Los bots constituyen quizá la versión más peculiar de este fenómeno porque, al menos en teoría, no poseen ninguna intención personal. Son programas diseñados para ejecutar determinadas tareas, repetir mensajes, amplificar contenidos o intervenir automáticamente en determinadas conversaciones. Sin embargo, cuando se utilizan para difundir propaganda, manipular tendencias o generar artificialmente determinadas opiniones, producen una curiosa ilusión de participación colectiva. De pronto parece que una multitud está diciendo lo mismo, cuando en realidad puede existir detrás una cantidad relativamente pequeña de personas y una considerable maquinaria automatizada. El resultado es una especie de teatro digital en el que algunas voces parecen multiplicarse hasta adquirir una importancia que quizá no tendrían por sí mismas. Y resulta bastante paradójico que una herramienta tecnológica tan sofisticada pueda terminar utilizándose para reproducir una de las actividades más antiguas de la humanidad: repetir una idea muchas veces con la esperanza de que la repetición termine convirtiéndola en verdad.
Pero el fenómeno verdaderamente interesante es el del hater humano, porque ahí ya no existe ningún algoritmo al que responsabilizar. El hater decide participar, observa algo que no le gusta y siente la necesidad de manifestarlo. Hasta aquí no hay ningún problema, porque discrepar es perfectamente legítimo y la crítica constituye una parte esencial de cualquier sociedad abierta. El problema aparece cuando la discrepancia deja de dirigirse hacia una idea, una obra o una conducta concreta y empieza a dirigirse contra la persona. En ese momento la conversación cambia completamente de naturaleza. Ya no se intenta explicar por qué algo parece equivocado, mediocre o poco interesante, sino conseguir que quien lo ha hecho se sienta mal por haberlo hecho. La crítica deja entonces de ser una herramienta para analizar y se convierte en una forma de desahogo. El objetivo ya no consiste en aportar algo a la conversación, sino en obtener una reacción emocional del interlocutor.
Existe algo particularmente curioso en los perfiles dedicados casi exclusivamente a criticar aquello que supuestamente detestan. Hay personas que aseguran no soportar a determinado creador, determinado programa, determinado videojuego, determinado género musical o determinada corriente cultural y, sin embargo, conocen con extraordinario detalle cada una de sus novedades. Saben qué ha publicado, cuándo lo ha publicado, quién ha colaborado, qué ha dicho anteriormente y cuáles han sido sus últimos proyectos. La contradicción resulta evidente porque, si algo realmente nos resulta indiferente, normalmente no invertimos grandes cantidades de tiempo en seguirlo. En algunos casos el rechazo termina convirtiéndose paradójicamente en una forma de atención permanente. La persona que dice que algo no le interesa puede acabar dedicándole más tiempo que quienes realmente disfrutan de ello. Es una de esas pequeñas paradojas de Internet que permiten observar hasta qué punto la atención humana puede quedar atrapada por aquello que precisamente pretendía ignorar.
También resulta llamativa la transformación que experimenta el lenguaje cuando desaparece el contacto directo. Una frase escrita en una pantalla puede resultar mucho más agresiva que la misma frase pronunciada delante de otra persona, porque la pantalla elimina buena parte de las señales que normalmente moderan nuestras conversaciones. Cuando hablamos cara a cara vemos la expresión del interlocutor, percibimos su tono de voz y podemos comprobar inmediatamente el efecto que producen nuestras palabras. En Internet todo eso desaparece o queda reducido a unas pocas palabras escritas. La persona que recibe el comentario deja de ser una presencia física y puede convertirse simplemente en un nombre de usuario, una fotografía o un icono. Esa distancia psicológica facilita que algunas personas digan cosas que probablemente jamás pronunciarían en una conversación presencial. El anonimato no convierte automáticamente a nadie en una mala persona, pero sí puede proporcionar una sensación de libertad que, en determinadas manos, termina confundiendo sinceridad con falta de consideración.
En ese contexto aparece también el personaje que confunde atención con importancia. Una respuesta, unos cuantos «me gusta» o una pequeña discusión pueden proporcionar una sensación de relevancia que resulta bastante atractiva. El problema llega cuando esa sensación comienza a convertirse en una necesidad. Entonces cualquier comentario adquiere una importancia desproporcionada, cualquier desacuerdo parece una provocación y cualquier ausencia de respuesta puede interpretarse como una especie de desafío. Algunas personas terminan viviendo dentro de una conversación permanente con personas a las que ni siquiera conocen. Revisan quién ha respondido, quién ha compartido algo, quién ha reaccionado y quién ha dejado de hacerlo. El espacio digital, que originalmente debía servir para comunicarnos, se transforma entonces en una especie de escenario permanente donde cada participante observa constantemente la reacción del público y ajusta su comportamiento en función de ella.
Especialmente peculiar es el personaje que afirma que algo le resulta completamente indiferente mientras dedica una cantidad considerable de tiempo a explicar por qué le resulta indiferente. En las redes sociales abundan las declaraciones de «me da igual» acompañadas de largas discusiones, respuestas encadenadas y explicaciones minuciosas. Es una pequeña contradicción humana bastante comprensible: a veces aquello que nos irrita ocupa precisamente más espacio en nuestra cabeza que aquello que nos gusta. Internet simplemente ha proporcionado una herramienta para hacer visible esa contradicción. Antes una persona podía pasar una tarde entera pensando en algo que le molestaba y nadie tenía por qué enterarse. Ahora puede publicar veinte mensajes sobre ello y recibir inmediatamente la confirmación de que otras personas también están pensando en el mismo asunto.
Existe además una categoría menos evidente pero igualmente importante: quienes no insultan directamente, pero utilizan la insinuación, el rumor o la sospecha. Son usuarios que rara vez afirman algo de manera clara y prefieren utilizar expresiones ambiguas que permiten sugerir prácticamente cualquier cosa sin asumir plenamente la responsabilidad de haberlo dicho. El clásico «yo no digo nada, pero...» tiene una larga tradición mucho antes de que existieran las redes sociales. Lo que ha cambiado es la velocidad con la que puede difundirse. Una insinuación publicada ante unas pocas personas puede transformarse en cuestión de horas en una historia repetida por cientos de usuarios que ya ni siquiera recuerdan cuál era su origen. De este modo, la información pierde progresivamente su relación con los hechos y empieza a adquirir vida propia.
Por eso conviene distinguir con cuidado entre crítica y hostilidad. La crítica puede ser severa y, en ocasiones, incluso incómoda. Una obra puede parecer mala, una película puede resultar aburrida, un videojuego puede decepcionar, un argumento puede ser débil y una opinión puede estar equivocada. Decirlo forma parte de cualquier conversación normal. El problema aparece cuando la crítica necesita convertir esa valoración en un juicio sobre la persona. Se puede decir que un libro está mal escrito sin necesidad de afirmar que su autor es un inútil; se puede cuestionar una opinión sin considerar idiota a quien la expresa; se puede señalar un error sin convertirlo en una condena general de la inteligencia de quien lo cometió. Esa diferencia parece sencilla, pero en Internet se difumina con sorprendente facilidad. La discusión sobre una idea termina convertida en una discusión sobre identidades, y cuando una opinión se convierte en parte de la identidad de quien la sostiene, cualquier cuestionamiento puede sentirse como un ataque personal.
El problema se agrava porque muchas discusiones digitales tienen una característica que las conversaciones tradicionales no poseen: la posibilidad de convertirse en espectáculo. Cuando dos personas discuten delante de una audiencia, ya no hablan únicamente entre ellas. Cada una comienza a ser consciente de que hay espectadores observando, y esa conciencia puede modificar su comportamiento. Admitir un error se vuelve más difícil porque parece una derrota pública. Pedir disculpas puede interpretarse como una debilidad. Cambiar de opinión puede resultar incómodo. Y así, una conversación que quizá habría terminado tranquilamente entre dos personas termina prolongándose porque ninguno quiere ser el primero en abandonar el escenario. La lógica deja de ser «quiero saber quién tiene razón» y pasa a ser «no quiero parecer que he perdido». Es una diferencia pequeña en apariencia, pero enorme en sus consecuencias.
Quizá lo más curioso de todo sea que muchas de estas batallas digitales tienen una importancia completamente desproporcionada respecto al esfuerzo que algunas personas dedican a ellas. Se puede observar a usuarios discutiendo durante horas sobre una película, una canción, una consola, una novela o una publicación que dentro de unos días nadie recordará. Hay ocasiones en las que la solemnidad de la discusión resulta casi cómica, porque parece que se está debatiendo una cuestión trascendental para el destino de la humanidad cuando, en realidad, se trata simplemente de si determinada película es buena o mala. Internet tiene esa capacidad extraordinaria para convertir pequeñas diferencias de gustos en cuestiones aparentemente fundamentales. Y quizá no haya nada malo en apasionarse por aquello que nos gusta, pero sí resulta conveniente recordar de vez en cuando que el entusiasmo no necesita convertirse en hostilidad.
Frente a todo esto existe una respuesta bastante sencilla, aunque no siempre resulte fácil aplicarla: aprender a elegir nuestras batallas. No toda provocación merece una respuesta, no toda opinión necesita ser corregida y no todo comentario merece nuestra atención. La indiferencia no siempre es una forma de rendición; en muchas ocasiones es simplemente una manera de conservar el tiempo y la tranquilidad. Una persona puede pasar horas intentando convencer a un desconocido de que está equivocado o puede cerrar la conversación y dedicar ese mismo tiempo a algo que realmente le interese. En una plataforma diseñada para capturar nuestra atención, decidir conscientemente dónde ponerla constituye una forma bastante importante de libertad.
Quizá deberíamos recuperar también cierta proporción. Internet no es la totalidad del mundo, aunque en determinados momentos pueda parecerlo. Una discusión que parece enorme dentro de una red social puede ser completamente desconocida para la inmensa mayoría de las personas que viven fuera de ella. Un comentario que provoca cien respuestas puede desaparecer rápidamente entre miles de publicaciones. Una polémica que parece importantísima durante una tarde puede resultar completamente irrelevante una semana después. Recordarlo ayuda a colocar cada cosa en su lugar. La vida continúa siendo mucho más amplia que cualquier pantalla, y probablemente convenga no permitir que una pequeña disputa digital ocupe un espacio desproporcionado dentro de ella.
Los bots, los trolls y los haters forman, en definitiva, parte de la nueva fauna de la comunicación digital, pero quizá no deberíamos concederles más importancia de la necesaria. Son una consecuencia de una herramienta extraordinariamente poderosa utilizada por seres humanos que siguen teniendo las mismas virtudes, defectos, inseguridades y contradicciones de siempre. Internet no inventó la agresividad, el cotilleo, la envidia, la necesidad de reconocimiento ni el deseo de llamar la atención; simplemente les proporcionó una plataforma desde la que pueden alcanzar una dimensión mucho mayor. Y quizá la mejor manera de enfrentarse a ese ruido no sea generar todavía más ruido, sino aprender a distinguir aquello que merece nuestra atención de aquello que simplemente intenta conseguirla.
Porque, al final, detrás de cada cuenta anónima, cada provocación, cada comentario hostil y cada discusión interminable sigue habiendo una persona, con sus inseguridades, sus frustraciones, sus opiniones y sus necesidades. Algunas utilizarán Internet para compartir algo interesante, otras para aprender, otras para entretenerse y otras para buscar una reacción. No podemos controlar lo que cada desconocido decide hacer con un teclado, pero sí podemos decidir cuánto espacio queremos concederle dentro de nuestra propia vida. Y quizá esa sea la verdadera diferencia entre participar en las redes sociales y quedar atrapado en ellas: comprender que no estamos obligados a responder a todo, que no todas las voces tienen el mismo valor y que, en ocasiones, la mejor forma de ganar una discusión consiste sencillamente en recordar que nunca tuvimos ninguna necesidad de disputarla.
El insulto como último argumento
Entre todas las manifestaciones de esta fauna digital existe una especialmente sencilla de reconocer: el individuo que, cuando se queda sin argumentos, descubre de repente las posibilidades expresivas del insulto. Es una evolución bastante previsible de determinadas discusiones en Internet. Al principio parece que existe un intercambio de opiniones, después aparece una pequeña discrepancia, más tarde alguien deja de responder a las ideas del otro y comienza a responder a la persona, y finalmente la conversación desemboca en ese territorio conocido donde «no estoy de acuerdo contigo» se transforma en «eres idiota». El proceso resulta curioso porque suele presentarse como una demostración de carácter, cuando en realidad acostumbra a revelar exactamente lo contrario. Insultar no requiere demasiada imaginación, ni conocimientos, ni capacidad de razonamiento y, desde luego, no exige haber comprendido aquello que se está discutiendo. Basta con sustituir la argumentación por una descalificación y esperar que el ruido producido por esta consiga ocultar la ausencia de contenido.
El insulto tiene además una curiosa propiedad: proporciona una sensación inmediata de superioridad a quien lo utiliza, aunque no haya demostrado absolutamente nada. Decir que alguien es imbécil no demuestra que lo sea, del mismo modo que llamar ignorante a otra persona no convierte automáticamente al que insulta en un experto. Sin embargo, en determinadas discusiones digitales parece existir la creencia de que aumentar el volumen del desprecio equivale a fortalecer la posición defendida. Se empieza diciendo que una opinión es equivocada, después que es absurda, más tarde que quien la sostiene no entiende nada y, cuando ya no queda demasiado terreno argumental que recorrer, aparece el insulto directamente dirigido a la persona. Es como si la discusión fuese descendiendo lentamente por una escalera hasta llegar al sótano, donde ya no quedan ideas y únicamente se encuentra una colección bastante limitada de palabras destinadas a provocar.
Lo más interesante es que el insulto suele aparecer precisamente cuando el argumento comienza a resultar insuficiente. Mientras existe algo que explicar, se explican hechos, opiniones o razones; cuando ya no queda nada que explicar, se ataca al interlocutor. En ese sentido, el insulto puede interpretarse como una especie de señal de agotamiento intelectual. No siempre significa que quien insulta esté equivocado, naturalmente, pero sí indica que ha decidido abandonar el terreno de las ideas para entrar en el de la descalificación personal. Y esa elección dice bastante más sobre la conversación que cualquier insulto concreto. Una persona puede defender una opinión equivocada de manera razonada y respetuosa, del mismo modo que puede defender una opinión correcta mediante argumentos pobres y ataques personales. Tener razón y saber discutir son dos habilidades diferentes, y las redes sociales parecen empeñadas en demostrárnoslo diariamente.
Existe además una modalidad especialmente curiosa: el insulto preventivo. Es aquel que aparece antes incluso de que exista una discusión real, como si determinados usuarios considerasen que cualquier opinión diferente constituye una declaración de guerra. Basta con publicar una valoración sobre una película, un libro, un videojuego, una obra musical o cualquier otro asunto para que alguien aparezca dispuesto a explicar que quien piensa de otra manera es un ignorante. No importa que se trate simplemente de una cuestión de gustos. En Internet, algunas personas parecen haber convertido sus preferencias personales en principios universales y cualquier discrepancia en una ofensa contra su propia identidad. Si alguien afirma que determinada obra no le gusta, no se responde explicando por qué a uno sí le gusta; se responde cuestionando la inteligencia de quien ha tenido la osadía de disfrutar de otra cosa.
Y después está el insulto disfrazado de humor, una modalidad bastante utilizada porque permite lanzar la piedra y esconder la mano inmediatamente después. Se dice algo deliberadamente ofensivo y, cuando la otra persona reacciona, aparece la explicación salvadora de que «era una broma». Naturalmente, el humor puede ser provocador, irreverente y hasta incómodo, y no todo comentario desagradable constituye una agresión. La diferencia está muchas veces en la intención y en el contexto. Una broma compartida entre personas que conocen los límites de su relación no tiene demasiado que ver con utilizar el humor como excusa para humillar a alguien que no ha participado voluntariamente en el juego. En este último caso, el «era broma» funciona más como una salida de emergencia que como una explicación convincente.
El insulto tiene además una función psicológica muy concreta dentro de las discusiones digitales: intenta cambiar el terreno de juego. Si una persona no puede responder a una determinada cuestión, puede intentar provocar emocionalmente a su interlocutor para que este abandone el tema original y empiece a defenderse. De repente ya no se está hablando de aquello que originó la conversación, sino de quién ha insultado a quién, quién empezó, quién se ha ofendido y quién ha respondido peor. El asunto inicial desaparece y queda únicamente el enfrentamiento personal. Es una estrategia bastante eficaz cuando lo que se pretende no es resolver nada, sino prolongar el conflicto. Por eso algunos provocadores parecen especialmente satisfechos cuando consiguen que la otra persona pierda la calma. Han conseguido trasladar la conversación desde el terreno donde podían quedar expuestos sus argumentos hasta otro donde solamente importa quién consigue ser más agresivo.
Quizá por eso una de las mejores respuestas ante el insulto gratuito sea no aceptar el terreno que propone quien lo utiliza. No siempre hace falta responder a una provocación, y mucho menos demostrar que se posee una capacidad equivalente para insultar. En ocasiones, continuar hablando del asunto original constituye una respuesta mucho más poderosa que entrar en el intercambio de descalificaciones. Si alguien afirma que una determinada opinión es estúpida, todavía se puede preguntar por qué; si responde con otro insulto, la conversación probablemente ya ha dejado de ser un intercambio de ideas. A partir de ahí, insistir puede significar simplemente conceder al provocador aquello que buscaba desde el principio: convertir una conversación en una pelea.
Al final, el insulto dice poco sobre la persona que lo recibe y bastante sobre quien decide utilizarlo. Una descalificación lanzada desde el anonimato puede proporcionar durante unos segundos la agradable sensación de haber ganado una batalla, pero rara vez construye una opinión, mejora un argumento o aporta algo útil a la conversación. El insulto puede hacer ruido, pero el ruido no es profundidad; puede generar respuestas, pero las respuestas no son necesariamente relevancia; puede provocar una reacción, pero provocar a alguien tampoco significa haber demostrado nada. En una época en la que cualquiera puede hablar con cualquiera, quizá una de las formas más interesantes de inteligencia consista precisamente en saber cuándo merece la pena hacerlo y cuándo es mejor no descender al nivel de una discusión cuyo único objetivo parece ser comprobar quién encuentra antes el insulto más desagradable.
Y quizá ahí se encuentre una de las pequeñas ironías de las redes sociales: quienes más empeño ponen en demostrar que los demás son unos ignorantes terminan con frecuencia demostrando únicamente que no saben conversar con ellos. La diferencia entre una crítica y un insulto, entre una discrepancia y una humillación, entre el humor y la crueldad, no está únicamente en las palabras utilizadas, sino en la intención que existe detrás de ellas. Las palabras pueden servir para construir una idea, desmontar un argumento, provocar una reflexión o simplemente compartir una experiencia, pero también pueden utilizarse como piedras. El problema es que lanzar piedras resulta mucho más fácil que construir algo con ellas.
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