miércoles, 12 de agosto de 2026

La Muerta

Hay relatos de terror que necesitan fantasmas, casas abandonadas, cementerios y apariciones para provocar inquietud, y hay otros que encuentran el horror en algo mucho más próximo y reconocible: la incapacidad humana para aceptar una pérdida. «La muerta» (La Morte), de Guy de Maupassant, pertenece a esta segunda categoría. Publicado en 1887, el relato es una de esas pequeñas piezas de la literatura fantástica en las que el verdadero espanto no procede tanto de aquello que aparece ante los ojos del protagonista como de aquello que ocurre dentro de su propia mente. Maupassant es conocido principalmente por sus cuentos realistas, por su extraordinaria capacidad para retratar la sociedad francesa de su tiempo y por unos personajes dominados con frecuencia por las pasiones, las frustraciones, la ambición, el deseo o la crueldad. Sin embargo, en la última etapa de su producción literaria desarrolló también una importante vertiente fantástica y de terror psicológico. En relatos como «El Horla», «¿Quién sabe?» o «La muerta», la realidad cotidiana comienza a resquebrajarse y deja entrever la posibilidad de que detrás de aquello que consideramos racional exista algo que no podemos controlar.

En «La muerta», esa ruptura se produce en uno de los territorios más antiguos del miedo humano: el cementerio. Pero antes de que aparezca cualquier elemento sobrenatural, Maupassant coloca a su protagonista frente a una experiencia mucho más humana y devastadora: la muerte de la mujer que ama.


Una historia construida alrededor del duelo

El relato parte de una situación aparentemente sencilla. Un hombre ha perdido a la mujer que amaba y se encuentra completamente devastado por su muerte. La relación ha terminado de una manera irreversible y el protagonista queda solo, encerrado en un dolor que parece haber detenido el curso normal de su existencia.

Maupassant no necesita dedicar páginas enteras a explicar las circunstancias del fallecimiento para transmitir la dimensión de esa pérdida. Lo verdaderamente importante es la forma en que el protagonista experimenta el duelo. La muerte de la mujer amada no constituye simplemente un acontecimiento triste que debe superar, sino una ruptura absoluta con el mundo anterior. Todo aquello que tenía sentido antes parece haber perdido su significado.

Esta es una de las claves fundamentales del relato. La muerte física pertenece a la mujer, pero la muerte emocional parece afectar también al protagonista. Él continúa respirando y caminando, pero una parte esencial de su existencia ha desaparecido con ella. Maupassant entiende perfectamente que el duelo no es únicamente tristeza. También puede contener negación, obsesión, desesperación, rabia y una necesidad casi irracional de recuperar aquello que se ha perdido. El protagonista no se resigna a aceptar la separación definitiva que implica la muerte. Su deseo de volver a encontrarse con la mujer amada termina llevándolo hasta el cementerio, el espacio donde se produce la frontera definitiva entre los vivos y los muertos. Y es precisamente allí donde el relato empieza a adquirir su dimensión fantástica.



El cementerio como frontera

En la literatura gótica y fantástica, el cementerio es uno de los escenarios más tradicionales. Sin embargo, Maupassant no necesita recurrir a una escenografía exageradamente siniestra para convertirlo en un lugar inquietante. El cementerio funciona porque representa una frontera: es el lugar en el que los vivos acuden para visitar a quienes ya no pertenecen a su mundo.

El protagonista entra allí impulsado por el dolor y por la necesidad de aproximarse una última vez a la mujer que ha perdido. Su visita puede interpretarse inicialmente como un acto de desesperación profundamente humano. Cuando alguien muere, los vivos buscan cualquier forma de mantener algún tipo de contacto con esa persona. Se visitan sus fotografías, se conservan sus objetos, se recuerdan sus palabras y se acude a su tumba. Pero en «La muerta» esa necesidad de contacto adquiere una dimensión mucho más inquietante. El protagonista no parece conformarse con recordar. Quiere acercarse físicamente a ella, reducir todo lo posible la distancia entre el mundo de los vivos y el de los muertos. Y ahí se encuentra una de las grandes virtudes del relato: Maupassant convierte una necesidad emocional perfectamente comprensible en el origen de una experiencia terrorífica. El miedo surge precisamente porque el protagonista desea aquello que, en condiciones normales, debería ser imposible.


El amor después de la muerte

Una de las cuestiones más interesantes que plantea el relato es qué ocurre con el amor cuando desaparece la persona amada. ¿Puede continuar existiendo un sentimiento cuando el objeto de ese sentimiento ya no está? ¿Puede el amor sobrevivir a la muerte o se transforma inevitablemente en recuerdo?

El protagonista parece incapaz de aceptar que la relación haya terminado. Su amor no se ha debilitado con la muerte, sino que se ha convertido en una obsesión todavía más intensa. La ausencia provoca una idealización que probablemente no habría sido posible durante la vida de la mujer. Este fenómeno resulta especialmente importante porque el relato comienza a cuestionar la diferencia entre amar a una persona real y amar el recuerdo que conservamos de ella.

Cuando alguien muere, deja de cambiar. Ya no puede sorprendernos, decepcionarnos, contradecirnos o mostrarnos facetas nuevas de su personalidad. Queda congelado en nuestra memoria. El superviviente puede entonces reconstruir al fallecido de acuerdo con sus propios recuerdos y deseos. El protagonista de «La muerta» parece encontrarse precisamente en ese territorio. La mujer que recuerda ya no es únicamente una persona, sino una imagen construida por su memoria y por su dolor. Y esa imagen adquiere una fuerza extraordinaria porque el protagonista se niega a aceptar que la realidad haya impuesto una separación definitiva. El amor se convierte así en una forma de resistencia contra la muerte.


La memoria como forma de supervivencia

El relato también puede leerse como una reflexión sobre la memoria. Los seres humanos utilizamos los recuerdos para mantener presentes a quienes ya no están, pero recordar implica inevitablemente reconstruir. No recordamos a las personas exactamente como fueron. Recordamos conversaciones, gestos, miradas y momentos concretos, pero nuestra mente selecciona, modifica y reorganiza esos elementos. Con el paso del tiempo, el recuerdo puede llegar a adquirir una existencia casi independiente de la persona original.

Maupassant explota precisamente esa característica de la memoria. El protagonista está atrapado entre el presente, en el que la mujer está muerta, y un pasado en el que todavía estaba viva. La mente se convierte entonces en un territorio intermedio donde ambos mundos pueden coexistir. Por eso el elemento sobrenatural del relato resulta tan eficaz. El lector nunca puede separar completamente lo que sucede de aquello que podría estar produciendo la mente del protagonista.

¿Estamos ante un auténtico fenómeno fantástico? ¿O estamos contemplando la experiencia de un hombre completamente dominado por el dolor? Maupassant no necesita responder de manera definitiva.


La ambigüedad: el verdadero fantasma

La literatura fantástica de Maupassant suele funcionar mejor cuando la explicación racional y la sobrenatural permanecen enfrentadas. El lector puede intentar encontrar una explicación lógica para los acontecimientos, pero siempre queda un espacio de incertidumbre que permite pensar que quizá existe algo más. En «La muerta», esa ambigüedad resulta fundamental. El protagonista se encuentra en una situación emocional extrema. Está destrozado por la pérdida, profundamente obsesionado y aislado del mundo cotidiano. Desde esta perspectiva, cualquier experiencia extraordinaria podría interpretarse como una manifestación de su estado mental. Pero el relato tampoco permite cerrar completamente esa interpretación.

Maupassant sabe que el terror es más poderoso cuando no se explica por completo. Si el autor nos dijera claramente que todo ha sido una alucinación, el relato adquiriría una interpretación cerrada. Si, por el contrario, demostrara inequívocamente que los muertos han regresado al mundo de los vivos, también desaparecería parte del misterio. Al mantener abiertas ambas posibilidades, consigue algo mucho más inquietante: el lector debe convivir con la duda. Y la duda es uno de los grandes motores del terror fantástico.


La revelación y la inversión de la realidad

Uno de los mecanismos más brillantes del relato es la manera en que Maupassant modifica progresivamente nuestra percepción de aquello que creíamos conocer. Al principio parece que estamos ante una historia de duelo y desesperación. Después aparecen elementos que introducen la posibilidad de lo sobrenatural y, finalmente, la historia obliga al lector a reconsiderar aquello que había dado por sentado.

Esta estrategia es muy característica de Maupassant. El autor no necesita presentar un monstruo desde las primeras líneas. Prefiere construir una situación reconocible y dejar que el lector se sienta relativamente seguro antes de introducir una grieta. Cuando esa grieta aparece, afecta a toda la historia anterior. El lector empieza entonces a preguntarse si realmente comprendía a los personajes, si interpretó correctamente los acontecimientos y, sobre todo, si la persona amada que el protagonista recuerda era realmente como él pensaba. El terror se produce, por tanto, no solo por lo que vemos, sino por la posibilidad de que nuestra interpretación de la realidad haya sido equivocada desde el principio.


La muerte como revelación

Hay además una idea especialmente cruel detrás del relato: la muerte puede modificar completamente la imagen que tenemos de una persona. Mientras alguien está vivo, una relación puede contener conflictos, secretos, discusiones y decepciones. Pero cuando esa persona muere, ya no existe posibilidad de confrontar nuestros recuerdos con nuevas experiencias. El protagonista se encuentra precisamente en esa situación. La mujer que ama ha desaparecido y él conserva una imagen de ella que parece absoluta. La muerte ha detenido el tiempo. Pero Maupassant introduce una pregunta incómoda: ¿hasta qué punto conocemos realmente a las personas que amamos?

La muerte puede transformar al fallecido en un desconocido. El superviviente descubre que quizá había cosas que ignoraba, aspectos de la personalidad que no conocía o verdades que nunca llegaron a salir a la luz. En este sentido, la muerte no solamente separa a las personas: también puede modificar retrospectivamente el significado de toda una relación.


El giro oscuro del romanticismo

«La muerta» puede leerse también como una especie de inversión del romanticismo amoroso. La tradición romántica ha presentado muchas veces el amor como una fuerza capaz de superar las barreras del tiempo, la distancia e incluso la muerte. Los amantes separados por circunstancias trágicas pueden encontrarse de nuevo en otra existencia o permanecer unidos espiritualmente para siempre. Maupassant toma esa idea y la conduce hacia un territorio mucho más oscuro. Aquí el amor que intenta sobrevivir a la muerte no produce consuelo, sino terror. El deseo de reencontrarse con la persona amada no abre una puerta hacia la felicidad, sino hacia una verdad insoportable.


La historia parece sugerir que quizá no deberíamos desear demasiado intensamente aquello que la muerte ha separado de nosotros. Hay fronteras que la naturaleza impone y cuya transgresión puede tener consecuencias terribles. El relato convierte así una de las ideas más románticas de la literatura —el amor que vence a la muerte— en una posibilidad profundamente siniestra.


La crueldad de la verdad

Uno de los elementos más perturbadores de «La muerta» es que el horror no procede necesariamente de la existencia de fantasmas. La verdadera amenaza puede encontrarse en la verdad. El protagonista desea recordar a la mujer que amaba de una determinada manera. Quiere conservar una imagen idealizada, asociada al amor y a la felicidad. Pero la historia introduce la posibilidad de que esa imagen no corresponda exactamente con la realidad. Y entonces aparece una idea especialmente amarga: a veces la verdad puede ser más cruel que la muerte.

Mientras una persona vive, todavía podemos imaginar que determinadas cosas son de una manera. Cuando esa persona desaparece, ya no existe posibilidad de preguntarle, de confrontarla o de descubrir qué había realmente detrás de sus actos. El muerto guarda sus secretos. El superviviente queda condenado a reconstruirlos y esa reconstrucción puede ser mucho más dolorosa que la propia pérdida.


Maupassant y el terror psicológico

«La muerta» permite comprender perfectamente por qué Maupassant ocupa un lugar tan importante dentro de la evolución del terror psicológico. A diferencia de otros autores que construyen el miedo mediante criaturas sobrenaturales claramente definidas, Maupassant está mucho más interesado en la mente humana. El verdadero escenario del horror no es únicamente el cementerio. Es la conciencia del protagonista. Su dolor, sus recuerdos, sus deseos y su incapacidad para aceptar la muerte constituyen una especie de laberinto del que no puede escapar. El fenómeno sobrenatural, real o imaginado, surge dentro de ese contexto psicológico y adquiere fuerza precisamente porque está conectado con una emoción universal.

Esta característica permite relacionar a Maupassant con una tradición que posteriormente sería fundamental para la literatura de terror: aquella que convierte la mente humana en el lugar donde puede esconderse el monstruo. En este sentido, «La muerta» puede leerse como un antecedente de muchos relatos posteriores en los que resulta imposible determinar si el protagonista está siendo perseguido por una presencia externa o por sus propios pensamientos.


La influencia del naturalismo y el realismo

Aunque el relato pertenece al territorio fantástico, no debemos olvidar que Maupassant fue también uno de los grandes representantes del realismo y del naturalismo literario francés. Su mirada sobre el comportamiento humano está marcada por una atención constante hacia las pasiones, los instintos y las circunstancias que condicionan nuestras decisiones. Esa herencia realista resulta importante incluso cuando escribe sobre fantasmas.

Maupassant no abandona la observación psicológica cuando entra en el terreno sobrenatural. Al contrario, utiliza lo fantástico para profundizar en aspectos que pertenecen completamente al mundo real: el duelo, la soledad, los celos, la decepción, la obsesión y la fragilidad emocional. Por eso el relato no necesita construir un universo sobrenatural complejo. Basta con introducir una pequeña alteración de la realidad para que las emociones humanas hagan el resto. El fantasma, en última instancia, importa menos que aquello que el fantasma representa.


Un relato breve con una enorme carga emocional

Una de las grandes virtudes de «La muerta» es su capacidad para concentrar una enorme cantidad de ideas en muy pocas páginas. Maupassant no necesita construir una mitología sobrenatural ni explicar el funcionamiento de un mundo de fantasmas. Todo está subordinado a una experiencia concreta: la pérdida de una persona amada y la imposibilidad de aceptar esa pérdida.

La brevedad contribuye además a su intensidad. El relato no ofrece demasiado espacio para que el lector se distancie emocionalmente de lo que está sucediendo. La historia avanza con una sensación de fatalidad que hace que la experiencia resulte casi claustrofóbica. En lugar de desarrollar una larga historia de terror, Maupassant construye una especie de pesadilla emocional y las pesadillas no necesitan explicaciones. Necesitan imágenes. Necesitan miedo. Necesitan una verdad que el protagonista preferiría no conocer.


El verdadero horror de «La muerta»

Quizá lo más interesante del relato sea que, al terminar la lectura, el lector puede descubrir que el elemento sobrenatural no era necesariamente lo más terrorífico. Lo verdaderamente perturbador es la posibilidad de que el amor no nos permita conocer completamente a la persona que amamos. También lo es descubrir que los recuerdos pueden ser falsos o incompletos y que la muerte puede convertir una relación aparentemente conocida en un misterio. Pero, por encima de todo, el horror reside en la imposibilidad de regresar atrás.

La muerte establece una frontera absoluta. Una vez que alguien ha desaparecido, no podemos volver a preguntarle aquello que nunca preguntamos, no podemos recuperar las conversaciones que dejamos pendientes y tampoco podemos corregir las palabras que pronunciamos demasiado tarde. El protagonista de Maupassant intenta precisamente desafiar esa frontera. Su deseo de volver a acercarse a la mujer muerta es, en cierto modo, el deseo de todo ser humano que ha perdido a alguien: recuperar aunque sea durante unos instantes aquello que la muerte ha arrebatado, pero la literatura fantástica convierte ese deseo en una pesadilla.


Una obra sobre la imposibilidad de despedirse

En última instancia, «La muerta» puede interpretarse como un relato sobre la dificultad de despedirse. El duelo exige aceptar una ausencia que nuestra mente se resiste a comprender. Sabemos racionalmente que alguien ha muerto, pero emocionalmente podemos continuar esperando encontrarlo, escuchar su voz o verlo aparecer de nuevo. Maupassant lleva esa contradicción hasta sus últimas consecuencias.

El protagonista no quiere aceptar que la mujer amada pertenece ahora al pasado. Su visita al cementerio representa el intento de mantener abierta una puerta que debería haberse cerrado. La frontera entre los vivos y los muertos deja de ser únicamente un elemento sobrenatural y se convierte en una representación de la frontera psicológica que el protagonista se niega a aceptar por eso el relato puede resultar tan conmovedor incluso cuando produce inquietud. Debajo de su dimensión fantástica existe una emoción profundamente humana: el deseo de que la muerte no sea realmente definitiva. Y quizá ese sea el origen de buena parte de nuestras historias de fantasmas. Inventamos muertos que regresan porque nos cuesta aceptar que las personas que amamos puedan desaparecer para siempre.


Conclusión: el fantasma que nace del amor

«La muerta» es uno de los relatos más interesantes de Guy de Maupassant precisamente porque demuestra que el terror puede surgir de una emoción tan aparentemente opuesta al miedo como el amor. El protagonista no está aterrorizado inicialmente por una criatura monstruosa ni por una presencia desconocida. Está devastado porque ha perdido a alguien a quien amaba y no consigue aceptar esa pérdida. A partir de ahí, Maupassant construye un relato en el que el duelo, la memoria y la obsesión abren una puerta hacia lo fantástico. El cementerio se convierte en el escenario de una confrontación entre el mundo de los vivos y el de los muertos, mientras que la mente del protagonista funciona como el verdadero espacio donde se desarrolla el horror.

La ambigüedad es fundamental. Nunca resulta completamente necesario decidir si estamos ante una manifestación sobrenatural o ante una experiencia condicionada por el estado psicológico del protagonista. Esa incertidumbre permite que el relato conserve su fuerza incluso después de haber terminado, porque obliga al lector a continuar interpretando lo sucedido. Pero quizá la mayor virtud de «La muerta» sea su capacidad para transformar una historia de fantasmas en una reflexión sobre la naturaleza del amor y del duelo. Maupassant parece recordarnos que amar significa también exponerse a la pérdida y que, cuando alguien desaparece, no solo perdemos su presencia: también perdemos la posibilidad de seguir descubriéndolo. La muerte convierte a las personas en recuerdos, pero los recuerdos nunca son completamente fiables. Pueden idealizar, deformar, ocultar y reconstruir. El protagonista de «La muerta» queda atrapado precisamente en ese territorio incierto donde el amor y la memoria se confunden con el deseo de recuperar aquello que ya no puede recuperarse.

Por eso el relato continúa resultando inquietante más de un siglo después de su publicación. Maupassant no necesita mostrarnos un monstruo para hablar del miedo a los muertos. Le basta con mostrarnos a un hombre que ama demasiado a una muerta como para aceptar que lo está. Y ahí se encuentra el verdadero terror de la historia: no en que los muertos puedan regresar, sino en que los vivos quizá nunca aprendamos realmente a dejarlos marchar.



¡La había amado desesperadamente! ¿Por qué se ama? Cuán extraño es ver un solo ser en el mundo, tener un solo pensamiento en el cerebro, un solo deseo en el corazón y un solo nombre en los labios… un nombre que asciende continuamente, como el agua de un manantial, desde las profundidades del alma hasta los labios, un nombre que se repite una y otra vez, que se susurra incesantemente, en todas partes, como una plegaria.

Voy a contarles nuestra historia, ya que el amor sólo tiene una, que es siempre la misma. La conocí y viví de su ternura, de sus caricias, de sus palabras, en sus brazos tan absolutamente envuelto, atado y absorbido por todo lo que procedía de ella, que no me importaba ya si era de día o de noche, ni si estaba muerto o vivo, en este nuestro antiguo mundo.

Y luego ella murió. ¿Cómo? No lo sé; hace tiempo que no sé nada. Pero una noche llegó a casa muy mojada, porque estaba lloviendo intensamente, y al día siguiente tosía, y tosió durante una semana, y tuvo que guardar cama. No recuerdo ahora lo que ocurrió, pero los médicos llegaron, escribieron y se marcharon. Se compraron medicinas, y algunas mujeres se las hicieron beber. Sus manos estaban muy calientes, sus sienes ardían y sus ojos estaban brillantes y tristes. Cuando yo le hablaba me contestaba, pero no recuerdo lo que decíamos. ¡Lo he olvidado todo, todo, todo! Ella murió, y recuerdo perfectamente su leve, débil suspiro. La enfermera dijo: “¡Ah!” ¡y yo comprendí!¡Y yo comprendí!

Me consultaron acerca del entierro pero no recuerdo nada de lo que dijeron, aunque sí recuerdo el ataúd y el sonido del martillo cuando clavaban la tapa, encerrándola a ella dentro. ¡Oh! ¡Dios mío!¡Dios mío!

¡Ella estaba enterrada! ¡Enterrada! ¡Ella! ¡En aquel agujero! Vinieron algunas personas… mujeres amigas. Me marché de allí corriendo. Corrí y luego anduve a través de las calles, regresé a casa y al día siguiente emprendí un viaje.

Ayer regresé a París, y cuando vi de nuevo mi habitación -nuestra habitación, nuestra cama, nuestros muebles, todo lo que queda de la vida de un ser humano después de su muerte-, me invadió tal oleada de nostalgia y de pesar, que sentí deseos de abrir la ventana y de arrojarme a la calle. No podía permanecer ya entre aquellas cosas, entre aquellas paredes que la habían encerrado y la habían cobijado, que conservaban un millar de átomos de ella, de su piel y de su aliento, en sus imperceptibles grietas. Cogí mi sombrero para marcharme, y antes de llegar a la puerta pasé junto al gran espejo del vestíbulo, el espejo que ella había colocado allí para poder contemplarse todos los días de la cabeza a los pies, en el momento de salir, para ver si lo que llevaba le caía bien, y era lindo, desde sus pequeños zapatos hasta su sombrero.

Me detuve delante de aquel espejo en el cual se había contemplado ella tantas veces… tantas veces, tantas veces, que el espejo tendría que haber conservado su imagen. Estaba allí de pie, temblando, con los ojos clavados en el cristal -en aquel liso, enorme, vacío cristal- que la había contenido por entero y la había poseído tanto como yo, tanto como mis apasionadas miradas. Sentí como si amara a aquel cristal. Lo toqué; estaba frío. ¡Oh, el recuerdo! ¡Triste espejo, ardiente espejo, horrible espejo, que haces sufrir tales tormentos a los hombres! ¡Dichoso el hombre cuyo corazón olvida todo lo que ha contenido, todo lo que ha pasado delante de él, todo lo que se ha mirado a sí mismo en él o ha sido reflejado en su afecto, en su amor! ¡Cuánto sufro!

Me marché sin saberlo, sin desearlo, hacia el cementerio. Encontré su sencilla tumba, una cruz de mármol blanco, con esta breve inscripción:

«Amó, fue amada y murió.»

¡Ella está ahí debajo, descompuesta! ¡Qué horrible! Sollocé con la frente apoyada en el suelo, y permanecí allí mucho tiempo, mucho tiempo. Luego vi que estaba oscureciendo, y un extraño y loco deseo, el deseo de un amante desesperado, me invadió. Deseé pasar la noche, la última noche, llorando sobre su tumba. Pero podían verme y echarme del cementerio. ¿Qué hacer? Buscando una solución, me puse en pie y empecé a vagabundear por aquella ciudad de la muerte. Anduve y anduve. Qué pequeña es esta ciudad comparada con la otra, la ciudad en la cual vivimos. Y, sin embargo, no son muchos más numerosos los muertos que los vivos. Nosotros necesitamos grandes casas, anchas calles y mucho espacio para las cuatro generaciones que ven la luz del día al mismo tiempo, beber agua del manantial y vino de las vides, y comer pan de las llanuras.

¡Y para todas estas generaciones de los muertos, para todos los muertos que nos han precedido, aquí no hay apenas nada, apenas nada! La tierra se los lleva, y el olvido los borra. ¡Adiós!

Al final del cementerio, me di cuenta repentinamente de que estaba en la parte más antigua, donde los que murieron hace tiempo están mezclados con la tierra, donde las propias cruces están podridas, donde posiblemente enterrarán a los que lleguen mañana. Está llena de rosales que nadie cuida, de altos y oscuros cipreses; un triste y hermoso jardín alimentado con carne humana.

Yo estaba solo, completamente solo. De modo que me acurruqué debajo de un árbol y me escondí entre las frondosas y sombrías ramas. Esperé, agarrándome al tronco como un náufrago se agarra a una tabla.

Cuando la luz diurna desapareció del todo, abandoné el refugio y eché a andar suavemente, lentamente, silenciosamente, hacia aquel terreno lleno de muertos. Anduve de un lado para otro, pero no conseguí encontrar de nuevo la tumba de mi amada. Avancé con los brazos extendidos, chocando contra las tumbas con mis manos, mis pies, mis rodillas, mi pecho, incluso con mi cabeza, sin conseguir encontrarla. Anduve a tientas como un ciego buscando su camino. Toqué las lápidas, las cruces, las verjas de hierro, las coronas de metal y las coronas de flores marchitas. Leí los nombres con mis dedos pasándolos por encima de las letras. ¡Qué noche! ¡Qué noche! ¡Y no pude encontrarla!

No había luna. ¡Qué noche! Estaba asustado, terriblemente asustado, en aquellos angostos senderos entre dos hileras de tumbas. ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Tumbas! ¡Sólo tumbas! A mi derecha, a la izquierda, delante de mí, a mi alrededor, en todas partes había tumbas. Me senté en una de ellas, ya que no podía seguir andando. Mis rodillas empezaron a doblarse. ¡Pude oír los latidos de mi corazón! Y oí algo más. ¿Qué? Un ruido confuso, indefinible. ¿Estaba el ruido en mi cabeza, en la impenetrable noche, o debajo de la misteriosa tierra, la tierra sembrada de cadáveres humanos? Miré a mi alrededor, pero no puedo decir cuánto tiempo permanecí allí. Estaba paralizado de terror, helado de espanto, dispuesto a morir.

Súbitamente, tuve la impresión de que la losa de mármol sobre la cual estaba sentado se estaba moviendo. Se estaba moviendo, desde luego, como si alguien tratara de levantarla. Di un salto que me llevó hasta una tumba vecina, y vi, sí, vi claramente cómo se levantaba la losa sobre la cual estaba sentado. Luego apareció el muerto, un esqueleto desnudo, empujando la losa desde abajo con su encorvada espalda. Lo vi claramente, a pesar de que la noche estaba oscura. En la cruz pude leer:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Amó a su familia, fue bueno y honrado y murió en la gracia de Dios.»

El muerto leyó también lo que había escrito en la lápida. Luego cogió una piedra del sendero, una piedra pequeña y puntiaguda, y empezó a rascar las letras con sumo cuidado. Las borró lentamente, y con las cuencas de sus ojos contempló el lugar donde habían estado grabadas. A continuación, con la punta del hueso de lo que había sido su dedo índice, escribió en letras luminosas, como las líneas que los chiquillos trazan en las paredes con una piedra de fósforo:

«Aquí yace Jacques Olivant, que murió a la edad de cincuenta y un años. Mató a su padre a disgustos, porque deseaba heredar su fortuna; torturó a su esposa, atormentó a sus hijos, engañó a sus vecinos, robó todo lo que pudo y murió en pecado mortal.»

Cuando hubo terminado de escribir, el muerto se quedó inmóvil, contemplando su obra. Al mirar a mi alrededor vi que todas las tumbas estaban abiertas, que todos los muertos habían salido de ellas y que todos habían borrado las líneas que sus parientes habían grabado en las lápidas, sustituyéndolas por la verdad. Y vi que todos habían sido atormentadores de sus vecinos, maliciosos, deshonestos, hipócritas, embusteros, ruines, calumniadores, envidiosos; que habían robado, engañado, y habían cometido los peores delitos; aquellos buenos padres, aquellas fieles esposas, aquellos hijos devotos, aquellas hijas castas, aquellos honrados comerciantes, aquellos hombres y mujeres que fueron llamados irreprochables. Todos ellos estaban escribiendo al mismo tiempo la verdad, la terrible y sagrada verdad, la cual todo el mundo ignoraba, o fingía ignorar, mientras estaban vivos.

Pensé que también ella había escrito algo en su tumba. Y ahora, corriendo sin miedo entre los ataúdes medio abiertos, entre los cadáveres y esqueletos, fui hacia ella, convencido de que la encontraría inmediatamente. La reconocí al instante sin ver su rostro, el cual estaba cubierto por un velo negro; y en la cruz de mármol donde poco antes había leído:

«Amó, fue amada y murió.»

Ahora leí:

«Habiendo salido un día de lluvia para engañar a su amante, pilló una pulmonía y murió.»

Parece que me encontraron al romper el día, tendido sobre la tumba, sin conocimiento.

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