Cada noche escuchaba tres golpes en la puerta.
Nunca abría.
Al cuarto año reuní el valor y miré por la mirilla.
No había nadie.
Aliviado, regresé a la cama.
Entonces sonaron tres golpes... en la puerta del armario.
Y una voz, idéntica a la mía, susurró desde dentro:
—Menos mal. Pensé que hoy sí ibas a abrir la otra puerta.
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