El terror más perdurable rara vez nace de monstruos visibles o de escenas explícitamente violentas. Las historias que permanecen en la memoria del lector suelen ser aquellas que alteran la percepción de la realidad cotidiana y convierten lo familiar en algo inquietante. «Los que duermen de pie» se inscribe precisamente en esa tradición. Más que construir una narración basada en el sobresalto o en el horror físico, propone una experiencia de lenta inmersión en un mundo donde la lógica comienza a resquebrajarse hasta dejar paso a una inquietud difícil de explicar. Desde sus primeras páginas, el relato invita a contemplar un fenómeno aparentemente imposible con absoluta naturalidad. Esa decisión narrativa resulta esencial, porque el miedo no surge de la existencia del hecho extraordinario, sino de la progresiva aceptación de que quizá siempre estuvo ahí y simplemente nadie había querido verlo. Es una estrategia heredera de la mejor literatura fantástica, donde el verdadero terror consiste en descubrir que la realidad cotidiana era mucho más frágil de lo que imaginábamos.
Lejos de ofrecer respuestas definitivas, la historia construye un espacio de incertidumbre permanente. Cada nuevo descubrimiento amplía el misterio en lugar de resolverlo, obligando al lector a completar con su imaginación aquello que el texto apenas sugiere. Esa confianza en la inteligencia del lector constituye una de las principales virtudes del relato.
La fuerza de una premisa sencilla
Toda gran historia de terror suele apoyarse en una idea extremadamente simple. En este caso, la premisa es tan desconcertante como irresistible: existen personas que duermen de pie. La frase posee una potencia inmediata porque contradice una de las certezas más elementales de nuestra experiencia cotidiana. Dormir implica vulnerabilidad, descanso e inmovilidad, mientras que permanecer erguido representa vigilancia, actividad y control. Al unir ambas imágenes incompatibles, el relato introduce una grieta en nuestra percepción del mundo.
Lo interesante es que la narración nunca convierte esa idea en un espectáculo. No aparecen explicaciones científicas ni sobrenaturales que intenten justificar el fenómeno. Todo permanece suspendido en una zona ambigua donde cualquier interpretación resulta posible. Esa indefinición mantiene viva la tensión durante toda la lectura.
Un terror construido desde la sugerencia
Uno de los aspectos más destacables del relato es su renuncia deliberada al exceso. En lugar de recurrir a descripciones grotescas o escenas explícitas, la narración apuesta por la insinuación constante. El lector nunca recibe toda la información necesaria para comprender qué está ocurriendo. Siempre falta una pieza del rompecabezas. Ese vacío obliga a participar activamente en la construcción del miedo, convirtiendo la imaginación en el principal motor del horror. Es un procedimiento narrativo que recuerda a los grandes autores del cuento extraño del siglo XX, donde la atmósfera pesa mucho más que la acción y donde el silencio resulta tan importante como las palabras.
La normalidad como escenario del horror
Otra de las grandes virtudes del relato reside en la elección de escenarios cotidianos, no hacen falta castillos abandonados, cementerios cubiertos por la niebla ni laboratorios prohibidos. El horror aparece en lugares reconocibles, espacios que cualquiera puede haber recorrido alguna vez. Precisamente esa cercanía multiplica el efecto inquietante. El lector termina preguntándose si podría encontrarse con alguno de esos durmientes durante un trayecto rutinario, en una estación, en una calle cualquiera o incluso entre la multitud que lo rodea cada día. El relato consigue así uno de los mayores logros del terror contemporáneo: transformar la realidad ordinaria en un territorio potencialmente amenazador.
El sueño como metáfora
Aunque funciona perfectamente como historia fantástica, «Los que duermen de pie» admite también una lectura simbólica. Dormir mientras se permanece erguido puede entenderse como una imagen de quienes atraviesan la existencia sin cuestionar nada, atrapados en una rutina automática donde los días se suceden sin verdadera conciencia.
Desde esta perspectiva, el relato deja de hablar únicamente del miedo para convertirse también en una reflexión sobre la alienación, la pasividad y la pérdida de identidad. La figura del durmiente deja de ser únicamente una anomalía física para convertirse en una metáfora profundamente humana. La riqueza del texto reside precisamente en permitir ambas interpretaciones sin imponer ninguna de ellas.
El ritmo narrativo
La estructura del relato apuesta por un desarrollo pausado y acumulativo. Cada escena añade un nuevo elemento de incertidumbre, pero evita acelerar innecesariamente la acción. Esa cadencia lenta favorece la construcción de una atmósfera cada vez más opresiva. La tensión no depende de grandes giros argumentales, sino de la acumulación constante de pequeños detalles que alteran progresivamente la percepción del protagonista y del lector. Este tipo de progresión exige una notable disciplina narrativa, ya que mantener el interés sin recurrir a revelaciones constantes supone uno de los mayores desafíos del cuento de terror psicológico.
Una atmósfera que permanece
Quizá el mayor logro de «Los que duermen de pie» sea su capacidad para prolongar la inquietud más allá de la última página. Las mejores historias de terror no concluyen cuando termina el texto. Continúan habitando la imaginación del lector durante horas o incluso días. Basta cruzarse con una persona inmóvil en un andén, observar a alguien aparentemente ausente en un autobús o descubrir un rostro inexpresivo entre una multitud para recordar la premisa del relato.
Ese efecto de contaminación de la realidad constituye una de las señas de identidad del mejor terror literario y demuestra la eficacia de una narración que comprende que el miedo más intenso nace siempre de aquello que podría estar ocurriendo delante de nosotros sin que llegáramos a advertirlo.
Conclusión
«Los que duermen de pie» demuestra que todavía es posible construir relatos inquietantes a partir de una idea original y de una ejecución basada en la contención. En lugar de buscar el impacto inmediato, la historia apuesta por la sugerencia, la ambigüedad y la construcción paciente de una atmósfera que envuelve al lector hasta hacerle dudar de aquello que considera imposible.
Su combinación de terror psicológico, simbolismo y extrañeza cotidiana lo sitúa dentro de una tradición literaria donde el miedo nace de la alteración de lo familiar y donde las respuestas importan mucho menos que las preguntas. Es un relato que invita a releerlo, a buscar nuevos significados y, sobre todo, a mirar con otros ojos a quienes permanecen inmóviles entre la multitud, porque quizá algunos no estén simplemente esperando. Quizá lleven mucho tiempo durmiendo. Y quizá nunca hayan dejado de hacerlo.
La primera señal de que algo estaba ocurriendo fue mi vecino, aunque durante bastante tiempo me resistí a considerar aquello como una señal de nada. No había desaparecido, no había cambiado de aspecto y tampoco había comenzado a comportarse de una manera que, tomada aisladamente, pudiera considerarse verdaderamente extraña. Seguía siendo el mismo hombre que llevaba casi ocho años viviendo frente a mi apartamento, con sus gafas de montura oscura, su chaqueta gris demasiado grande y aquella expresión permanentemente contrariada que parecía haberse instalado en su rostro muchos años antes de que yo lo conociera. A las diez y cuarto de cada noche sacaba la basura y regresaba inmediatamente a su vivienda con la precisión de quien ha convertido una costumbre insignificante en una obligación inalterable.
Lo conocía lo suficiente como para saber que era un hombre difícil, aunque nunca había tenido con él una relación que pudiera calificarse propiamente de mala. Durante aquellos ocho años había encontrado motivos para quejarse prácticamente de todo cuanto sucedía en el edificio y, en realidad, de todo cuanto sucedía en el mundo que quedaba al alcance de sus sentidos. El ascensor era demasiado lento, el agua caliente tardaba demasiado en llegar, los adolescentes del quinto piso hacían demasiado ruido y el supermercado de la esquina había cambiado de marca de café sin consultarle. Una vez llegó a llamarme a las siete de la mañana para preguntarme si había dejado encendido algún aparato, porque, según él, un zumbido procedente de mi apartamento estaba interfiriendo con sus pensamientos. Nunca llegué a comprender qué clase de pensamientos podían verse alterados por el funcionamiento de un frigorífico, pero aquella llamada, como tantas otras pequeñas molestias, formaba parte del personaje que yo había aprendido a reconocer. Mi vecino había hecho de la insatisfacción una forma de vida, y precisamente por eso me desconcertó tanto encontrarlo aquella noche en el pasillo y comprobar que me sonreía.
—Buenas noches, Daniel.
Le respondí con cierta sorpresa y permanecí mirándolo unos segundos, esperando que añadiera alguna de sus quejas habituales. Podía haber sido cualquier cosa: una bolsa de basura abandonada junto al ascensor, las luces del rellano que llevaban varios días parpadeando o quizá el ruido de algún televisor procedente de uno de los pisos superiores. Esperé incluso que se quejara de mí, porque en alguna ocasión había encontrado motivos para hacerlo sin que yo hubiera tenido la menor intervención en el asunto. Sin embargo, no dijo nada. Se limitó a sonreír, se volvió y caminó hacia su apartamento. Lo observé hasta que desapareció detrás de la puerta y fue entonces, precisamente entonces, cuando comprendí que había algo extraño en aquella sonrisa. No era exactamente falsa, porque una sonrisa falsa conserva siempre alguna imperfección que delata el esfuerzo de quien la utiliza; aquella era peor. Era demasiado completa, demasiado equilibrada, demasiado perfecta para pertenecerle. Las sonrisas de mi vecino siempre habían sido pequeñas deformaciones de la boca, gestos torcidos y breves que aparecían cuando algo conseguía divertirlo a pesar suyo. Aquella, en cambio, parecía haber sido aprendida a partir de una fotografía. Como si alguien hubiera estudiado el rostro de mi vecino y hubiera llegado a la conclusión de que aquello era lo que debía hacer un ser humano cuando quería mostrarse amable.
Pensé que estaba cansado, que quizá llevaba demasiado tiempo fijándome en detalles insignificantes, y entré en mi apartamento. A la mañana siguiente, sin embargo, descubrí algo que volvió a despertar aquella sensación desagradable. Mi vecino tenía un pequeño balcón que apenas utilizaba y en el que durante años había mantenido tres geranios que sobrevivían con una obstinación admirable a sus descuidos y a las altas temperaturas estivales. Aquella mañana habían desaparecido. En su lugar había seis macetas idénticas, perfectamente alineadas, y ninguna contenía flores ni plantas ni siquiera un brote que justificara su presencia. Solo había tierra. Una tierra negra, húmeda y muy fina que parecía haber sido colocada allí recientemente. Desde la acera observé las seis macetas durante unos segundos y sentí una incomodidad que me pareció absurda incluso mientras la experimentaba, porque no había nada extraño en que una persona sustituyera unas plantas por otras, ni había nada particularmente inquietante en unas macetas llenas de tierra. Lo que me inquietaba era la impresión, difícil de explicar y todavía más difícil de rechazar, de que mi vecino no las había colocado allí para cultivar flores. Parecía estar esperando que algo creciera.
Tres días después vino a verme mi hermana. Se llamaba Laura y vivía al otro lado de la ciudad, en un piso que compartía con su marido y que, según me había contado innumerables veces, quería abandonar en cuanto encontrara algo más tranquilo. Habíamos crecido juntos y conocía de ella detalles que probablemente ni siquiera ella recordaba, pequeñas costumbres que se habían mantenido intactas desde nuestra infancia y que, precisamente por ser insignificantes, formaban parte de esa intimidad que solo existe entre dos personas que han compartido demasiados años. Laura era incapaz de permanecer quieta durante mucho tiempo. Cuando hablaba movía constantemente las manos; cuando estaba nerviosa se mordía el labio inferior y, si tenía que contarme algo que le preocupaba, caminaba por la habitación mientras hablaba. Desde niños había sido así. Incluso cuando se sentaba, una pierna se movía nerviosamente debajo de la mesa o sus dedos jugaban con cualquier objeto que encontraran a su alcance. Aquella tarde permaneció sentada frente a mí durante casi una hora sin mover las manos.
Al principio no le di importancia. Pensé que estaba cansada o que quizá había tenido un día particularmente malo y necesitaba simplemente sentarse. Después empecé a observarla con una atención que no podía justificar y que, poco a poco, se convirtió en una especie de vigilancia. Había algo en ella que me resultaba familiar y extraño al mismo tiempo, como si estuviera contemplando una reproducción extremadamente precisa de alguien a quien conocía muy bien. No era una cuestión de aspecto. Su rostro era el de Laura, sus ojos eran los de Laura y tenía incluso la pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que se había hecho cuando era niña. Todo estaba en su sitio. Y, sin embargo, cuanto más la miraba, más difícil me resultaba creer que aquella mujer fuera mi hermana.
—¿Qué te pasa? —pregunté finalmente.
—Nada.
La respuesta fue inmediata.
—¿Seguro?
—Claro.
Entonces sonrió.
Sentí el mismo escalofrío que había sentido tres días antes en el pasillo. No era simplemente una sonrisa parecida a la de mi vecino. Era la misma sonrisa, reproducida con una exactitud que me resultó mucho más perturbadora que cualquier deformidad que hubiera podido descubrir en su rostro. Durante unos segundos fui incapaz de apartar los ojos de ella y tuve la sensación irracional de que si conseguía mirar el tiempo suficiente encontraría alguna grieta, alguna imperfección, algún detalle que demostrara que lo que estaba viendo no era posible. Pero no había ninguna. Allí estaban sus ojos, sus arrugas, su cicatriz, su boca y hasta aquella expresión ligeramente impaciente que solía adoptar cuando yo insistía demasiado en alguna pregunta.
Y, sin embargo, mi hermana había desaparecido.
La certeza llegó sin razonamiento. No tuve que deducirla ni construirla a partir de las cosas que había observado. Simplemente apareció en mi conciencia con la contundencia de un recuerdo. Era como reconocer una voz en una habitación oscura sin necesidad de ver a la persona que estaba hablando.
—Laura —dije.
—¿Qué?
—¿Cuándo fue la última vez que soñaste?
La pregunta pareció desconcertarla. Frunció ligeramente el ceño y durante un momento tuve la impresión de que estaba buscando una respuesta que no encontraba.
—No lo sé.
—Tú siempre sueñas.
—Todo el mundo sueña.
—No. Tú sueñas muchísimo.
Permaneció callada. Aquello me produjo una angustia mucho mayor que la sonrisa, porque yo sabía que Laura soñaba muchísimo. Desde que éramos niños había sido así. Me contaba sus sueños con una precisión extraordinaria y podía pasar una mañana entera relatándome una pesadilla absurda o una historia en la que aparecía nuestra madre, muerta ya desde hacía varios años, como si nunca hubiera dejado de estar entre nosotros. Una vez me contó que había soñado que regresaba a nuestra antigua casa y encontraba todas las habitaciones llenas de agua. Otra vez me llamó de madrugada simplemente para contarme que había soñado conmigo, aunque al despertar ya no recordaba qué hacíamos en aquel sueño. Laura soñaba demasiado, hasta el punto de que sus sueños habían terminado formando parte de nuestras conversaciones cotidianas. La mujer que tenía delante no parecía recordar siquiera qué significaba soñar.
Se levantó.
—Tengo que irme.
—Laura.
Se detuvo junto a la puerta y volvió la cabeza.
—¿Qué?
Quise preguntarle quién era. Quise preguntarle dónde estaba mi hermana y qué había sucedido con ella. Quise decirle que podía verlo perfectamente, que no necesitaba ninguna explicación porque la ausencia estaba allí, delante de mí, ocupando el mismo espacio que ocupaba su cuerpo. Sin embargo, cuando la miré, algo dentro de mí se resistió a pronunciar aquellas palabras. Porque era ella. Tenía su rostro, su voz, sus manos, su cicatriz y hasta la manera particular de inclinar ligeramente la cabeza cuando esperaba que yo terminara una frase. Si aquello era una impostora, era una impostora perfecta, y quizá por eso resultaba tan aterrador. Finalmente, no dije nada.
—Nada —respondí.
Laura sonrió. Después salió.
Aquella noche no dormí. A las tres y veinte de la madrugada escuché pasos en el pasillo y durante unos instantes pensé que sería algún vecino que regresaba tarde. Después escuché otro par de pasos, y luego otro, y comprendí que eran demasiadas personas para tratarse de una coincidencia. El sonido era extraño porque nadie hablaba y nadie parecía tener prisa. Se desplazaban con una lentitud que no parecía cansancio ni precaución, sino obediencia. Me acerqué a la puerta y miré por la mirilla. Había cinco personas en el pasillo.
Reconocí inmediatamente a mi vecino. También estaban una pareja que vivía en el segundo piso, el portero y Laura. Los cinco caminaban lentamente hacia el extremo del corredor y lo hacían sin mirarse entre ellos, sin intercambiar una sola palabra, como si cada uno conociera de antemano el destino y no necesitara ninguna comunicación para alcanzarlo. Se detuvieron frente a la puerta del apartamento 3B. Mi vecino llamó tres veces y, después de unos segundos, la puerta se abrió. No pude ver quién había abierto porque el ángulo de la mirilla no me permitía observar el interior, pero vi cómo los cinco entraban uno detrás de otro y cómo la puerta se cerraba tras ellos.
Permanecí junto a la mirilla durante un tiempo que todavía hoy soy incapaz de calcular. Quizá fueron diez minutos; quizá media hora. La percepción del tiempo se vuelve extraña cuando uno permanece inmóvil esperando que ocurra algo que teme y, al mismo tiempo, necesita comprender. Entonces escuché un ruido muy leve que al principio confundí con una vibración procedente de alguna tubería del edificio. Volvió a producirse y comprendí que no era una tubería, ni el ascensor, ni una instalación eléctrica. Era una respiración, aunque no exactamente la respiración de una persona. Eran varias respiraciones que parecían haberse sincronizado hasta convertirse en una sola. Cinco cuerpos respirando al mismo tiempo, con el mismo ritmo y la misma profundidad, como si hubieran recibido una orden para hacerlo. Después se hizo el silencio. Me alejé de la puerta y fue entonces cuando vi una fina línea de polvo negro filtrándose por debajo.
No abrí.
No llamé.
No pregunté qué era.
Durante el resto de la noche permanecí sentado en el salón con todas las luces encendidas, contemplando la puerta y tratando de convencerme de que, cuando amaneciera, todo aquello tendría una explicación razonable. No la tuvo.
A la mañana siguiente la ciudad parecía exactamente igual. Eso fue lo peor. No había sirenas ni helicópteros ni columnas de humo elevándose detrás de los edificios. Los autobuses circulaban con normalidad, los comercios habían abierto a la hora de siempre y los repartidores descargaban mercancías frente a las tiendas. La gente caminaba por las calles, los semáforos continuaban cambiando de color con la indiferencia habitual y las conversaciones se desarrollaban aparentemente con absoluta normalidad. Sin embargo, algo había cambiado.
Tardé unos minutos en comprender qué era, porque no se trataba de una cosa concreta que pudiera señalar. Era una ausencia. Algo que había desaparecido del comportamiento de las personas sin que nadie pareciera haberlo advertido. La gente había dejado de discutir.
Un conductor permitió que otro coche se incorporara a la circulación sin tocar el claxon. Una mujer dejó pasar a un hombre delante de ella en la cola de una panadería y ambos se sonrieron con una amabilidad exagerada. En una terraza, dos camareros trabajaban en silencio mientras los clientes permanecían sentados sin quejarse. Nadie parecía enfadado, nadie protestaba por el precio, por la espera o por el ruido de las mesas vecinas. Incluso los niños parecían distintos. Vi a uno de unos seis años junto a su madre. Permanecía sentado perfectamente quieto, con las manos sobre las rodillas, mientras ella hablaba con otra mujer. No protestaba, no hacía preguntas, no tiraba de la ropa de su madre ni señalaba nada de cuanto ocurría alrededor. No hacía ninguna de aquellas pequeñas cosas inútiles y maravillosas que hacen los niños cuando están vivos. Continué caminando mientras una sensación de horror se instalaba lentamente en mí. Entonces comprendí. No era que la urbe estuviera más tranquila. Era que la ciudad había perdido algo.
Habían desaparecido la irritación, la impaciencia, el egoísmo, la frustración y todas aquellas pequeñas imperfecciones que convierten a una multitud de personas en una multitud de individuos. Habían desaparecido los conflictos, pero también los deseos que los provocaban. La ciudad parecía haber sido sometida a una limpieza invisible y minuciosa en la que alguien hubiera decidido eliminar todo aquello que hacía que una persona pudiera resultar difícil, imprevisible o dolorosamente humana.
Una ciudad perfecta.
Una ciudad sin conflictos.
Una ciudad sin voluntad.
Y comprendí que aquello era mucho más terrible que una invasión. Una invasión podía combatirse porque siempre existía un enemigo visible, una frontera que defender y una diferencia entre los que estaban dentro y los que habían llegado desde fuera. Pero ¿cómo se combate algo que no parece enemigo y que, además, ha conseguido convencer a quienes lo rodean de que su llegada constituye una mejora? Nadie parecía querer luchar contra aquello. Nadie parecía siquiera comprender que hubiera algo contra lo que luchar.
Encontré a Laura aquella tarde en una cafetería. Estaba sentada junto a la ventana, mirando hacia la calle. Cuando entré levantó la cabeza y me observó con una tranquilidad que me produjo una angustia inmediata.
—¿Dónde has estado?
—Buscándote.
—No hacía falta.
Me senté frente a ella.
—¿Qué os está pasando?
Laura bajó los ojos.
—No nos está pasando nada.
—No eres tú.
Aquello pareció afectarla. Durante un instante su expresión cambió y una sombra cruzó sus ojos con tanta rapidez que podría haber pensado que la había imaginado. Pero no la había imaginado. Había algo allí, detrás de aquella calma artificial, algo que todavía pertenecía a la persona que yo conocía.
—Daniel...
—¿Qué te han hecho?
Laura miró alrededor.
Solo entonces advertí que todos los clientes de la cafetería estaban escuchando. No nos miraban directamente, porque hacerlo habría sido demasiado evidente, pero seguían cada palabra con una atención silenciosa. Algunos continuaban bebiendo café, otros miraban sus teléfonos y uno fingía leer el periódico, pero ninguno parecía realmente concentrado en aquello que tenía delante. La sensación de estar rodeado por personas que habían dejado de ser personas se volvió insoportable.
Laura volvió a mirarme.
—No son ellos.
Sentí un frío intenso en el pecho.
—¿Qué quieres decir?
—No son ellos.
—¿Quiénes?
Mi hermana permaneció en silencio durante varios segundos. Parecía debatirse entre dos decisiones incompatibles y, por primera vez desde que la había visto aquella tarde, reconocí en ella una expresión que pertenecía a la Laura que yo conocía.
Finalmente habló.
—Los que ves.
—¿Qué son?
Laura tragó saliva.
—Son lo que queda cuando eliminas todo aquello que hace sufrir a una persona.
La miré sin comprender.
—No sienten miedo —continuó—. No sienten celos. No sienten odio. No sienten tristeza. No sienten soledad.
—Eso no es una persona.
Laura me miró. Y entonces sonrió. Pero aquella vez ocurrió algo diferente. Durante un instante, detrás de aquella sonrisa perfecta, apareció mi hermana. La verdadera Laura. La mujer que se enfadaba por tonterías, que podía pasar una tarde entera hablando de cosas insignificantes, que había llorado cuando murió nuestro perro y que una vez había dejado de hablarme durante tres meses porque yo había olvidado felicitarla por su cumpleaños. La mujer imperfecta, contradictoria, caprichosa y profundamente humana que yo había conocido durante toda mi vida estaba allí, atrapada detrás de aquella expresión serena.
—Exactamente —dijo.
La puerta de la cafetería se abrió. Mi vecino entró y detrás de él había otras seis personas. Laura los vio y su rostro cambió.
—Corre.
—¿Y tú?
—Yo ya no puedo.
Mi vecino se acercó lentamente.
—Laura —dijo—. Ven con nosotros.
Ella negó con la cabeza.
—No.
—No tienes por qué sufrir.
Entonces mi hermana empezó a llorar. Y aquella fue la última cosa verdaderamente humana que la vi hacer.
Corrí, no recuerdo exactamente cómo llegué al edificio ni cómo conseguí abrir la puerta de mi apartamento. Solo recuerdo haber empujado el sofá contra la entrada, haber cerrado las ventanas y haber permanecido unos segundos, apoyado contra la pared mientras intentaba recuperar el aliento y ordenar los pensamientos. Después preparé una mochila con la desesperación práctica de quien comprende que no dispone de tiempo suficiente para pensar. Metí agua, algo de comida, una linterna, una navaja y las llaves del coche. No sabía adónde ir. No sabía si existía algún lugar al que aquello todavía no hubiera llegado. Lo único que sabía era que tenía que salir de aquella maldita metrópoli.
Estaba buscando algunos documentos en el dormitorio cuando escuché un golpe. Me quedé inmóvil. Procedía del armario. Esperé. Volvió a sonar.
Durante aquellos segundos intenté convencerme de que había sido cualquier cosa: un objeto que había caído, una vibración procedente del edificio, quizá algún animal que hubiera conseguido entrar por una ventana. Sin embargo, cuando el golpe se repitió, comprendí que aquella explicación era demasiado cómoda para resultar cierta. Entonces me acerqué lentamente.
Durante todo aquel tiempo había intentado convencerme de que estaba asustado por algo que no comprendía. Pero el miedo cambia cuando tiene un objeto concreto delante. Mientras uno teme algo desconocido, puede aferrarse todavía a la posibilidad de que sus propias imaginaciones estén exagerando la realidad. Frente a una puerta cerrada detrás de la cual algo golpea desde dentro, esa posibilidad comienza a desaparecer. Con un acto casi involuntario y perfectamente audaz puse la mano en el pomo. Abrí la puerta. En el interior encontré una de las macetas negras, pero no recordaba haberla visto antes. La observé durante varios segundos. La tierra estaba húmeda, mucho más oscura que la tierra normal y ligeramente hundida en el centro, como si algo hubiera estado creciendo bajo ella. Entonces la superficie se movió. Con un acto definitivamente automático y reflejo, retrocedí.
Al principio pensé que había sido una vibración provocada por mis propios movimientos, pero la tierra volvió a agitarse. Algo estaba creciendo debajo. Algo que no tenía derecho a estar allí. La tierra se abrió lentamente y apareció una mano. No era una mano humana, aunque su forma pretendía serlo. Tenía cinco dedos, una palma y uñas, pero los dedos eran demasiado largos y la piel parecía carecer de poros. Era una imitación grotesca de una mano humana construida por alguien que sabía qué aspecto debía tener una mano, pero no comprendía para qué servía. Se movió lentamente entre la tierra, buscando apoyo, y durante un instante tuve la sensación insoportable de que aquella cosa estaba aprendiendo. Cerré el armario de golpe y salí precipitadamente del apartamento.
Ahora estoy escribiendo esto desde el sótano de un edificio abandonado. No sé cuánto tiempo llevo aquí. He perdido la cuenta de los días porque apenas existe diferencia entre la mañana y la noche. La luz entra únicamente por unas pequeñas ventanas que quedan casi a ras de la calle y que he cubierto parcialmente para que nadie pueda verme desde fuera. Duermo durante periodos breves, siempre con la sensación de que alguien puede estar observándome desde el otro lado de la pared, y cuando despierto permanezco unos minutos intentando recordar quién soy antes de permitirme pensar en cualquier otra cosa. A veces escucho pasos en la calle. Otras veces escucho voces y, en ocasiones, escucho mi nombre, pero nunca respondo. Sobre todo, cuando es Laura quien me llama.
Al principio intentaba mantenerla conmigo mediante los recuerdos. Me repetía mentalmente detalles de su vida para impedir que desapareciera por completo: la manera que tenía de reírse cuando estaba nerviosa, la cicatriz de la ceja, el modo en que fruncía la nariz cuando algo le disgustaba, aquella costumbre de caminar por la habitación mientras hablaba cuando tenía un problema. Pensaba en nuestra infancia, en nuestra madre, en la antigua casa y en todas aquellas discusiones absurdas que en otro tiempo me habían parecido importantes. Pero los recuerdos están desapareciendo.
Ya no estoy seguro de recordar exactamente cómo era su voz. A veces pienso que estoy reconstruyéndola a partir de fragmentos de otras voces, y esa posibilidad me aterroriza porque significa que quizá ellos no necesitan tocarme para transformarme. Tal vez basta con dejarme solo el tiempo suficiente para que yo mismo vaya eliminando las diferencias que me separan de ellos. Eso es lo que más miedo me da. No saber cuánto de mí mismo está desapareciendo.
Porque creo que finalmente he comprendido qué quieren. No necesitan matarnos. No necesitan perseguirnos. No necesitan conquistar nuestras ciudades ni destruir nuestras casas. Solo necesitan convencernos de que estar solos es peor que dejar de ser nosotros mismos. Y quizá esa sea la parte más inteligente de todo. Porque cuando llevas suficiente tiempo escondido, cuando ya no puedes confiar en nadie y empiezas a tener miedo incluso de tu propia memoria, la promesa de dejar de sufrir comienza a parecer razonable. Incluso atractiva. ¿Qué sentido tiene seguir sintiendo miedo cuando existe una manera de eliminarlo? ¿Qué valor tiene conservar la tristeza, los celos, la ira, la culpa o la soledad si alguien puede ofrecerte una existencia limpia de todo aquello? Anoche escuché a Laura al otro lado de la puerta. Me llamó tres veces. Utilizó el mismo tono con el que me llamaba cuando éramos niños y quería que la acompañara a alguna parte. Durante unos segundos estuve a punto de abrir. Tuve la mano sobre el pomo y llegué incluso a imaginar que al otro lado encontraría a mi hermana llorando, quizá todavía humana, quizá esperando que alguien acudiera a rescatarla.
Entonces recordé algo. Mi hermana nunca me llamaba tres veces. Siempre me llamaba dos. Dos veces y después esperaba.
Era una de esas pequeñas costumbres absurdas que solo recuerdas cuando alguien ha desaparecido. Una insignificancia que durante toda una vida no había tenido ningún valor y que, de pronto, se había convertido en la única prueba que conservaba de que la persona que yo recordaba había existido realmente. No abrí. La voz permaneció al otro lado durante varios minutos y después se marchó.
Esta mañana encontré una maceta junto a la puerta del sótano. No sé cómo llegó hasta allí. No sé quién la puso ni cuánto tiempo llevaba esperando en aquel lugar. Solo sé que la tierra estaba húmeda y que dentro había una pequeña flor blanca. La he estado observando durante horas. Es preciosa. Y esa es precisamente la razón por la que estoy aterrorizado.
Porque por primera vez desde que comenzó todo esto no siento miedo. No siento ansiedad, ni tristeza, ni esa necesidad constante de escapar que me ha acompañado durante los últimos días. Tampoco siento rabia contra mi vecino, ni odio hacia las criaturas que han ocupado las vidas de las personas que conocía. Lo que siento es algo mucho más sencillo y, por eso mismo, mucho más terrible: una profunda tranquilidad.
La flor se ha abierto por completo. Me he acercado para olerla y he descubierto que tiene un perfume suave, casi dulce, que me resulta extrañamente familiar. Mientras la observo, comprendo que quizá nunca he entendido realmente lo que está ocurriendo. Tal vez no han venido para reemplazarnos. Tal vez no han venido a destruirnos ni a conquistarnos, sino a demostrarnos que pueden hacerlo mejor. La idea debería aterrorizarme y sin embargo, no lo hace.
Y mientras continúo mirando la flor blanca, mientras siento cómo una calma desconocida invade lentamente mi cuerpo y hace desaparecer una a una todas aquellas pequeñas preocupaciones que durante tantos años consideré inseparables de mi propia personalidad, comprendo finalmente cuál es la verdadera naturaleza de lo que está sucediendo. La invasión no consiste en que ellos entren en nosotros. Consiste en que nosotros terminemos deseando que lo hagan.
La flor se ha abierto por completo. Me he acercado para olerla y, por primera vez en muchos días, estoy sonriendo. No recuerdo cuándo aprendí a hacerlo así.

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