El manga no es simplemente un estilo de dibujo ni un género narrativo. Es, ante todo, una forma de narración gráfica que ha desarrollado en Japón unas características editoriales, industriales y culturales propias. Su extraordinaria capacidad para adaptarse a diferentes públicos explica en buena medida su longevidad. Mientras en otros lugares el cómic fue asociado durante décadas principalmente con el entretenimiento infantil o juvenil, en Japón terminó convirtiéndose en un medio capaz de acompañar al lector durante prácticamente todas las etapas de su vida. Su historia, además, está estrechamente relacionada con la propia transformación de la sociedad japonesa. El manga moderno nació de la combinación de tradiciones artísticas autóctonas, influencias extranjeras, cambios tecnológicos, nuevas formas de impresión y profundas transformaciones sociales. Su evolución durante el siglo XX estuvo marcada por la guerra, la posguerra, la industrialización, el crecimiento económico, la televisión y posteriormente las nuevas tecnologías digitales. A partir de las últimas décadas del siglo XX, el fenómeno dio un paso más: el manga dejó de ser fundamentalmente una expresión cultural japonesa para convertirse en un lenguaje internacional.
Mucho antes del manga moderno
Aunque la palabra «manga» y el concepto contemporáneo de cómic japonés pertenecen fundamentalmente a la modernidad, las raíces de la narración gráfica japonesa pueden buscarse muchos siglos atrás. Japón desarrolló desde épocas tempranas una tradición artística particularmente receptiva a la combinación de imágenes y texto. Los rollos ilustrados conocidos como emakimono, por ejemplo, permitían desarrollar narraciones mediante una sucesión de escenas visuales que el lector iba descubriendo progresivamente.
Entre las obras más conocidas de esta tradición se encuentran los Chōjū-giga, unos célebres rollos ilustrados asociados al monje Toba y fechados aproximadamente entre los siglos XII y XIII. En ellos aparecen animales representados realizando actividades humanas, en escenas que poseen un evidente componente satírico y humorístico. Aunque sería incorrecto afirmar que los Chōjū-giga son simplemente «el primer manga», sí constituyen un antecedente fascinante porque muestran algunas características que siglos después resultarían esenciales para la narración gráfica japonesa: la sucesión de imágenes, el movimiento sugerido mediante la composición y la utilización del dibujo para construir una historia.
La tradición gráfica continuó evolucionando durante los siglos siguientes. El arte japonés desarrolló una enorme variedad de formas de representación visual y, especialmente durante el periodo Edo, la expansión de la impresión permitió que las imágenes alcanzaran a un público mucho más amplio.
Aquí aparece uno de los grandes antecedentes del manga moderno: el ukiyo-e. Estas estampas realizadas mediante xilografía representaron actores, paisajes, personajes populares, escenas cotidianas y acontecimientos de la vida urbana. Artistas como Hokusai llevaron todavía más lejos las posibilidades de la representación gráfica y utilizaron el término «manga» en el título de una de sus obras más conocidas, los Hokusai Manga, una extensa recopilación de dibujos publicada a partir de 1814.
El significado de aquella palabra no era exactamente el mismo que tiene hoy. Los dibujos de Hokusai no constituían una serie de historietas en el sentido moderno, sino una colección de bocetos y representaciones de personas, animales, objetos, paisajes y situaciones. Sin embargo, la utilización del término resulta reveladora porque demuestra que la palabra existía mucho antes de que el manga se convirtiera en una industria narrativa.
La llegada de las influencias occidentales
El manga moderno no surgió exclusivamente de una evolución interna. Durante el siglo XIX Japón experimentó una transformación radical después de siglos de relativo aislamiento. La apertura del país a Occidente produjo cambios políticos, económicos, sociales y culturales que también afectaron a las artes gráficas.
Durante la era Meiji, iniciada en 1868, Japón comenzó a incorporar técnicas, conceptos y modelos procedentes de Europa y Estados Unidos. La prensa desempeñó un papel fundamental en ese proceso. Las publicaciones periódicas empezaron a incorporar caricaturas, ilustraciones satíricas y nuevas formas de representación gráfica inspiradas en los periódicos occidentales.
Uno de los nombres fundamentales de esta etapa fue el británico Charles Wirgman, que se estableció en Japón y fundó en 1862 The Japan Punch, una revista satírica inspirada en la publicación británica Punch. Su trabajo contribuyó a introducir nuevas convenciones gráficas y narrativas en el panorama japonés.
A partir de entonces, las tradiciones japonesas y las influencias occidentales comenzaron a mezclarse. Este proceso resulta esencial para comprender la historia del manga, porque demuestra que su evolución no fue una línea recta que partiera de antiguas pinturas japonesas y llegara directamente hasta las series contemporáneas. En realidad, el manga moderno nació de un proceso de intercambio cultural.
Durante las primeras décadas del siglo XX se fueron consolidando publicaciones humorísticas y revistas dirigidas a diferentes sectores de la población. La historieta comenzó a adquirir progresivamente un lenguaje propio, al mismo tiempo que los dibujantes japoneses experimentaban con nuevas formas de narrar.
Osamu Tezuka y el nacimiento del manga moderno
Si existe una figura que resulta imprescindible para comprender la transformación del manga durante el siglo XX, esa es Osamu Tezuka. Su importancia ha sido tan grande que en ocasiones se le ha denominado «el dios del manga», una expresión que refleja tanto su influencia como la magnitud de su producción.
Tezuka nació en 1928 y comenzó a publicar profesionalmente en los años posteriores a la Segunda Guerra Mundial, en un Japón devastado y sometido a profundas transformaciones. Su aparición coincidió con una etapa en la que la cultura popular necesitaba nuevas formas de entretenimiento y evasión, y el manga estaba preparado para ocupar un lugar central.
Una de las características más revolucionarias de Tezuka fue su manera de concebir la narración gráfica. Inspirándose, entre otras cosas, en el lenguaje cinematográfico, desarrolló páginas mucho más dinámicas, con diferentes tamaños de viñeta, cambios de perspectiva, primeros planos, panorámicas y una utilización muy expresiva del montaje.
El manga dejó de parecer una sucesión de dibujos estáticos y comenzó a adquirir una sensación de movimiento mucho más intensa. El lector podía experimentar una escena casi como si estuviera viendo una película.
Esta revolución narrativa quedó especialmente patente en Astro Boy, cuya publicación comenzó en 1952. El personaje se convirtió en uno de los grandes iconos de la cultura popular japonesa y posteriormente dio el salto a la televisión. Pero Tezuka hizo mucho más que crear personajes populares. A lo largo de su carrera produjo obras destinadas a públicos muy diferentes y abordó cuestiones como la guerra, la muerte, la religión, la ética, la medicina, la discriminación y la condición humana.
Obras como Black Jack, Buddha, Phoenix o Adolf demostraron que el manga podía convertirse en un vehículo para historias extraordinariamente ambiciosas. La influencia de Tezuka sobre generaciones posteriores de autores es difícil de exagerar. Buena parte del lenguaje visual que hoy identificamos con el manga se consolidó o adquirió nueva fuerza gracias a su trabajo.
El manga se convierte en una industria
Durante las décadas de 1950 y 1960, el manga comenzó a convertirse en una industria de enormes dimensiones. El crecimiento económico japonés favoreció la expansión de las publicaciones periódicas y las editoriales descubrieron que podían dirigirse a públicos cada vez más específicos.
Este aspecto es fundamental para comprender una de las grandes peculiaridades del manga: su clasificación por grupos de lectores.
El shōnen se orientó principalmente hacia los chicos adolescentes y jóvenes, mientras que el shōjo desarrolló historias destinadas especialmente a chicas jóvenes. Posteriormente adquirieron enorme importancia categorías como seinen, dirigido a hombres adultos, y josei, destinado fundamentalmente a mujeres adultas.
Estas categorías no son exactamente géneros narrativos. Un shōnen puede ser una historia deportiva, fantástica, humorística, romántica o de ciencia ficción. Lo que define principalmente estas etiquetas es el público editorial al que se dirige la obra.
Esta estructura permitió que el manga penetrara en diferentes sectores de la sociedad. Un niño podía comenzar leyendo determinadas publicaciones y continuar encontrando historias adaptadas a sus intereses cuando llegaba a la adolescencia y posteriormente a la edad adulta.
La industria desarrolló además una estrategia editorial extremadamente eficaz: las revistas antológicas. En ellas aparecían semanal o mensualmente capítulos de numerosas series. El lector podía seguir simultáneamente varias historias y votar o mostrar sus preferencias. Las series con mayor aceptación tenían posibilidades de continuar, mientras que las menos populares podían ser canceladas.
Esta relación entre autores, lectores y editoriales convirtió al manga en una industria muy dinámica, aunque también sometió a los dibujantes a ritmos de trabajo extraordinariamente exigentes.
Los años sesenta y setenta: nuevas generaciones, nuevas historias
Durante las décadas de 1960 y 1970 el manga experimentó una diversificación extraordinaria. La generación que había crecido con Tezuka comenzó a explorar caminos diferentes.
El manga de ciencia ficción, por ejemplo, adquirió una importancia enorme. Japón estaba experimentando una acelerada modernización tecnológica y vivía bajo la sombra de la memoria de Hiroshima y Nagasaki. El futuro tecnológico podía representar simultáneamente progreso, esperanza y amenaza.
En este contexto aparecieron obras y autores que utilizaron la ciencia ficción para reflexionar sobre la sociedad y la condición humana. También se desarrollaron con enorme fuerza los mangas de robots, un ámbito que posteriormente estaría estrechamente relacionado con el anime y que alcanzaría una dimensión internacional.
El manga deportivo se consolidó igualmente como uno de los grandes géneros populares. Historias protagonizadas por jóvenes que entrenaban, competían y superaban dificultades permitieron construir relatos sobre disciplina, esfuerzo, amistad y superación.
Pero quizá uno de los cambios más importantes fue el desarrollo del manga dirigido a mujeres. Durante las décadas de 1960 y 1970 surgió una generación de autoras extraordinariamente influyente, conocida posteriormente como el Grupo del Año 24.
Autoras como Moto Hagio, Keiko Takemiya y Riyoko Ikeda ampliaron radicalmente las posibilidades del shōjo manga. Sus historias abordaron cuestiones relacionadas con la identidad, el amor, el género, la sexualidad, la soledad y las relaciones humanas, demostrando que el manga femenino podía ser mucho más complejo que las historias románticas convencionales.
El manga y la televisión: la expansión del anime
La relación entre manga y animación japonesa fue determinante para la expansión de ambos medios. La adaptación televisiva de Astro Boy en 1963, realizada por el propio Tezuka y su estudio, marcó un momento fundamental.
A partir de entonces se estableció una relación que se convertiría en habitual: una serie de manga popular podía ser adaptada al anime, y el éxito televisivo podía aumentar a su vez las ventas del manga.
Esta interacción creó un círculo comercial extremadamente poderoso. El manga podía convertirse en anime, el anime podía generar nuevos lectores y ambos podían impulsar la comercialización de juguetes, videojuegos, películas, música y otros productos.
Durante las décadas siguientes, personajes y franquicias japonesas comenzaron a superar las fronteras del país. Sin embargo, la verdadera explosión internacional todavía estaba por llegar.
Los años ochenta: una revolución creativa
Los años ochenta fueron una época extraordinariamente importante para el manga japonés. Japón vivía una etapa de prosperidad económica y su industria cultural experimentaba una enorme expansión.
El manga se diversificó todavía más y surgieron obras que posteriormente se convertirían en clásicos. El éxito de Dragon Ball, creado por Akira Toriyama, resultó especialmente decisivo.
Publicada originalmente a partir de 1984, la serie combinaba humor, aventuras, artes marciales, fantasía y ciencia ficción. Su protagonista, Son Goku, terminó convirtiéndose en uno de los personajes japoneses más reconocibles del planeta.
La importancia de Dragon Ball no reside únicamente en sus enormes ventas. Su adaptación televisiva y su distribución internacional ayudaron a demostrar que una obra japonesa podía convertirse en un fenómeno verdaderamente global.
Pero los años ochenta fueron mucho más que Dragon Ball. El manga de ciencia ficción y cyberpunk experimentó una extraordinaria evolución. Akira, de Katsuhiro Otomo, presentó una visión oscura y monumental de un futuro urbano marcado por la violencia, la tecnología y el poder.
Al mismo tiempo, autores como Hayao Miyazaki desarrollaron obras que demostraban la enorme riqueza del dibujo japonés y su capacidad para crear mundos complejos, aunque en el caso de Miyazaki su principal trayectoria estuviera vinculada a la animación.
El manga de terror también encontró una voz propia. Décadas después, autores como Junji Ito llevarían esta tradición a territorios particularmente inquietantes, demostrando que el horror gráfico japonés podía construir su efecto no solamente mediante monstruos y violencia, sino mediante obsesiones, deformaciones corporales, espacios cotidianos y situaciones aparentemente normales que se convierten progresivamente en pesadillas.
Los años noventa y la conquista internacional
Si los años ochenta consolidaron la potencia del manga dentro de Japón, los noventa comenzaron a convertirlo definitivamente en un fenómeno internacional.
Obras como Sailor Moon, Pokémon, Yu Yu Hakusho, Slam Dunk, Detective Conan y Neon Genesis Evangelion contribuyeron, cada una a su manera, a ampliar el conocimiento de la cultura popular japonesa en Occidente.
Pero el gran fenómeno editorial de esta época fue nuevamente Dragon Ball, cuya llegada a Europa y América convirtió a Goku y sus compañeros en personajes familiares para millones de lectores y espectadores.
El manga comenzó a publicarse directamente en otros países y las editoriales occidentales descubrieron que existía un mercado extraordinariamente amplio. Se desarrollaron convenciones, revistas especializadas, tiendas dedicadas al cómic japonés y comunidades de aficionados.
El fenómeno también produjo un cambio interesante en la percepción del cómic. Muchos lectores occidentales descubrieron que el manga no era simplemente una clase particular de cómic japonés, sino un universo editorial inmenso en el que existían obras destinadas a públicos de todas las edades.
El manga adulto y la ampliación de sus fronteras
Una de las ideas más equivocadas que acompañaron durante mucho tiempo a la expansión internacional del manga fue la de que se trataba fundamentalmente de un producto infantil o juvenil.
La realidad japonesa era muy distinta.
El manga adulto llevaba décadas desarrollándose y alcanzó una extraordinaria variedad durante la segunda mitad del siglo XX. Autores como Naoki Urasawa demostraron que podía utilizarse para construir complejas historias de suspense y personajes psicológicamente desarrollados. Obras como Monster, 20th Century Boys o Pluto muestran hasta qué punto el manga puede aproximarse a la estructura de la novela, el thriller o la ciencia ficción adulta.
Otros autores han utilizado el medio para explorar la memoria, la enfermedad, la muerte, la sexualidad, la familia o la identidad. El manga autobiográfico y el gekiga, por su parte, contribuyeron a romper la asociación entre historieta y entretenimiento infantil.
Esta diversidad constituye quizá una de las mayores fortalezas del manga. No existe un único «estilo manga» ni una única clase de historia que pueda representarlo.
El terror japonés y la transformación de lo cotidiano
El manga de terror merece una consideración especial porque demuestra cómo el medio japonés ha desarrollado formas particulares de representar lo inquietante.
En Occidente, el terror gráfico ha recurrido frecuentemente a monstruos, asesinos, criaturas sobrenaturales o escenas explícitas. El manga japonés puede utilizar esos recursos, pero también ha desarrollado una fascinación especial por la transformación de lo cotidiano.
Una casa, una escuela, una calle, un cuerpo humano o incluso un objeto aparentemente insignificante pueden convertirse en fuentes de horror. Esta estrategia permite que lo sobrenatural irrumpa en un mundo reconocible, haciendo que la frontera entre normalidad y pesadilla desaparezca.
En la obra de Junji Ito, por ejemplo, la obsesión puede transformarse en una fuerza monstruosa y una situación aparentemente absurda puede adquirir progresivamente dimensiones aterradoras. En otros autores, el terror se relaciona con el aislamiento social, la presión colectiva o el miedo a perder la propia identidad.
Esta capacidad para convertir lo cotidiano en algo extraño explica buena parte de la personalidad que ha adquirido el horror japonés tanto en el manga como en el anime y el cine.
El manga en el siglo XXI
La llegada del siglo XXI no significó el final de la era del manga impreso, pero sí transformó profundamente su industria.
Internet permitió que los aficionados compartieran información, traducciones, recomendaciones y debates con una velocidad desconocida hasta entonces. El manga comenzó a circular internacionalmente de manera mucho más rápida y las editoriales tuvieron que adaptarse a un público global.
Al mismo tiempo, aparecieron nuevas plataformas digitales y los autores pudieron publicar sus obras mediante sistemas diferentes de los tradicionales. Las redes sociales también facilitaron la aparición de artistas independientes capaces de construir una audiencia sin depender exclusivamente de una editorial convencional.
La digitalización modificó incluso el proceso creativo. Las herramientas informáticas comenzaron a integrarse en la producción de páginas, mientras que los lectores podían acceder a las obras desde teléfonos móviles, tabletas y ordenadores.
El manga dejó de depender por completo del papel.
El fenómeno del manga en Occidente
Actualmente, el manga ocupa una posición extraordinariamente importante dentro del mercado internacional del cómic. Su influencia puede apreciarse no solamente en las ventas de libros, sino también en el diseño de personajes, los videojuegos, la animación, el cine y la cultura popular.
Además, la influencia ha dejado de ser exclusivamente japonesa. Artistas de diferentes países han comenzado a crear obras inspiradas en el lenguaje visual y narrativo del manga, dando lugar a una enorme producción internacional.
Esto plantea una cuestión interesante: ¿qué convierte una obra en manga?
La respuesta no resulta sencilla. Si se entiende el manga exclusivamente como una publicación realizada en Japón por un autor japonés, el término posee una definición geográfica bastante clara. Pero si se considera el manga como un lenguaje artístico caracterizado por determinadas convenciones visuales y narrativas, entonces sus fronteras se vuelven mucho más difusas.
Hoy existen autores europeos, americanos y latinoamericanos que trabajan bajo una evidente influencia del manga. Al mismo tiempo, numerosos dibujantes japoneses incorporan influencias procedentes del cómic europeo, estadounidense y de otros lugares.
El manga, como cualquier tradición artística viva, continúa transformándose mediante el intercambio cultural.
Una forma de narrar antes que un estilo de dibujo
Quizá la mejor manera de entender el manga sea dejar de buscar una apariencia gráfica única.
Existen personajes con ojos enormes y personajes con proporciones realistas. Hay páginas extremadamente detalladas y otras construidas mediante dibujos aparentemente sencillos. Hay historias completamente en blanco y negro y obras concebidas en color. Hay relatos fantásticos y otros que se desarrollan en apartamentos, restaurantes, hospitales o institutos.
Lo que une a todas estas obras no es necesariamente un estilo visual concreto, sino una determinada concepción de la narración secuencial y una industria editorial capaz de producir historias para públicos extremadamente específicos.
La utilización del blanco y negro, por ejemplo, no es simplemente una cuestión estética. Está relacionada con la tradición editorial de las revistas japonesas, donde la publicación periódica y los elevados ritmos de producción hicieron necesario desarrollar métodos de trabajo eficaces.
La composición de página tampoco responde siempre a las mismas reglas del cómic occidental. Muchos autores japoneses conceden una enorme importancia al ritmo, a los silencios, a las pausas y a la duración subjetiva de determinadas acciones. Una página puede dedicar numerosas viñetas a un instante aparentemente insignificante, mientras que una escena de gran intensidad puede resolverse mediante una imagen de enorme tamaño.
El manga, en este sentido, no solamente cuenta historias mediante imágenes. También controla el tiempo que el lector necesita para recorrerlas.
La importancia del silencio y del espacio
Uno de los elementos más interesantes de la narrativa manga es precisamente aquello que no sucede.
El silencio puede convertirse en una herramienta narrativa. Un personaje que mira por una ventana, una calle vacía, una comida compartida o un paisaje aparentemente irrelevante pueden ocupar varias viñetas sin necesidad de diálogos.
Este procedimiento permite introducir pausas dentro de la acción y construir una relación particularmente íntima entre el lector y los personajes.
En determinadas obras, esa aparente lentitud permite comprender mejor las emociones. En otras, genera suspense. En el terror, puede resultar especialmente eficaz porque prolonga la espera y permite que la imaginación del lector complete aquello que el dibujo solamente sugiere.
De este modo, el manga demuestra que la narración gráfica no consiste únicamente en mostrar acontecimientos. También puede representar pensamientos, silencios, recuerdos, sensaciones y estados emocionales.
De producto japonés a lenguaje universal
La evolución histórica del manga puede contemplarse como un viaje desde las antiguas tradiciones visuales japonesas hasta una forma de expresión plenamente integrada en la cultura global.
Su desarrollo fue posible gracias a la combinación de numerosos factores: la tradición gráfica japonesa, la influencia occidental, el nacimiento de la prensa moderna, la expansión de la industria editorial, la televisión, la animación, el crecimiento económico, las nuevas tecnologías y finalmente Internet.
Pero quizá su mayor triunfo sea otro.
El manga consiguió demostrar que el cómic podía ser prácticamente cualquier cosa.
Podía hablar de aventuras infantiles, pero también de la guerra. Podía contar historias románticas y, al mismo tiempo, abordar cuestiones relacionadas con la identidad y la sexualidad. Podía presentar robots gigantes y monstruos imposibles, pero también describir con enorme precisión la vida cotidiana de una familia. Podía provocar carcajadas y, pocas páginas después, producir auténtica angustia.
Esa amplitud explica que el manga haya sobrevivido a generaciones de lectores. No depende de una única moda, un personaje o un género. Su verdadera fuerza reside en su capacidad de reinventarse.
Una historia que todavía se está escribiendo
Desde los rollos ilustrados medievales hasta las plataformas digitales contemporáneas existe una distancia de siglos, pero también una continuidad fascinante. La cultura japonesa ha demostrado una extraordinaria capacidad para combinar tradición y modernidad, y el manga es quizá uno de los mejores ejemplos de esa característica.
Lo que comenzó como una combinación de influencias artísticas, publicaciones humorísticas, caricaturas y nuevas técnicas de impresión terminó convirtiéndose en una de las industrias culturales más poderosas del planeta.
En el camino aparecieron figuras fundamentales como Osamu Tezuka, Akira Toriyama, Katsuhiro Otomo, Naoki Urasawa, Junji Ito y muchas otras. Cada generación recibió las herramientas creadas por sus predecesores y las transformó de acuerdo con sus propias inquietudes.
Por eso resulta difícil hablar de «el manga» como si fuera una realidad estática. El manga de Tezuka no es el mismo que el de los autores de los años setenta; el manga de los ochenta no es idéntico al de los noventa, y las obras contemporáneas están siendo creadas en un contexto tecnológico y cultural completamente diferente.
Su historia es, en realidad, la historia de una transformación constante.
Quizá ahí se encuentre la explicación definitiva de su éxito. El manga nunca necesitó permanecer exactamente igual para conservar su identidad. Ha cambiado con Japón, ha cambiado con sus lectores y ha cambiado con la tecnología. Ha absorbido influencias extranjeras para convertirlas en algo propio y, posteriormente, ha devuelto esas influencias al resto del mundo transformadas.
Hoy el manga puede encontrarse en prácticamente cualquier rincón del planeta. Sus personajes han pasado de las páginas impresas a la televisión, el cine, los videojuegos y las plataformas digitales. Sus recursos visuales han influido en artistas de todo el mundo y sus historias han demostrado que la narración gráfica puede dirigirse a cualquier persona independientemente de su edad.
Más de un siglo después de que las nuevas formas de prensa comenzaran a transformar el dibujo japonés, el manga continúa evolucionando. Y esa es, probablemente, la característica más importante de toda su historia: no existe una última etapa del manga, porque el manga siempre está encontrando una nueva manera de contar historias.
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