.

No hay por qué preocuparse, se dijo, pero ya no las tenía todas consigo.

Finalmente subió a un taxi de la compañía Jolly Dingle a las doce y veinte. Detestaba la idea de entrar a rastras con su gastada y húmeda maleta en un bloque de oficinas de alto standing de Manhattan —qué provinciano quedaría eso—, pero empezaba a pensar que quizá tuviera que prescindir de pasar por el hotel a dejarla.

El taxi era un monovolumen de intenso color amarillo. El taxista era un sij que habitaba bajo un enorme turbante de color naranja. Fotografías enmarcadas en metacrilato de su mujer y sus hijos pendían oscilantes del espejo retrovisor. En la radio tenía puesta la 1010 WINS, y los chirriantes acordes de xilófono de su sintonía sonaban cada cuatro minutos aproximadamente.

—Hoy tráfico fatal —dijo el sij mientras avanzaban lentamente hacia la salida del aeropuerto. Ahí parecían terminar sus dotes para la conversación—. Tráfico fatal, fatal.

La lluvia arreció mientras viajaban a paso de caracol hacia Manhattan. Wilson tenía la sensación de que su parachoques se adelgazaba a cada pausa y sacudida de aquel movimiento peristáltico hacia delante. Faltaba media hora para su presentación, solo media hora. ¿Le guardarían el turno si llegaba tarde? Dirían: «Amigos, de las catorce pequeñas agencias del sur que sometemos hoy a prueba para saltar al gran escenario —ha nacido una estrella y todo eso— solo una tiene en su historial experiencia demostrada con empresas que han sufrido percances medioambientales, y esa es Southland Concepts. Por tanto, no excluyamos al señor James Wilson únicamente porque llega un poco tarde».

Tal vez dijeran eso, pero teniéndolo todo en cuenta, pensó Wilson, no era probable. En esencia querían poner fin a todos esos chistes de los programas nocturnos cuanto antes. Por lo tanto, la presentación era importantísima, pero naturalmente cualquier capullo tiene una presentación. (Esa era una de las perlas de sabiduría de su padre). Tenía que llegar a tiempo.

La una y cuarto. Cuando las cosas empiezan a torcerse, siguen torciéndose, pensó. No quería pensarlo, pero lo pensó. Hasta que hay lágrimas.

Cuando se acercaban al túnel de Midtown, se inclinó hacia delante y pidió al sij una estimación sobre la hora de llegada. El turbante naranja se movió pesarosamente de lado a lado.

—No puedo decir, señor. Tráfico fatal, fatal.

—¿Media hora?

Siguió un largo silencio, y finalmente el sij respondió:

—Quizá.

Esa palabra tranquilizadora cuidadosamente elegida bastó para que Wilson comprendiera que su situación era entre crítica y desesperada.

Puedo dejar la puñetera maleta en la recepción de Market Forward, pensó. Al menos así no tendré que entrarla a rastras en la sala de reuniones.

Se inclinó hacia delante y dijo:

—Olvidémonos del hotel. Lléveme al dos cuatro cinco de Park.

El túnel era la pesadilla de un claustrofóbico: arranca y para, arranca y para. En sentido contrario, el tráfico que cruzaba la ciudad por la calle Treinta y cuatro no era más fluido. El taxi monovolumen tenía la altura necesaria para que Wilson viera los desalentadores obstáculos que tenía por delante. Pero cuando llegaron a Madison empezó a relajarse un poco. Llegaría justo, mucho más justo de lo que era su deseo, pero no haría falta que hiciese una humillante llamada para anunciar que iba a retrasarse un poquito. Prescindir del hotel había sido la decisión correcta.

Solo que en ese momento se toparon con una cañería de agua rota, y las vallas, y el sij tuvo que dar un rodeo.

—Peor que cuando viene Obama —comentó a la vez que la 1010 WINS prometía a Wilson que si les concedía veintidós minutos le darían el mundo. El xilófono repiqueteó como unos dientes sueltos.

No quiero el mundo, pensó. Solo quiero llegar al 245 de Park antes de las dos y cuarto. A las dos y veinte como mucho.

El Jolly Dingle finalmente regresó a Madison. Aceleró casi hasta la calle Treinta y seis y de pronto paró en seco. Wilson se imaginó a un comentarista de deportes diciendo al público, en la retransmisión de un partido de fútbol, que si bien la carrera había sido vertiginosa, el avance en el juego era desdeñable. El limpiaparabrisas golpeteaba con un ruido sordo. Un periodista hablaba de cigarrillos electrónicos. A continuación pusieron un anuncio de colchones Sleepy’s.

Wilson pensó: Tranquilo. Desde aquí puedo ir a pie, si es necesario. Once manzanas, nada más. Solo que llovía, y tendría que llevar a rastras la puñetera maleta.

Un autobús de la compañía Peter Pan llegó junto al taxi y se detuvo con un resoplido de frenos neumáticos. Wilson, a la altura a la que se encontraba, veía el interior del autobús a través de la ventanilla. A un metro y medio o dos metros de él, no más, una mujer atractiva leía una revista. A su lado, en el asiento del pasillo, un hombre con gabardina negra rebuscaba en el maletín que sostenía en equilibrio sobre las rodillas.

El sij dio un bocinazo y levantó las manos, con las palmas hacia fuera, como quien dice: Ya ve lo que me ha hecho el mundo.

Wilson observó a la mujer atractiva tocarse las comisuras de los labios, verificando quizá la capacidad de permanencia de su carmín. El hombre del asiento contiguo revolvía ahora en el bolsillo interior de la tapa del maletín. Sacó un pañuelo negro, se lo llevó a la nariz, lo olfateó.

¿Por qué hacía eso?, se preguntó Wilson. ¿Es el perfume de su esposa o el aroma de su talco?

Por primera vez desde que subió a bordo del avión en Birmingham, se olvidó de Siglo Verde y Market Forward y de la drástica mejora de sus circunstancias que podía producirse si la reunión, para la que ya faltaba menos de media hora, iba bien. En ese momento estaba fascinado —más que fascinado, arrobado— por los dedos con los que la mujer se palpaba delicadamente y por el hombre con el pañuelo en la nariz. Lo asaltó la impresión de que tenía ante sus ojos otro mundo. Sí. Ese autobús era otro mundo. Ese hombre y esa mujer se dirigían a sus propios compromisos, sin duda unidos estos también a globos de esperanza. Tenían recibos que pagar. Tenían hermanas y hermanos y ciertos juguetes de la infancia que no olvidaban. Tal vez la mujer se había sometido a un aborto en su época universitaria. El hombre acaso tuviera un anillo para el pene. Quizá tuvieran mascotas, y en tal caso las mascotas tendrían nombre.

Wilson concibió una momentánea imagen —difusa y apenas formada pero tremenda— de una galaxia mecánica donde los distintos engranajes realizaban misteriosos movimientos, quizá con alguna finalidad kármica, quizá sin razón alguna. Aquí se hallaba el mundo del taxi Jolly Dingle, y a un metro y medio estaba el mundo del autobús de la compañía Peter Pan. Los separaban solo un metro y medio y dos capas de cristal. Wilson consideró con asombro este hecho evidente.

—Vaya tráfico —dijo el sij—. Peor que cuando Obama, se lo aseguro.

El hombre se apartó el pañuelo negro de la nariz. Lo sostuvo en una mano y se metió la otra en el bolsillo de la gabardina. La mujer del asiento de la ventanilla del autobús hojeaba su revista. El hombre se volvió hacia ella. Wilson vio moverse sus labios. La mujer levantó la cabeza con los ojos muy abiertos, al parecer sorprendida. El hombre se inclinó hacia ella, como para confiarle un secreto. Wilson no advirtió que el objeto que el hombre había sacado del bolsillo de la gabardina era una navaja hasta que la utilizó para seccionar la garganta a la mujer.

Ella abrió los ojos. Separó los labios. Se llevó una mano al cuello. El hombre de la gabardina, con la mano que empuñaba la navaja, le apartó la mano con delicadeza pero con firmeza. Al mismo tiempo colocó el pañuelo negro en la garganta de la mujer y lo mantuvo ahí. A continuación le dio un beso en la sien y, al mismo tiempo, miró por entre su pelo. Vio a Wilson, y desplegó los labios en una sonrisa tan amplia que dejó a la vista dos hileras de dientes pequeños y uniformes. Movió la cabeza en dirección a Wilson como diciendo o Que pase usted un buen día, o Ahora tenemos un secreto. Una gota de sangre manchaba la ventanilla de la mujer. Se hinchó y resbaló por el cristal. Sosteniendo todavía el pañuelo en la garganta de la mujer, el hombre de la gabardina introdujo un dedo en la boca exánime de ella. Al hacerlo, sonreía aún a Wilson.

—¡Por fin! —exclamó el sij, y el taxi Jolly Dingle se puso en movimiento.

—¿Ha visto eso? —preguntó Wilson con voz atonal, sin expresar sorpresa—. Ese hombre, el hombre del autobús. El que va con la mujer.

—¿Cómo dice? —preguntó el sij.

El semáforo de la esquina se puso en ámbar, y el sij se lo saltó, ajeno a la sinfonía de bocinazos que se oyó cuando cambió de carril. El autobús de Peter Pan quedó atrás. Delante se alzó Grand Central bajo la lluvia, semejante a una penitenciaría.

Solo cuando el taxi estaba de nuevo en marcha, Wilson se acordó del teléfono móvil. Lo sacó del bolsillo del abrigo y lo miró. Si hubiese sido más ágil de mente (habilidad que en la familia había correspondido íntegramente a su hermano, según su madre), habría podido tomar una foto al hombre de la gabardina. Ya era tarde para eso, pero no era tarde para telefonear el 911. Como es lógico, no podía hacer una llamada así anónimamente; su nombre y su número aparecerían en alguna pantalla oficial en cuanto aceptaran la llamada. Se la devolverían para cerciorarse de que no se trataba de un bromista matando el rato una tarde lluviosa en Nueva York. Luego solicitarían información, que él tendría que proporcionar —ineludiblemente— en la comisaría más cercana. Querrían oír su declaración varias veces. Lo que no querrían oír era su presentación.

La presentación se titulaba «Concédannos tres años y lo demostraremos». Wilson pensó en cómo deberían desarrollarse las cosas. Empezaría diciendo a los responsables de relaciones públicas y los ejecutivos allí reunidos que el vertido debía afrontarse abiertamente. Era un hecho manifiesto: los voluntarios todavía lavaban aves impregnadas de petróleo con detergente Dawn. No era posible esconderlo debajo de la alfombra. Pero, diría, la expiación no tiene por qué ser fea y a veces la verdad puede ser hermosa. La gente desea creer en ustedes, diría. Al fin y al cabo los necesitan. Los necesitan para llegar desde el Punto A al Punto B, y eso los predispone a no querer verse como cómplices de la profanación del medio ambiente. En ese punto abriría su portafolio y enseñaría la primera ficha: una foto de un chico y una chica de pie en una playa inmaculada, de espaldas a la cámara, contemplando un agua tan azul que casi hacía daño a la vista. LA ENERGÍA Y LA BELLEZA PUEDEN IR DE LA MANO, rezaba el texto. CONCÉDANNOS TRES AÑOS Y LO DEMOSTRAREMOS.

Telefonear al 911 era tan sencillo que hasta un niño podía hacerlo. De hecho, los niños lo hacían. Cuando un intruso entraba en casa. Cuando la hermanita se caía por la escalera. O si papá estaba moliendo a palos a mamá.

A continuación venía el storyboard para la propuesta del spot, que se emitiría en todos los estados con litoral en el golfo, centrándose en los noticiarios locales y las cadenas por cable con programación las veinticuatro horas, como la FOX y la MSNBC. Mediante fotografías a intervalos, una playa sucia e impregnada de petróleo volvería a verse limpia. «Tenemos la responsabilidad de rectificar nuestros errores —diría el narrador (con un ligerísimo dejo sureño)—. Así es como trabajamos y como tratamos a nuestros vecinos. Concédannos tres años y lo demostraremos».

A continuación los anuncios en prensa. Los anuncios en radio. Y en la fase dos…

—¿Oiga? ¿Qué ha dicho?

Podría telefonear, pensó Wilson, pero probablemente ese individuo ya se habrá bajado del autobús y marchado mucho antes de que la policía llegue. ¿Probablemente? Casi seguro.

Se volvió para mirar atrás. A esas alturas el autobús quedaba ya muy lejos. Quizá, pensó, la mujer ha gritado. Quizá los otros pasajeros se han abalanzado ya sobre el individuo, de la misma manera que los pasajeros se abalanzaron sobre el «terrorista del zapato» cuando descubrieron qué tramaba.

Pensó entonces en cómo le había sonreído el hombre de la gabardina. También en cómo había metido el dedo en la boca exánime de la mujer.

Wilson pensó: Hablando de bromas, quizá no ha sido lo que yo he creído que era. Podía tratarse de un gag. Uno que representaban continuamente. Una de esas escenas para provocar una reacción en la gente.

Cuanto más lo pensaba, más posible le parecía. Los hombres degollaban en callejones y en series de televisión, no en autobuses de Peter Pan en plena mañana. En cuanto a él, había concebido una buena campaña. Era el hombre adecuado, en el lugar adecuado, en el momento adecuado, y uno rara vez tenía más de una oportunidad en este mundo. Ese no era uno de los dichos de su madre, pero era un hecho.

—¿Oiga?

—Déjeme en el próximo semáforo —indicó Wilson—. Iré a pie desde ahí.


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