En el verano de 1874 ejercía la medicina en un pequeño pueblo de la costa oriental de Escocia y me consideraba, como tantos hombres de ciencia de aquella época, un firme defensor de la razón y del progreso científico. Mis estudios habían despertado en mí una confianza casi ilimitada en las posibilidades de las ciencias naturales, hasta el punto de que despreciaba cordialmente cualquier forma de superstición y acostumbraba a afirmar que ningún misterio podía sobrevivir durante demasiado tiempo bajo la luz de un buen microscopio. Aquella seguridad comenzó a resquebrajarse el día en que recibí la visita del profesor Alastair Mercer, un químico experimental que había disfrutado de cierto prestigio en la Universidad de Edimburgo y cuya reputación se había ido deteriorando durante los últimos años a causa de unas investigaciones que muchos de sus antiguos colegas consideraban extravagantes y algunos, directamente, insensatas. Se decía que Mercer había abandonado la enseñanza después de afirmar, durante una conferencia privada, que existían propiedades de la materia inaccesibles para cualquier instrumento de laboratorio, afirmación que sus amigos atribuían al agotamiento intelectual y que sus detractores preferían interpretar como una señal inequívoca de locura.
Llegó a mi consulta una tarde lluviosa llevando consigo una pequeña maleta de nogal y presentaba el aspecto de un hombre prematuramente envejecido, pues su cabello era completamente blanco pese a no superar los cincuenta años, mientras que sus ojos, extraordinariamente vivos, parecían registrar cada detalle de la habitación antes incluso de detenerse sobre mí. Conversamos durante más de dos horas y, para mi sorpresa, apenas habló de química, ya que concentró buena parte de aquella conversación en la memoria, aunque no en la facultad imperfecta mediante la cual un hombre conserva los acontecimientos de su propia vida, sino en otra memoria infinitamente más vasta que, según él, permanecía oculta bajo la conciencia ordinaria. Mercer sostenía que el cerebro no producía los recuerdos de una manera semejante a una lámpara que produce su propia luz, sino que aprendía simplemente a orientarse hacia ellos, como si todo cuanto hemos vivido, e incluso aquello que creemos no haber vivido jamás, permaneciera suspendido en algún lugar inaccesible de la realidad esperando a que nuestra mente encontrase el camino adecuado para contemplarlo.
Recuerdo que escuché aquellas palabras con una sonrisa de indulgencia, convencido de que estaba ante un hombre brillante que había permitido que sus propias especulaciones se apartaran demasiado de los límites de la ciencia que había practicado durante toda su vida. Mercer, sin embargo, pareció comprender perfectamente mi reacción y no intentó convencerme ni discutir conmigo, sino que, antes de marcharse, depositó sobre mi escritorio un pequeño frasco de vidrio negro cuidadosamente lacrado. Me pidió que, si alguna vez llegaba a perder la confianza en mis propias certezas, bebiera exactamente siete gotas, ni una más, y cuando intenté devolverle aquel extraño objeto el profesor ya había abandonado la consulta bajo la lluvia. No volví a verlo. Tres semanas después recibí la noticia de su muerte: habían encontrado su cuerpo al fondo de un acantilado y el informe oficial hablaba de un accidente, conclusión que nadie parecía dispuesto a discutir, aunque desde el momento en que recibí aquella noticia tuve la incómoda sensación de que el frasco que Mercer había dejado en mi poder constituía una especie de mensaje cuyo significado todavía no estaba preparado para comprender.
Durante casi un año permaneció olvidado entre antiguos apuntes de anatomía y, aunque en ocasiones lo observaba mientras ordenaba la biblioteca, nunca sentí una curiosidad suficientemente poderosa como para romper el lacre. Finalmente fue una circunstancia completamente ajena a mis intereses científicos la que terminó inclinando la balanza, pues mi esposa murió de una neumonía especialmente virulenta y nada de cuanto había aprendido en la universidad, ningún conocimiento médico, ninguna experiencia acumulada durante años de ejercicio profesional, fue capaz de salvarla. Después del entierro continué desempeñando mi trabajo con la misma puntualidad de siempre, visitando enfermos, redactando recetas y manteniendo conversaciones perfectamente razonables con mis vecinos, mientras una parte de mí permanecía inmóvil junto a aquella tumba reciente. Fue una noche, incapaz de soportar durante más tiempo el silencio de la casa, cuando recordé las palabras de Mercer y comprendí que el frasco había dejado de ser para mí un objeto científico para convertirse en una posibilidad, quizá absurda y desesperada, de atravesar aquello que la razón no podía explicar.
Abrí el frasco y descubrí que el líquido no desprendía olor alguno. Conté cuidadosamente siete gotas sobre una copa de cristal y bebí su contenido, cuyo sabor era tan insípido que durante unos segundos llegué a pensar que el anciano había sido víctima de un delirio inofensivo y que yo, llevado por la tristeza, había cometido la estupidez de seguir sus instrucciones. No ocurrió nada que pudiera considerarse extraordinario, por lo que apagué la lámpara dispuesto a acostarme, convencido de que al día siguiente recuperaría la perspectiva suficiente para reírme de mi propia conducta. Sin embargo, fue entonces cuando advertí algo que, en principio, parecía insignificante: la madera del suelo comenzó a parecerme extraordinariamente antigua. No vieja, sino antigua, como si cada una de sus vetas conservara la huella de todos los inviernos que había soportado desde que el árbol permanecía todavía en el bosque y como si el paso de los años no hubiera borrado aquellas experiencias, sino que las hubiese depositado en su interior de una manera que hasta entonces había sido invisible para mí.
La sensación se extendió lentamente a todos los objetos de la habitación y cada cosa adquirió una profundidad que no tenía relación con su aspecto físico. El escritorio dejó de parecerme simplemente un mueble para convertirse en la suma de incontables jornadas de trabajo; la porcelana de una taza parecía contener el eco remoto de las manos que la habían moldeado; incluso el aire adquirió una densidad extraña, como si estuviera formado por innumerables instantes superpuestos. Lo más desconcertante era que no sufría alucinaciones en el sentido habitual del término, porque continuaba viendo exactamente lo mismo que antes y podía reconocer cada objeto con absoluta claridad, pero todos ellos parecían acompañados por una dimensión temporal imposible de expresar mediante palabras. Aquello que normalmente percibimos como una realidad inmóvil se había convertido, ante mis ojos, en una acumulación de acontecimientos, recuerdos y posibilidades que coexistían en cada cosa sin llegar a confundirse completamente entre sí.
Los efectos persistieron hasta el amanecer y, durante las semanas siguientes, repetí el experimento en varias ocasiones, respetando siempre la misma cantidad de siete gotas y sin atreverme jamás a añadir una sola más. Fue entonces cuando descubrí un fenómeno todavía más desconcertante, pues al conversar con determinadas personas experimentaba la incómoda sensación de reconocerlas, aunque no reconocía sus rostros ni podía relacionarlas con ningún acontecimiento concreto de mi vida. Lo que reconocía era algo mucho más difícil de precisar: una determinada manera de inclinar la cabeza, una inflexión concreta de la voz, una expresión fugaz en los ojos o incluso el ritmo con que pronunciaban determinadas palabras. Tenía la certeza de haber mantenido con ellas conversaciones idénticas mucho tiempo atrás, aunque al mismo tiempo sabía con absoluta seguridad que jamás las había visto. Al principio atribuí aquellos episodios a una alteración pasajera de la percepción, pero poco después comenzaron a producirse acontecimientos que ya no podía explicar con semejante facilidad.
Empecé a anticipar frases enteras antes de que fueran pronunciadas y, en determinadas ocasiones, sabía qué libro iba a caer de una estantería varios segundos antes de que ocurriera. En una ocasión llegué a describir con absoluta precisión el contenido de una carta cerrada que todavía no había sido abierta, aunque nunca conseguí reproducir deliberadamente aquel fenómeno cuando alguien intentaba comprobarlo. Cuanto más trataba de someter aquella extraña capacidad a un procedimiento experimental, más parecía desaparecer, como si la sustancia obedeciera a reglas propias que se encontraban completamente fuera de mi comprensión. Aquello comenzó a inquietarme no porque representara un peligro inmediato, sino porque destruía poco a poco la confianza que siempre había depositado en la separación entre memoria, percepción y tiempo, tres conceptos que hasta entonces había considerado perfectamente delimitados y que ahora comenzaban a mezclarse de una manera que mi formación científica no me permitía aceptar.
Pasados algunos meses decidí interrumpir definitivamente las pruebas, aunque no porque temiera por mi salud, pues mi pulso continuaba siendo firme, mi juicio permanecía intacto y no observaba en mí ninguna alteración física que pudiera justificar mi preocupación. Lo hice porque había comenzado a sospechar que la poción no alteraba la mente, sino el orden en que esta recorría el tiempo. Una conversación podía parecerme iniciada por el recuerdo de su propio final y, en otras ocasiones, caminaba por una calle con la convicción absoluta de haber tomado aquella misma decisión innumerables veces, aunque cada una de aquellas posibles experiencias pareciera conducir a un desenlace ligeramente diferente. La sensación era insoportable no porque produjera miedo, sino porque producía una inmensa fatiga, semejante a la de un hombre obligado a leer el mismo libro una y otra vez mientras descubre que en cada lectura existe una frase diferente y que ninguna de ellas puede considerarse definitivamente la verdadera.
Decidí entonces destruir el preparado y preparé el horno del laboratorio con la intención de librarme para siempre de aquella sustancia. Arrojé el contenido del frasco sobre las brasas y durante unos instantes no ocurrió nada extraordinario, hasta que el líquido desapareció con un leve siseo. Cuando las llamas se extinguieron encontré el recipiente intacto entre las cenizas, completamente vacío, y lo guardé en un cajón sin concederle mayor importancia, convencido de que al menos aquella vez había conseguido poner fin a la experiencia. A la mañana siguiente, sin embargo, descubrí que el frasco volvía a contener exactamente la misma cantidad de líquido transparente. Desde entonces no he vuelto a probar una sola gota y he procurado mantener aquel objeto apartado de mi vida cotidiana, aunque nunca he logrado convertirlo en algo verdaderamente indiferente para mí, porque su mera existencia constituye una contradicción que mi razón no consigue resolver.
Ignoro si el profesor Mercer había descubierto realmente una propiedad desconocida de la naturaleza o si fue mi propio dolor el que transformó una simple solución química en un espejo de mis obsesiones, y con frecuencia consigo convencerme de que todo cuanto sucedió tuvo una explicación perfectamente racional que todavía no he encontrado. Esa tranquilidad suele durar hasta que llega el invierno, cuando el viento golpea las contraventanas y el frío vuelve más silenciosa la casa, porque entonces siento la necesidad de abrir el cajón y asegurarme de que el frasco continúa exactamente donde lo dejé. Siempre ocurre lo mismo: el nivel del líquido permanece exactamente igual y el lacre, que rompí con mis propias manos hace tantos años, vuelve a encontrarse intacto, como si el tiempo transcurrido desde aquella noche no hubiese existido jamás o como si el frasco se negara a reconocer los acontecimientos que han ocurrido a su alrededor.
Y hay algo más que nunca he conseguido explicar, algo que se ha convertido con los años en la verdadera razón por la que continúo conservando el frasco a pesar de todo cuanto ocurrió. Aunque jamás he hablado de este asunto con persona alguna y aunque sé perfectamente que ningún ser humano debería conocer las circunstancias de aquella experiencia, cada vez que observo el recipiente tengo la extraña impresión de que alguien, desde el otro lado del vidrio oscuro, espera pacientemente a que vuelva a contar siete gotas. No sé si esa presencia pertenece a un recuerdo, a una posibilidad futura, a una versión de mí mismo que continúa recorriendo alguno de los caminos que creí haber abandonado o a algo que jamás fue humano; lo único que sé es que, mientras el frasco permanezca en mi despacho y mientras su contenido conserve aquella transparencia imposible, seguirá existiendo en algún lugar de mi casa una puerta que no me atrevo a abrir y cuya existencia, precisamente por permanecer cerrada, resulta mucho más perturbadora que cualquier cosa que pudiera encontrar detrás de ella.
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