La Biblioteca de Pérgamo fue una de las instituciones culturales más formidables del mundo antiguo. Situada en la acrópolis de la rica ciudad de Pérgamo (en la actual Turquía), no solo fue un gigantesco almacén de rollos y códices, sino el símbolo de una feroz rivalidad geopolítica y cultural contra la mítica Biblioteca de Alejandría.
A continuación, analizamos a fondo su historia, su innovadora arquitectura y el legado que transformó para siempre la forma en que escribimos.
Origen y Contexto Histórico
Fundada en el siglo II a.C. por el rey Eumenes II (aunque iniciada por su predecesor Atalo I), la biblioteca nació bajo la dinastía Atalida. Tras la fragmentación del imperio de Alejandro Magno, los nuevos reinos helenísticos descubrieron que el verdadero prestigio ya no se ganaba solo con espadas, sino con intelectuales, arte y ciencia.
Pérgamo quería posicionarse como la "nueva Atenas". Para lograrlo, los reyes atálidas financiaron generosamente la adquisición de libros, atrayendo a los mejores filólogos, filósofos y gramáticos de la época. En su apogeio, la biblioteca llegó a albergar unos 200,000 rollos de papiro, convirtiéndose en la segunda más grande del mundo antiguo, solo por detrás de su eterna rival en Egipto.
Arquitectura Avanzada: El Diseño Antihumedad
Los arquitectos de Pérgamo demostraron una comprensión brillante de la conservación de materiales. La biblioteca estaba unida al santuario de Atenea la portadora de la victoria (Athena Polias), la diosa de la sabiduría, situada en el piso superior del porche norte de la acrópolis.
El complejo constaba de cuatro salas principales. La más grande (de unos 14 a 16 metros) albergaba una imponente estatua de Atenea de más de 3 metros de altura, réplica de la Atenea Partenos de Fidia, y servía como sala de lectura y reuniones.
Lo verdaderamente revolucionario fue su sistema de aislamiento:
Cámara de aire: Las estanterías no se apoyaban directamente contra las paredes exteriores. Se dejaba un espacio vacío de unos 50 centímetros entre el muro de piedra y los estantes de madera.
Función: Este diseño permitía la circulación constante de aire, evitando que la humedad del suelo y de la roca se filtrara a los estantes. Así impidieron que los delicados rollos de papiro y pergamino se pudrieran o fueran devorados por hongos e insectos.
La Guerra del Papiro y la Invención del Pergamino
La rivalidad entre Pérgamo y Alejandría escaló a niveles insospechados. Cuenta la historia (recogida por el historiador romano Plinio el Viejo) que el rey Tolomeo V de Egipto, celoso del crecimiento de la biblioteca rival, prohibió por decreto la exportación de papiro (el material de escritura estándar de la época, extraído exclusivamente del delta del Nilo). El objetivo era asfixiar el crecimiento cultural de Pérgamo.
Lejos de rendirse, los eruditos de Pérgamo refinaron y masificaron una tecnología alternativa utilizando pieles de animales (cordero, ternera o cabra) tratadas: el pergamino (charta pergamena, que literalmente significa "papel de Pérgamo").
El bloqueo económico de Egipto fracasó. El pergamino resultó ser un material tan superior, flexible y duradero que terminó jubilando al papiro y sentando las bases para el formato de libro de hojas que usamos hoy.
El Trágico Destino Final
A diferencia de la Biblioteca de Alejandría, cuya destrucción fue un goteo constante de incendios y guerras, el declive de la colección de Pérgamo tuvo un origen más directo y "romántico".
En el siglo I a.C., tras la muerte de Julio César, Marco Antonio tomó el control de las provincias orientales romanas. Para ganarse el favor y consolidar su alianza con la reina Cleopatra VII de Egipto, Marco Antonio decidió compensar las pérdidas que Alejandría había sufrido durante los incendios de la guerra civil. Confiscó los 200,000 volúmenes de la Biblioteca de Pérgamo y se los entregó a Cleopatra como regalo de bodas, absorbiendo por completo los tesoros literarios de Pérgamo en la colección egipcia.
Hoy en día, el viajero que visita las ruinas de la Acrópolis de Pérgamo en Bergama, Turquía, solo encuentra los cimientos y los agujeros en las piedras donde alguna vez se anclaron aquellas legendarias estanterías antihumedad. Sin embargo, cada vez que abrimos un libro moderno en lugar de desenrollar un papiro, estamos usando el legado directo de Pérgamo.
La Biblioteca de Pérgamo fue en la Antigüedad la segunda en importancia después de la de Alejandría. Ambas compitieron por un tiempo en calidad, número de volúmenes e importancia. Lo poco que se conoce sobre esta biblioteca es lo que aportó el escritor y viajero romano Plinio el Viejo en su obra Historia Natural.
Los reyes de Pérgamo fueron coleccionistas de arte y otros temas, y sobre todo bibliófilos. Tuvieron una gran preocupación por la cultura (como los ptolemaicos en Egipto). Estaban interesados en convertir su capital, Pérgamo, en una ciudad como Atenas en la época de Pericles.
El rey de Pérgamo Átalo I Sóter fue el fundador de la biblioteca, y su hijo Eumenes II fue el que la agrandó y fomentó: llegó a acumular hasta 200.000 volúmenes (otras fuentes hablan de 300.000). Allí se estableció una escuela de estudios gramaticales, como había sucedido en Alejandría, pero con una temática distinta. Mientras en Alejandría se especializaron en ediciones de textos literarios y crítica gramatical, en Pérgamo se inclinaron más a la filosofía, sobre todo a la filosofía estoica, a la búsqueda de la lógica en lugar de hacer análisis filológicos.
Los volúmenes de Pérgamo eran copiados en un material llamado pergamino, porque fue inventado y ensayado precisamente en esta ciudad. Aunque anteriormente se habían usado las pieles, diphtheraí, mejor o peor tratadas, como material para escribir, lo que parece cierto es que el nuevo nombre procede de la ciudad. Al principio los libros eran de papiro, pero según una leyenda, Alejandría dejó de abastecer a Pérgamo de esta materia, por cuestiones políticas y de rivalidad, y Pérgamo tuvo que ingeniárselas de otra manera. Los historiadores aseguran que la elección de pergamino fue completamente voluntaria y por el hecho de ser este un material más acomodadizo y duradero.
La biblioteca de Pérgamo sirvió para ciertos avances filológicos. Se han de resaltar los realizados en gramática por Dionisio de Tracia, pero su gramática está basada, en parte, sobre fundamentos alejandrinos, en parte, sobre fundamentos estoicos. En ella presenta el uso normal lingüístico de los escritores. Se lograron consagrar esfuerzos de siglos, haciendo avances en áreas gramaticales como son la flexión de género, tiempo e incluso sintáctica.
Parece ser que en esta biblioteca se guardaron como un gran tesoro y durante cien años los manuscritos de Aristóteles, sin hacer ediciones y sin publicarse. Solo cuando llegaron a Roma y bajo la insistencia y el empeño del político y escritor Cicerón se procedió a editarlos y darlos a conocer, no solo a los estudiosos de las bibliotecas, sino a todo el que quisiera leerlos.
En el año 47 a. C. ocurrió el incendio de Alejandría, y parte de su biblioteca, a raíz de los enfrentamientos por mar entre el ejército egipcio y Julio César. Según narra Plutarco en sus Vidas paralelas, más tarde, como recompensa por las pérdidas, Marco Antonio habría mandado al Serapeo de Alejandría los volúmenes de la biblioteca de Pérgamo, que ya había sido saqueada con anterioridad por causa de las luchas políticas que hubo en Asia Menor en aquellos años. Este fue el fin de la segunda gran biblioteca de la Antigüedad.
Debates arqueológicos
Aparte de algunas descripciones de las raras fuentes literarias y los hallazgos arqueológicos, la investigación clásica sobre el tema se limitó en gran medida a discutir la cuestión arqueológica de si los restos del edificio encontrados en la Acrópolis realmente incluían la Biblioteca de Pérgamo mencionada por autores antiguos.
El complejo de edificios fue descubierto a principios de los años 1880 por Alexander Conze y Richard Bohn, y los hallazgos científicos se publicaron en 1885. Conze fue el primero en mencionar la Biblioteca de Pérgamo en fuentes literarias. Supusieron que listones, tablas de soporte o estantes de madera estaban fijados a los agujeros. Esta disposición llevó a los arqueólogos a concluir que la sala servía como almacén. El descubrimiento de la estatua de Atenea también dejó claro que se trataba de un almacén de libros, ya que algunos autores antiguos asociaban esas estatuas con las bibliotecas. El análisis de las inscripciones, estatuas y placas de recubrimiento halladas, que se interpretaron como alojamientos para estatuillas, brindó mayor respaldo a su tesis. Una comparación con otros edificios de bibliotecas antiguas permitió a Conze y Bohn considerar probable que los hallazgos fueran una biblioteca.
En 1897, el bibliotecario y filólogo Karl Dziatzko abordó la cuestión de si las cuatro salas pertenecían realmente a una biblioteca en su contribución a la Realencyclopädie der classischen Altertumswissenschaft. Criticó la interpretación de Conze y Bohn, pero no la rechazó expresamente. De igual manera, Bernt Götze, en 1937, consideró la interpretación posible, pero aún incierta. En 1944, Christian Callmer volvió a modificar la interpretación inicial de Conze y Bohn. Supuso que el gran salón no se utilizaba para instalar estanterías para pergaminos, sino que equivalía a una sala de reuniones y banquetes. Los pergaminos se guardarían en las tres salas contiguas.
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